El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo treinta y dos
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Capítulo treinta y dos

A cambio de todos los tarros de miel, los tres dragoncitos renunciaron al tesoro que acababan de encontrar.

Estaba ordenado de manera preciosa: cada una de las caracolas alineada como si fueran tejas sobrepuestas las unas a las otras, formando una espiral dentro del caparazón de tortuga marina.

Cuando Yarrow acercó la lámpara, Terlu vio cómo relucía el interior anacarado de las conchas.

Después de tanto tiempo, los ingredientes del hechizo estaban en perfecto estado.

Con razón el hechizo no había cesado.

Si no lo detenían seguiría destruyendo un invernadero tras otro, hasta que todas las flores, árboles y enredadera hubiesen muerto.

Yarrow dejó la lámpara en el suelo y sacó un manojo de hierba seca de uno de sus bolsillos.

—Son de uno de los invernaderos muertos —le informó—. Me parece adecuado. —Dejó la fajina entre las caracolas.

—Me siento como si debiéramos decir algo profundo —dijo Terlu.

Yarrow gruñó y acto seguido sacó el encendedor y encendió la hierba seca. Siguió alimentando las llamas mientras el humo se elevaba hacia el techo de la cueva.

Los dragones gorjearon y se retiraron al umbral de la puerta. Yarrow llevaba la lámpara. Las caracolas dentro del caparazón de tortuga siguieron ardiendo y humeando. Cada vez que se atenuaba, Yarrow regresaba a la sala y añadía más combustible al fuego.

Finalmente, las llamas se apagaron, y no añadió más.

Terlu comprobó el caparazón de tortuga mientras respiraba a través de la manga para evitar el embate del humo. Dentro, las cáscaras de nuez habían desaparecido y las caracolas habían quedado reducidas a ceniza.

Yarrow levantó el caparazón de tortuga mientras aún humeaba.

—Creo que está destruido.

—Podemos echar las cenizas al mar —propuso Terlu—. Y que las corrientes se las lleven.

Siguieron las marcas de carbón en la pared hasta dar con el cabo del cordel. Terlu lo recogió y empezó a enrollarlo mientras caminaban. Los tres dragones volvieron a posarse en sus hombros y coronilla. Uno de ellos mordisqueaba un trozo de panal al lado de su oído, y producía unos dulces sorbidos.

—¿De verdad crees que el invernadero está a salvo? —preguntó Yarrow.

—No lo sé. ¿Supongo? —Le vino a la cabeza que era lo mismo con su situación.

Sabía que el imperio había caído y suponía que estaba a salvo, pero ¿llegaría a saberlo de verdad algún día?

Por lo que sabía, las plantas estaban a salvo.

Y por lo que sabía, ella también. Quizá eso era lo que tenía todo el mundo: esperanza y fe. A lo mejor eso es suficiente .

Mientras enrollaba el cordel para formar una bola, oyó voces a lo lejos. Como respuesta, el dragón posado en su cabeza aleteó y chilló. El volumen de las voces aumentó, así como su entusiasmo.

Unas luces se proyectaron en las paredes y Terlu oyó que gritaban su nombre:

—¿Terlu? ¿Yarrow? ¿Estáis bien?

—¡Estamos aquí! —respondió.

Doblaron una esquina. Al final del camino, vislumbró una multitud; Birch y Rowan la encabezaban, y Lotti estaba subida al hombro de la hermana de Yarrow.

Dendy avanzaba dando brincos detrás de ellos.

Vio a su tío, Rorick, y a la esposa de Rowan, Ambrel, detrás de ellos con más plantas.

Oyó cómo Yarrow respiraba hondo, y Terlu supo que hasta ese preciso instante el hombre no había creído que irían a buscarlo, aunque habían pasado años desde que era un niño pequeño solo en aquella cueva, aunque todo el mundo sabía por qué estaban allí y qué había en juego.

Rowan sonrió al verlos.

—¡Eh, no os habéis perdido ni estáis muertos! ¡Hurra!

—Qué bien que te alegres —dijo Yarrow.

—Pues claro que me… espera, estás contento. Creo que estás contento. Estás sonriendo. —Torció el cuerpo para mirar a su esposa—. Ambrel, ¿eso que tiene mi hermano en la cara es una sonrisa?

—Soy capaz de sonreír —protestó Yarrow.

—No lo tenía claro.

Birch se asomó para ver el caparazón de tortuga lleno de cenizas.

—¿Lo encontrasteis?

—Y lo quemamos —confirmó Yarrow—. Vamos a echar los restos al océano.

Birch suspiró sonoramente.

—Estaba dispuesto a rendirme y, todo este tiempo, la respuesta estaba bajo nuestros pies. Lo siento. Creí… Creí en muchas cosas que estuvieron mal, pero jamás debería haber abandonado nuestro hogar… o a ti.

Eso sí era una disculpa.

Con los ojos pegados a Yarrow, Terlu supo que él también lo percibía así. A diferencia de los intentos anteriores de Birch, aquella sonaba como si procediera del corazón, que quería arreglar las cosas y que comprendía por qué se habían roto.

