Capítulo treinta y uno
Y arrow no se alejó con paso firme hacia las cuevas él solo solamente para demostrar que no necesitaba a nadie, lo cual fue una sorpresa agradable.
En su lugar, después de aceptar el carrete de cordel que le dio su padre con un gruñido que pareció un agradecimiento, siguió a Terlu hasta el laberinto de girasoles.
Desbloqueó el acertijo de la puerta con facilidad.
—Después de ti.
Terlu entró y sostuvo en alto el tarro de mantequilla de miel.
—¿Hola, dragoncitos? —los llamó.
Sobre sus cabezas, la falsa aurora se reflejaba en el cristal, mientras los dragoncitos volaban como abejitas por entre los girasoles. Un dragón de un color rojo brillante emitió un rugidito a modo de bienvenida o de alerta —desconocía cuál de los dos, pero le sonó lo suficientemente amigable—.
—¿Queréis venir a ayudarnos a encontrar un tesoro? —les preguntó alzando un poco más el tarro.
—No sé si te pueden entender… —empezó a decir Yarrow.
Tres dragones —el rojo, otro dorado y negro y uno de un verde iridiscente— bajaron en picado hacia ella. Aletearon con las alas parecidas a las de una mariposa y se posaron sobre ella: uno en cada hombro y el rojo sobre su cabeza, acurrucado entre su pelo.
—¿Lo ves? Quieren venir.
—¿Le caes bien a todo el mundo? —preguntó Yarrow con un leve deje de exasperación.
Ella se rio.
—Te puedo hacer una lista de las personas a las que no.
—Pues en esa lista solo hay necios.
Volvió a sonreírle.
Juntos, salieron del invernadero camino del muelle.
La nieve había dejado de caer y el cielo era de un azul limpio sin nubes que hacía que la nieve recién caída brillara como un manto de diamantes.
Mientras caminaban, Terlu les explicó a los dragones dónde estaban yendo y por qué, así como qué esperaban encontrar.
No podía saber si la entendían, pero no desaparecieron en el bosque para ir a buscar todos los elementos brillantes que pudieran encontrar, así que quizá sí que la habían comprendido.
O tal vez simplemente les gustaba el paseo.
Aproximadamente a un kilómetro del invernadero, tras pasar la última casa, pero antes de llegar a la torre del hechicero, Yarrow se desvió del camino para meterse por entre los pinos.
La nieve se había compactado hasta convertirse en una corteza helada.
Yarrow la hundía con cada paso y Terlu lo seguía alargando los pasos para encajar sus huellas.
Hacía más frío que el día anterior y todo estaba cubierto por una capa de hielo a la que el sol le arrancaba unos cegadores reflejos.
Inmunes al frío, los dragoncitos gruñían felices desde sus hombros y su coronilla.
Los pájaros les devolvían el sonido y formaban una mezcla de canciones que sonaba como una orquesta improvisada.
Yarrow los guio hasta la orilla.
—Ten cuidado. —Extendió la mano para que no perdiera el equilibrio mientras lo seguía hacia la playa.
El dragón esmeralda le arrulló al oído.
Las olas lamían la arena con besos espumosos y Terlu siguió a Yarrow a lo largo de la orilla hasta la entrada a las cuevas.
Parecía un umbral que conducía a las sombras, supuso que se trataba exactamente de eso.
No había ningún motivo para que las cuevas estuvieran iluminadas.
No sabía por qué eso la tenía que asustar a ella.
Después de todo, a diferencia de Yarrow, no había vivido ninguna experiencia traumática allí abajo.
Solo es oscuridad , se dijo a sí misma. Y no voy a bajar sola. Ni él tampoco.
—Esta vez no estás solo —dijo en voz alta, por si acaso él necesitaba oírlo.
—No tengo miedo.
—Yo sí. Está oscuro como la boca del lobo.
Él sonrió.
—¿Quieres que te dé la mano?
—Eso siempre, pero no tiene nada que ver.
