El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo treinta y tres #2
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Capítulo treinta y tres #2

Sentada a la mesa cerca de Yarrow, añadió anotaciones a su cuaderno.

Había empezado su propio diario para hacer como Laiken, pero el suyo no estaba escrito en código.

Su objetivo era dejar un registro organizado y claro de todo lo que había descubierto sobre los hechizos de los invernaderos, que era bastante más que lo que mostraba su falta de progreso con el hechizo de burbuja.

Terlu había extraído con éxito varios de sus hechizos: el laberinto de girasoles, por ejemplo, así como las plantas cantarinas.

Estaba segura de saber el hechizo para crear más plantas sintientes, algo que se había prometido a sí misma que solo usaría si, y solo si, las demás plantas se lo pedían.

Pero el hechizo más complicado seguía siendo el que había usado para crear los invernaderos.

Estaba elaborado a partir de muchos otros hechizos entretejidos.

Claramente estaba dando pasos de gigante en la comprensión de cómo los hilos estaban interconectados, pero iba a necesitar toda una vida de estudio antes de poder recrear lo que Laiken había hecho para encantar los invernaderos.

Como mínimo, no obstante, iba a dejar unas anotaciones claras para quienquiera que continuara el trabajo después de ella.

Entretanto, también había descubierto un hechizo que le permitía nadar con la tortuga marina sin necesitar tanto oxígeno.

Había tanto por aprender y por hacer. ¡Y tanto por comer, sentir, pensar y ser! Todavía se quedaba sin aliento a veces cuando pensaba lo cerca que había estado de perderse todo eso, de ni siquiera volver a respirar, mucho menos de tener una vida llena.

Yarrow les dio forma a las hogazas y las metió en el horno de ladrillos para que se hornearan mientras cocinaba las verduras en la sartén. El aroma a hierbas y tomates cocinados llenó la casita y Terlu se embriagó de él.

—Huele que alimenta —dijo ella.

—Es un experimento. A ver qué te parece.

—Me gustan tus experimentos. Saben mucho mejor que los míos. —Terlu puso la mesa y sirvió agua para los dos y añadió témpanos como palo para remover. Echó una hoja de menta en cada uno de los vasos.

Cuando las verduras estuvieron listas, Yarrow las sirvió en los platos. Puso el resto en una fuente y dejó la sartén en el fregadero en remojo.

—Venga, come.

Terlu llenó el tenedor, sopló para no quemarse y se lo llevó a la boca. Los sabores estallaron en su lengua y las hierbas aromáticas llenaron hasta el último átomo de su ser.

—Sabe a verano.

—Esa era mi intención.

Mientras se volvía a llenar la boca, él comprobó cómo iban los panes. Los sacó y les dio unos golpecitos en la base. Satisfecho, los apartó a un lado para que se enfriaran mientras regresaba a la cena.

Alternaron la conversación con ratos de silencio. Cuando una de las hogazas se hubo enfriado lo suficiente, Yarrow la cortó en rebanadas y la sirvió con mantequilla de miel (aprobada por los dragones).

—Deberías preparar esto para el festival de invierno —le propuso Terlu.

—He estado practicando otra especialidad para ese día.

—¿Oh?

—Tendrás que esperar al postre. También he estado experimentando con eso.

Ella sonrió.

—Qué interesante.

Cuando terminaron y limpiaron la mesa de la cena, el jardinero sacó un plato del armarito frío.

Estaba cubierto por una servilleta bordada con flores rosas y moradas: un regalo de su padre que la había traído de Alyssium.

Birch había aprendido a bordar mientras se recuperaba de la enfermedad que lo había enviado allí, una debilidad del corazón que solo los médicos especialistas habían sido capaces de curar.

Las flores estaban torcidas, pero aun así era precioso.

Yarrow lo dejó en el centro de la mesa y, acto seguido y con movimientos teatrales, levantó la servilleta.

—Mira que te gusta el melodrama… —empezó a decir ella, pero se quedó callada de golpe y con la mirada fija en el plato.

Eran rodajas de naranja cubiertas de chocolate.

Cada una, perfecta y gruesa como una joya, con una capa de chocolate lisa como la seda que recubría la mitad.

Notó que se le formaba un nudo en la garganta.

No sabía que la había estado escuchando cuando le había hablado de las naranjas hacía semanas.

A duras penas la toleraba por aquel entonces.

De hecho, Terlu estaba segura de que en aquel instante la aborrecía.

De repente, fue como si su familia estuviera con ella, aunque todavía no había recibido respuesta a la carta que había enviado.

La había recogido un marinero que pasaba por allí semanas atrás, pero no había vuelto ningún barco con la respuesta.

Aun así, delante de sus ojos tenía una porción de su hogar.

Terlu pestañeó repetidas veces.

—¿No te gustan? —preguntó él, preocupado—. Sé que me dijiste que recordabas las naranjas confitadas durante el festival de invierno, pero luego pensé en la historia sobre el naranjo…

—Es perfecto —lo cortó ella—. Eres perfecto.

Yarrow resopló.

Terlu se levantó y se acercó a él. Le rodeó la cara con las manos y lo besó. Él le rodeó la cintura con los brazos y la arrimó hacia sí. Ella se bebió su calor mientras sus manos subían por la nuca de él para enredarse en su pelo. Yarrow susurró su nombre antes de besarle el cuello y la oreja.

Mucho después, se comieron las naranjas con chocolate.

Y era cierto que eran perfectas.