Rowan puso los ojos en blanco.

—En serio, no te puedes culpar por eso. No creo que ninguno de nosotros se hubiese llegado a imaginar que… Eh, ¿son dragones? ¿Del laberinto?

Posados sobre Terlu, los tres dragoncitos le respondieron a Rowan con un gruñidito.

Ella los arrulló. El dragón del hombro izquierdo echó a volar hacia el hombro de Rowan y de inmediato le clavó las garras en las trenzas, como un gato que amasa una manta. Ella se echó a reír.

—Ay, ¡me haces cosquillas!

Los otros dos dragones permanecieron con Terlu. Uno de ellos le enrolló la cola en el cuello, como un collar de joyas cálidas. El otro se acurrucó sobre su coronilla.

Siguiendo el cordel, salieron en masa de la cueva.

Mientras saltaba por entre sus pies, Dendy les informó de los progresos que las plantas habían hecho en la reparación de las grietas y de que estaban preparando más ingredientes para enseñar a los humanos que quisieran aprender.

Lotti les comentó que había ido a visitar el fantasma de Laiken otra vez y que le había dicho que habían empezado a buscar los ingredientes.

Según les dijo, el espectro parecía contento con la decisión, aunque era difícil saberlo, dado lo poco que quedaba de su ser.

La brisa del fantasma, según les informó la rosa, olía a lavanda, que era una fragancia más agradable que la de col podrida.

Cuando salieron de la cueva, la marea había subido. Lamía los guijarros a pocos metros de la apertura de la cueva.

—Deberíamos tirar las cenizas desde el muelle —propuso Yarrow—. Allí el mar es más profundo.

—Precipitar —lo corrigió Terlu.

—Es lo mismo, ¿no?

—Pero suena más dramático —dijo Terlu—. Las palabras importan. —Las palabras adecuadas podían enmendar un cristal roto. Y los corazones. Y las familias. Y las vidas.

—Pues vaya lata, porque nunca logro dar con las adecuadas —terció Yarrow.

—Las encuentras, cuando importa —le dijo Terlu con una sonrisa.

Enganchó el brazo al suyo y él le pasó la lámpara a su padre.

Sostuvo el caparazón de tortuga bajo el otro brazo.

Remontaron la subida hacia los árboles y siguieron la masa de huellas a través de la nieve hasta el camino.

Entonces su pequeña procesión continuó hasta el muelle.

Yarrow y Terlu avanzaron los dos solos hasta el borde, mientras los demás se esperaban.

—¿Quieres hacerlo tú? —le propuso Yarrow.

—Tienes que ser tú. Eres la persona a quien el hechizo ha hecho más daño.

—Pero tú eres quien le ha puesto solución —arguyó Yarrow.

—¿Juntos? —le sugirió Terlu.

—Juntos —aceptó él.

Precipitaron las cenizas a las olas. Un instante después, lanzaron el caparazón de tortuga. Este flotó durante unos segundos y, gradualmente, a medida que las olas arremetían contra él, se fue llenando de agua y se hundió.

—Probablemente la corriente lo arrastre hasta la orilla —dijo Yarrow.

—No pasa nada. A estas alturas es más que nada algo simbólico. El fuego ha hecho su trabajo.

—Genial.

Ambos observaron cómo el caparazón de tortuga desaparecía bajo las olas.

Volvieron con los demás y caminaron por la nieve.

Cuando llegaron a la torre del hechicero, Lotti le pidió a Rowan que la llevara dentro.

Quería informar a Laiken de lo que habían hecho y de que sus plantas estaban a salvo, pero no podía abrir la puerta.

Después de pasar el dragoncito del hombro de Rowan al de Terlu, Rowan y Ambrel se alejaron para llevar a la pequeña rosa al hogar del hechicero.

Los dos humanos que quedaban, Birch y Rorick, se excusaron cuando alcanzaron las casitas para ir a ayudar a reparar los tejados, las ventanas y las chimeneas.

La casa azul volvía a ser habitable, así como la de los colores del alba.

Estaban empezando por la tercera. Quedaba mucho trabajo por hacer, pero al menos la familia ya no dormía toda amontonada en el taller.

Las demás plantas se quedaron con Terlu, Yarrow y los dragones hasta que llegaron al invernadero, allí se despidieron y se marcharon para seguir con el trabajo de arreglar las grietas. Terlu y Yarrow llevaron de vuelta los dragones al laberinto de girasoles.

Cuando hubieron abierto la puerta del rompecabezas de crisantemos, los tres dragoncitos alzaron el vuelo y regresaron dentro entre gorjeos y arrullos de felicidad. Fueron recibidos por la llamada de los d emás dragones. En el cielo, la aurora brillaba con su cintas verdes y amarillas.

—Gracias por vuestra ayuda —les dijo Yarrow mientras se alejaban.

Terlu dejó los tarros dentro de la puerta, donde los dragones podrían alcanzarlos sin dificultad.

—A partir de ahora dejaremos la puerta abierta.

—Desvió la mirada hacia Yarrow para asegurarse de que estuviera de acuerdo con ella, y él asintió.