—Le tomó la mano y se adentraron en las sombras.
Yarrow la soltó para encender la lámpara mientras la luz del día menguaba a su alrededor, y entonces volvió a tenderle la mano, sosteniendo la lámpara con la otra.
Los dragones gorjearon cuando la luz se derramó hacia las sombras.
El dragón rojo echó a volar y dio vueltas alrededor de la lámpara.
—Estas cavernas son un laberinto —le dijo Yarrow al pequeño animal— y estamos buscando un tesoro. ¿Quieres ayudarnos? Podrás quedarte toda la miel que quieras.
—Estamos buscando cáscaras y caparazones.
—Terlu recogió una almeja abandonada del montoncito de arena que se había colado en la cueva.
Se lo había explicado durante el trayecto, pero se lo volvió a repetir, con la esperanza de que la comprendieran—.
Como esta, pero muchas más y de diferentes tipos.
Cáscaras de huevo de pájaro, de tortuga, cáscaras de nuez y caparazones de almeja.
—Extendió la mantequilla de miel de nuevo.
El dragoncito rojo aferró el tarro con sus pequeñas garras y entonces, con un alarido, salió volando hacia la oscuridad.
—¿Lo seguimos? —preguntó Yarrow.
Terlu no hablaba el idioma de los dragones.
—No lo sé. ¿Sí?
Deshizo el cordel y ató un cabo a una roca.
—Muy bien. Allá vamos. —Se adentraron a la oscuridad. Tras unos pocos pasos, Terlu notó que despegaba el dragón posado sobre su hombro derecho. Salió volando hacia delante, sus escamas centellaban bajo la luz de la lámpara, y no tardó en desaparecer.
Siguieron una curva de la cueva, y entonces el tercer dragón se perdió en la oscuridad.
Terlu echó de menos notar su peso en los hombros. Sabía que eso era precisamente lo que les había pedido, pero, aun así… Apretó la mano de Yarrow con más fuerza.
—¿Estás bien?
—Esta vez es distinto. Sí.
—Bien. Nunca había estado en una cueva y parece que no soy muy fan de la oscuridad, algo de lo que no me había dado cuenta hasta…
bueno, hasta ahora. Después de que me transformaran en estatua…
—Dejó la frase a medias, tragó saliva y siguió hablando—: Me metieron en un armario durante un tiempo.
Simplemente me dejaron allí, mientras fabricaban el pedestal de la Sala de Lectura Norte.
Estaba acompañada de otros trastos guardados.
Pasé a ser un objetivo que guardar y olvidar.
Creía que me habían olvidado. Creo… Creo que llegué a olvidarme a mí misma durante un tiempo.
—No había pensado que la cueva pudiera hacer salir a la superficie aquellos recuerdos.
Prefería que se quedaran guardados en algún recoveco remoto de su mente.
—Lamento que tuvieras que pasar por algo así. —Su voz fue como un abrazo para ella.
—Cuando me devolvieron de nuevo a la luz, desperté un poco.
Recuerdo cuando me instalaron en la Sala de Lectura Norte.
Recuerdo… —Le empezó a temblar la voz— que les di las gracias.
Se lo agradecí. Mentalmente. No podía hablar, por supuesto.
Pero me sentía agradecida por aquella pequeña muestra de amabilidad, por la luz del sol, por no estar sola.
Podía observar a las personas que venían a verme.
Podía escuchar mientras contaban mi historia.
Exagerada, por supuesto. Hasta que dejé de prestar atención.
Al final, perdieron el interés en mí. Me convertí en una decoración más.
Dejaron de verme como alguien que en su momento había sido una persona.
Creo… Creo que no puedo culparlos, porque fui una decoración más. Durante años. —Seis años.
—¿Me dejas que los odie por ti? Los que te hicieron eso.
—Me lo hice yo misma. Quebranté la ley y me apresaron.
—El castigo excedió la gravedad del delito.
—El juez no opinó igual.
