Capítulo treinta y tres
P asadas unas pocas semanas, se selló la última grieta.
Terlu lo había estado esperando, sabía que las plantas parlantes estaban trabajando en el último invernadero muerto.
De hecho, aquella mañana, había acortado el tiempo de su baño diario con la tortuga marina, con la esperanza de no perderse el esperado momento.
Así que cuando oyó los vítores a lo lejos, supo exactamente a qué se debían.
Cuando ocurrió, Terlu estaba trabajando en las variaciones de un hechizo en lo que ella había bautizado como su invernadero de prácticas, en el que Yarrow y ella por poco se asfixian dentro de uno de sus primeros intentos.
Lotti irrumpió con la noticia.
—¡Lo hemos logrado! —exclamó con voz cantarina—. ¡Hemos arreglado todos los cristales!
—¡Qué maravilla! —dijo Terlu mientras lo celebraba con ella.
La pequeña rosa bailoteaba a su alrededor mientras mecía los pétalos al aire y Terlu se giró para mirarla.
Era verdaderamente una hazaña admirable.
Después de miles, incluso cientos de miles de grietas, el cristal al fin volvía a estar de una pieza.
Todos los invernaderos podían volver a albergar vida.
—Ahora tenemos que aprender otro hechizo.
Terlu se rio.
—Hablo en serio. —La pequeña rosa extendió los pétalos como si estuviera intentando parecer más sincera—. Es una maravilla que el cristal esté arreglado, pero quedan por hacer muchas cosas.
—Todavía no tengo ningún hechizo nuevo. —Terlu hizo un gesto hacia las páginas con las que estaba batallando. Había escrito resmas de notas e intentado incontables variaciones, pero sin éxito.
Lotti se acercó dando brincos a las páginas.
—¿Este qué hace?
—Si funciona correctamente, forma un escudo protector dentro del cristal. Es lo que hace posible que algunas salas sean lo suficientemente cálidas y húmedas para que crezcan las plantas tropicales y que en otras crezcan verduras tan cerca del solsticio de invierno.
—Pero ¿todavía no funciona?
Hasta el momento, había logrado conjurar una burbuja que era lo bastante permeable para dejar pasar a la gente y lo bastante resistente como para no estallar.
Cada vez, la había invocado desde fuera del círculo de ingredientes, por precaución.
Sin embargo, tampoco retenía el calor, que era precisamente el objetivo.
Estaba segura de que, si iba ajustando el hechizo, al final lo conseguiría.
Comprendía cada vez mejor cómo interactuaban las frases entre sí. Pero todavía no lo había perfeccionado.
—Todavía no. ¿Qué te parece si les pides a Birch y a los demás que te enseñen a trasplantar plantones?
Lotti soltó un jadeo.
—Ay, ¿crees que podría hacerlo?
—Por supuesto. Creo que puedes hacer todo lo que te propongas.
—O al menos cualquier cosa que fuera físicamente plausible para una flor diminuta con una base de hojas delicadas, aunque, en realidad, Terlu no le habría puesto ninguna limitación a la rosa—.
No veo ningún motivo por el que ni tú ni las demás plantas no podáis ser jardineras, ahora que habéis terminado de demostrar que podéis ser hechiceras.
—No te ofendas, pero prefiero ser jardinera. Es más importante.
Terlu sonrió.
—No me ofendo. Es cierto que es más importante.
Complacida, Lotti se fue del invernadero con sus andares de pato.
Terlu añadió una anotación en su cuaderno sobre los resultados de su último experimento y luego recogió los ingredientes para el siguiente intento.
Era una pena que no hubiese nadie a quien le pudiera pedir que estudiara los textos con ella, porque incluso después de descodificar las anotaciones del hechicero, la Primera Lengua era notoriamente difícil de analizar a nivel sintáctico.
Bueno, simplemente significaba que le llevaría más tiempo.
Algo de lo que disponía, puesto que el hechizo defectuoso de Laiken había sido desactivado.
Ni un solo invernadero había muerto desde que habían destruido los ingredientes, y Terlu se estaba permitiendo tener la esperanza de que se había acabado.
Además, el fantasma de Laiken se había disipado cuando Lotti le había contado la noticia, lo cual era una prueba más de que habían hecho lo correcto.
Según su teoría, Laiken sabía que había condenado a sus queridas plantas, y por eso su fantasma no era capaz de pasar a la siguiente vida.
Una vez que hubieron deshecho su error, su espíritu quedó en paz, lo cual era todo un alivio.
Al menos en la habitación de la planta superior hacía menos viento, aunque nadie excepto Lotti (quien dormía en un tiesto sobre la mesita de noche) estaba dispuesto a reclamarlo para sí; simplemente había demasiados recuerdos vinculados para que ninguno de los miembros de la familia de Yarrow quisiera mudarse a la torre de manera permanente, y la vecina del niño pequeño quería una casa sin escaleras ni hechizos.
Después de guardarlo todo, Terlu salió del invernadero de práctica.
Cuando llegó a la sala de las rosas, paseó por ella tranquilamente.
Uno de los dragoncitos estaba ocupado revoloteando de flor en flor.