Solo porque Laiken hubiese tratado a los habitantes de Belde de una cierta manera no significaba que tuvieran que hacer lo mismo.

Como Lotti y el resto de las demás plantas sintientes, los dragones habían demostrado que eran más de lo que les habían permitido ser.

Ha llegado el momento de que cambien las cosas .

—Avisadnos cuando queráis más miel.

Los tres dragones se perdieron por el laberinto. Terlu los observó durante un momento mientras dibujaban cabriolas por encima de las flores. Se preguntó si le estaban contando la aventura que habían vivido a los demás dragones y decidió que sí, que definitivamente así era.

—¿Crees que se escaparán del laberinto, si dejamos la puerta abierta? —se preocupó Yarrow.

—Sí. Pero regresarán. Su familia y sus amigos están aquí.

—Mmm. También su tesoro.

—Sí, eso también.

Uno al lado del otro, contemplaron el vuelo de los dragones durante unos pocos minutos más hasta que Yarrow dijo:

—¿Crees que les gustará la tarta de miel? Podría hornear porciones más pequeñas para que puedan levantarlas…

—Creo que les encantaría.

Dejaron los dragones atrás y cruzaron los invernaderos.

Terlu esperaba que Yarrow se apresurara a arrancar malas hierbas, podar o trasplantar, pero quizá no era necesario, puesto que ya no estaba solo para cuidar de los cientos de miles de plantas.

Se preguntó cómo se sentía por el hecho de que su padre se había adentrado en las cuevas a buscarlo.

Estaba claro que ya no era un niño, y no se había perdido, pero ¿quizá era el inicio de algo?

Pero no se lo iba a preguntar. Eso le correspondía a Yarrow resolverlo.

—Entonces, ¿nos quedamos esperando sin más? ¿Vemos si colapsa otro invernadero?

—Eso creo. —Solo el tiempo les mostraría si habían tenido éxito. Pero ella estaba segura de que lo habían logrado. Confiaba en su traducción del cuaderno final de Laiken.

—Mmm.

Mientras cruzaban la sala de las rosas, bajo los varios tonos de rosa, rojo y blanco, Yarrow preguntó:

—Ahora que has salvado todo lo que me importaba en esta vida, ¿qué quieres hacer como bis?

Le pasó un brazo por la cintura y acortó los pasos para equipararlos a los de ella. Terlu se inclinó hacia él y aspiró su aroma —miel, mar, sudor y dulzor— acompañado de la fragancia de las rosas.

Pensó en el siguiente paso.

—Creo… que quiero escribir una carta.

—Ah. Vale.

Cuanto más lo rumiaba, más segura estaba.

—No era la respuesta que estaba esperando —repuso él.

—Quiero que mi familia sepa que estoy viva —dijo Terlu—. Y feliz.

Estaba lista, al fin, para ponerse en contacto.

No era la misma persona que había sido cuando había despertado inmersa en el frío y la soledad del bosque, la isla no era la misma que había sido la primera vez que había paseado por entre sus maravillas, y el mundo exterior…

tampoco era el mismo. Ha llegado el momento .

—Ah. Sí. Prepararé la comida mientras escribes. Hay una receta de quiche que hace tiempo que quiero probar… —siguió hablándole sobre la quiche con el mismo entusiasmo adorable que empleaba cuando hablaba sobre plantar ajos.

La nieve volvió a caer, ligera, sobre las copas de los árboles, la casita y el invernadero. El gato alado los esperaba al lado de la puerta de la casita, y los tres entraron juntos.

Mientras Yarrow cascaba varios huevos para batirlos, Terlu se sentó al escritorio y sacó una hoja de papel nueva. Mojó la punta de la pluma en el tintero.

Querida…

Se detuvo.

¿Debía escribir cartas distintas para sus padres y para su hermana? ¿Y sus primos? ¿Sus tías, tíos y abuelos?

Querida familia , escribió.

Volvió a quedarse bloqueada.

—Diles que estás bien —le sugirió Yarrow.

Escribió justo eso. Y una vez que plasmó esas palabras, siguió redactando.

Les explicó cómo había ido su llegada a Alyssium, llena de esperanza y miedo.

Les habló de la biblioteca, de lo orgullosa que se había sentido por obtener el puesto de trabajo y de lo decepcionante que había sido para ella descubrir que al final no era como se había imaginado.

Les dijo lo mucho que echaba de menos su isla, lo mucho que los echaba de menos a ellos, y el motivo por el que no había vuelto: porque quería hallar un lugar en el que sintiera que pertenecía y tener un propósito, y sabía que ese sitio no estaba en Eano, por más que los quisiera.

Pero tampoco estaba en Alyssium. Al final, había resultado vivir en Belde.

En aquel lugar. Con aquel hombre.

Sonrió mientras escribía sobre Yarrow y su vida allí. He encontrado un lugar donde quiero estar y un futuro que quiero tener. Estoy feliz, y espero que vosotros también. Por favor, espero respuesta vuestra.

Os echo de menos.

Con cariño,

Terlu.