—No voy a permitir que te vuelva a ocurrir —aseveró Yarrow. La cueva volvió a doblarse, y la siguieron, sin dejar de soltar el cordel tras ellos. Terlu quería saber dónde habían ido los dragones. No podía oír su aleteo ni nada que no fuera el crujido de las piedras bajo sus zapatos.
—Puede que no puedas detenerlos.
—Si mi familia tiene razón, puede que ya ni siquiera existan. Mientras tú y yo estábamos… distraídos, las cosas han cambiado en el mundo exterior. Pero ya no estás en ese mundo. Estás en Belde. Todo es diferente aquí.
Quizá tuviera razón. No estaba en Alyssium y el imperio había caído.
Tal vez eso significaba que estaba a salvo.
Con todo, no podía pedirle a nadie que se pusiera en riesgo por ella.
Ella había sido la que había aprendido los hechizos; asumiría la culpa si se presentaba un inspector imperial.
Si fuera necesario, aseguraría que había obligado a las plantas a cooperar.
—Además, las plantas no permitirían que te alejaran de ellas —dijo Yarrow, como si pudiera oír lo que discurría por su mente. Le apretó la mano—. Tú tampoco estás sola. Ya no.
Las palabras fueron como una descarga eléctrica para Terlu.
Se las había estado diciendo sin cesar a Yarrow —que no estaba solo, no hacía falta que estuviera solo, que era mejor no estar solo— pero había dejado de pensar en cómo se las podía aplicar a sí misma, aunque él también se las había dicho con anterioridad.
Terlu permitió que las palabras le calaran.
Yarrow se lo había intentado mostrar con cada tarta de miel que había horneado, con cada invernadero que había compartido con ella, con cada tarde que habían pasado juntos experimentando con los hechizos.
No estoy sola .
Había encontrado su sitio. Había encontrado compañía. No solo con Yarrow, también con Emeral, las plantas y los dragones, y después también con su familia.
De la noche a la mañana, aquella isla desierta se había convertido en un lugar abarrotado.
Yarrow frenó en seco cuando el túnel se abrió hacia una cueva tan grande como un auditorio.
—Me acuerdo de esto. —Sostuvo la lámpara por delante del cuerpo, pero ya había luz, un rayo de sol que se colaba desde el techo y perforaba la oscuridad, iluminando las profundidades con un susurro de día.
Las estalactitas y las estalagmitas se acercaban las unas a las otras en pilares de piedra formados por el goteo.
El tenue destello de la luz del día se reflejaba en su brillo acuoso, resaltando los delicados colores de la piedra.
Terlu miró aquella estampa boquiabierta.
—Es precioso.
A un lado, el agua se derramaba por una pared de piedra blanca, que había teñido de tonos verdes y cobrizos. No se había imaginado que las entrañas de la isla pudieran albergar tanta belleza.
—Ven —la apremió Yarrow.
La condujo por entre las cúpulas de piedra caliza.
Terlu alzó la mirada al techo formado por témpanos de piedra, interrumpidos a medio goteo, y se preguntó si alguien más era consciente de la magnificencia que se ocultaba debajo de los invernaderos.
¿Había estado Laiken allí? ¿Qué había pensado y sentido cuando había contemplado aquel esplendor?
¿Se había maravillado con su belleza o estaba demasiado obcecado con su propósito erróneo?
Tras agacharse y cruzar una apertura, Terlu siguió a Yarrow hacia un nicho, donde no llegaba ni un solo rayo de sol de la rendija que se abría en el techo de la caverna.
El jardinero levantó la lámpara. En aquel hueco, la piedra había formado unas delicadas capas ondulantes, parecidas a cortinas de encaje.
—Sí que volví aquí —confesó Yarrow—. Una vez, años después. Quería ponerme a prueba… Bueno, no importa porque no funcionó. Estuve una hora y salí con el rabo entre las piernas, pero recuerdo esta sala.
—Me encanta.