Desde que les había dejado la puerta abierta, habían elegido ayudar con la polinización, aunque siempre regresaban al laberinto de girasoles al final del día.
La dragona, una dorada con los ojos azul zafiro, le gorjeó.
—Pásate por la casa después —le dijo Terlu—, y te daré algo de miel.
Satisfecha, la dragona voló hacia otro rosal y se balanceó sobre el tallo mientras la rosa se mecía bajo su peso. Metió el pequeño morro en el centro de la flor.
Prosiguió y se encontró a Yarrow fuera de la casa que había sido el hogar de los grifos salvajes.
Los grifos, según le habían dicho, habían sido realojados en un cobertizo que no se usaba en la otra punta de la isla.
Por suerte, ella no había tenido nada que ver con esa maniobra.
Yarrow estaba trabajando con su padre en la reparación de las tejas de uno de los tejados.
Se dio cuenta de que Yarrow estaba debajo de Birch, en una posición que le permitía agarrar a su padre en el caso de que este perdiera el equilibrio; se preguntó si había sido una elección consciente o puro instinto.
Ni siquiera sabe el gran corazón que tiene .
—¿Te lo han dicho? —le dijo Terlu—. ¡Están todas las grietas arregladas!
—¡Maravilloso! —exclamó Yarrow.
Pasaría un tiempo antes de que tuviera el suficiente dominio de la magia como para que los viejos invernaderos fallidos volvieran a ser invernaderos encantados, pero cumplirían su cometido perfectamente tal y como estaban, sujetos a las leyes naturales del funcionamiento de los invernaderos.
Algunas de las alas destruidas ya se habían vuelto a poblar con plantas que no requerían un calor sobrenatural o de plantas que los jardineros querían mantener en un ciclo estacional normal.
Otras de las salas restauradas no se usarían hasta llegada la primavera.
Yarrow le había echado el ojo a una como futuro hogar para unas hierbas de las islas del sur.
Tenía las semillas guardadas y había estado esperando hallar el lugar adecuado para plantarlas.
Todos los jardineros tenían planes y el invierno era el momento perfecto para soñar.
—He pensado que podríamos añadir una celebración extra a los planes del festival de invierno —propuso Terlu—. Algo para festejar que hemos terminado de arreglar el cristal. —Se protegió la vista del sol. Se reflejaba tanto en el manto fresco de nieve, que le hacía humedecer los ojos.
Tras ayudar primero a su padre, Yarrow se deslizó por el tejado y bajó por la escalera. A unos pocos peldaños del suelo, saltó y aterrizó al lado de ella.
—¿Qué te parece un dulce hecho con cristal de azúcar?
Ella había pensado en un brindis o algún tipo de discurso, pero esa era una idea mucho mejor.
—No sé qué es eso, pero suena delicioso.
Sostuvo la escalera mientras su padre bajó por ella con cuidado. Cuando Birch llegó al suelo, Yarrow lo ayudó a erguirse.
—Creo que ya estoy demasiado mayor para estar subiéndome a los tejados —dijo Birch entre risas.
—Te lo he dicho —repuso Yarrow.
—Suena mejor cuando soy yo quien lo dice —terció Birch.
Yarrow gruñó.
—¿Vendréis a cenar con nosotros esta noche? —preguntó Birch mientras recuperaba su bastón, apoyado a un lateral de la casa—. Rorick ha pescado unas lubinas y quiere asarlas mientras estén frescas.
—Querrás decir que quiere alardear de cuántas ha pescado —dijo Yarrow.
—Eso es.
Yarrow miró a Terlu y enarcó las cejas.
Ella se encogió de hombros. Lo que él quisiera le parecía bien.
—Esta noche no —decidió Yarrow—. Pero si quedan sobras, guarda algunas para Emeral. —Tomó la mano de Terlu y regresaron a su casa.
—¿Tienes planes para esta noche? —preguntó Terlu.
—Calabacín, calabaza y tomate cortados a rodajas finas, aderezados con tomillo, sal y pimienta. Ya tengo una masa en la segunda fermentación para que podamos hornear una hogaza como acompañamiento.
—Si ya tienes todo esto preparado, ¿por qué te has planteado siquiera ir con los demás? —quiso saber Terlu.
Él se encogió de hombros.
—He pensado que a ti te gustaría.
—No si la masa ya está en la segunda fermentación.
—Le gustaba pasar el tiempo rodeada de mucha gente, sobre todo con personas que disfrutaban tanto de su compañía mutua como era el caso con la familia de Yarrow, pero ¿una hogaza de pan recién hecha de Yarrow?
Y ¿una noche a solas con Yarrow? Jamás diría que no a algo así—.
Hoy he probado otra variación del hechizo.
—¿Ah?
Le contó lo que había probado y el resultado que había obtenido, así como las ideas que tenía sobre qué intentar a continuación.
Él la escuchó mientras ambos entraban y se quitaban los abrigos.
Yarrow se acercó a la encimera de la cocina, empezó a cortar las verduras y a colocarlas en una sartén.
Ella avivó el fuego y puso una tetera sobre las llamas para preparar el té.