Él sonrió.
No sabía que la piedra pudiera adoptar una forma como aquella. Parecía ser obra de magia, no del agua y el tiempo. O tal vez el agua y el tiempo fueran su propia obra de magia.
—Quería volver a ver esto contigo —dijo Yarrow—. Para ver si estando tú aquí podías cambiarlo. Y así ha sido. Lo cambias todo.
—Vaya —exclamó ella. Puso una mueca. ¿En serio esa era su respuesta?
El hombre al que amaba acababa de pronunciar las palabras más románticas, las palabras más…
Espera, ¿al que amaba? Era la segunda vez que ese pensamiento asomaba en su cabeza, con tanta naturalidad como si fuera parte de ella.
¿Lo amo? Lo conocía de hacía apenas unas pocas semanas.
Ni una estación entera. Pero ya se sentía entrelazada a él y a su vida.
Sentía que era una parte de ella como su propia respiración.
Oyó un aleteo.
—Creo que eso ha sido…
—O son murciélagos o son los dragones.
—Los murciélagos hacen menos ruido. —Terlu siguió el sonido de vuelta a la caverna grande. En las estalactitas del techo, el dragón rojo volaba dibujando un ocho. Aferraba algo en las garras.
Esperó con Yarrow a que el dragón los viera y volara hacia ellos, hacia la lámpara que Yarrow sostenía al aire.
El dragón dejó caer el objeto sobre las palmas de Terlu.
Era una caracola.
Se le aceleró el corazón. Yarrow le puso una mano en el hombro y apretó.
—¿Eso es…?
—¿Nos puedes mostrar dónde lo has encontrado? —le preguntó Terlu al dragoncito.
El dragón les marcó el camino, de vuelta a la oscuridad.
Yarrow sostenía la lámpara con firmeza mientras seguían desenrollando el cordel del carrete.
Después de caminar una hora aproximadamente, Terlu se dio cuenta de que se les estaba acabando.
¿Quizá podían dejar marcas en las paredes? Eso debería funcionar.
Cuando se terminó el cordel, usó el lápiz de carbón para dibujar flechas en las paredes de la cueva.
—¿Hasta dónde llega?
—Es infinito —respondió él.
—Eso es poco probable.
—No lo sé. ¿Pasa por debajo de todas las partes de la isla?
—Mucho más plausible. ¿Estás bien? —quiso saber.
—El carbón es una buena idea —respondió tras una breve pausa.
—No va a durar para siempre.
—Nos detenemos cuando se acabe —dijo Yarrow.
Alzó la lámpara un poco más y la luz se proyectó por encima de la piedra caliza.
Las sombras se removieron a sus pies. Terlu reparó en que ya no podía oler el mar, su olfato solo captaba un olor húmedo y cobrizo—.
No nos vamos a perder aquí abajo. No vale la pena.
—Pero ha encontrado la caracola.
—No vale la pena —repitió Yarrow.
—Si no destruimos los ingredientes…
Yarrow detuvo sus pasos. Terlu se fijó en que tenía la mano empapada de sudor y que estaba apretando los dedos.
—Pues que así sea. Dejamos que el invernadero encantado muera y construimos el nuestro propio tras salvar tantas plantas como podamos. No pienso ponerte en riesgo por el sueño de un hechicero muerto.
—Pero para ti el invernadero es lo más preciado.
—Tú eres lo más preciado para mí —repuso él.
—Ah. —Exclamó ella en algo parecido a una piada.
A Yarrow casi se le salen los ojos de las cuencas cuando miró más allá de ella.
—Pero creo que no vamos a tener que hacer eso. Mira. —Hizo un gesto con la lámpara, y ella se volvió para mirar hacia donde le indicaba: en el centro de la siguiente cueva, los tres dragoncitos volaban dando círculos alrededor de lo que parecía un altar de piedra.
En el centro había un caparazón de tortuga, lleno de lo que parecían cientos de cáscaras y caracolas.