El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo treinta #4
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Capítulo treinta #4

Había recuperado a su familia. Tenía la oportunidad de estar con ellos y recuperar el tiempo perdido.

Por otro lado, le habían hecho daño, sobre todo su padre, y todavía tenía que oír una disculpa genuina de Birch.

No había hecho ni el amago de intentar comprender cómo se sentía Yarrow, tampoco había hecho él el más mínimo intento de cambiar.

No solo se trataba de lo que había ocurrido en la cueva bajo la isla…

Terlu se detuvo cuando se le ocurrió una idea.

—¿Yarrow? ¡Para!

—No quiero hablar. —Pero se detuvo en la puerta y prestó atención.

—La cueva, en la que te dejaron, la que es como un laberinto —dijo Terlu—, pasa por debajo de los invernaderos, ¿verdad?

—Recordó en lo que se había fijado de las grietas del último invernadero moribundo: que empezaban en el punto donde el cristal se juntaba con la tierra.

Sea cual fuere el hechizo defectuoso que había roto el cristal y había atravesado los encantamientos… procedía de abajo.

—Eso es —contestó Birch—. Toda la isla está llena de cuevas.

Yarrow se volvió hacia Terlu.

—¿Crees…?

—Sí —contestó ella—. Eso mismo creo.

Solo unos minutos después, los tres se enfundaron los abrigos y caminaban fatigosamente por la nieve. Esta caía en pequeños copos secos, como una niebla en el cielo. Los copos le aterrizaban sobre las pestañas. En cuestión de segundos, Yarrow quedó salpicado de motas.

—Debería ir yo —dijo Birch.

—No —resopló Yarrow.

—Como tu novia ha señalado hace poco, te lo debo.

—Me debes avisar a los demás si no regresamos —repuso Yarrow—. Envía a alguien a buscarnos si no hemos vuelto antes de la puesta del sol. Por una vez, haz lo que necesito, no lo que pienses que necesito. —Puso rumbo a la casa y le dijo a Terlu—: No vamos a ir sin provisiones. Agua. Comida.

Terlu reparó en que no hizo ningún comentario a la palabra «novia». Decidió que no era el momento de hablar de ello, pero se guardó la palabra en un lugar protegido de la mente.

—¿Qué te parece si nos llevamos un cordel?

Así podremos irlo soltando y encontrar la salida.

—Una vez había leído la historia de un niño que había usado un cordel para encontrar el camino de regreso a casa por un bosque oscuro y tortuoso, lleno de monstruos sombríos.

Se trataba de una antigua fábula giniana que había leído cuando empezó a aprender su idioma.

Tenía sentido que tuvieran historias que versaran sobre navegar por laberintos.

—¿Nos puedes encontrar un carrete de cordel? —le pidió Yarrow a su padre.

—Yo me encargo —respondió él, claramente aliviado de que le hubiesen asignado una tarea.

Mientras el anciano se alejaba a paso ligero, sin apenas usar el bastón, Terlu y Yarrow entraron en la casa. El calor y el aroma residual a las tartas de miel los envolvió. Ambos se quitaron los abrigos y Yarrow se apresuró hacia la encimera de la cocina.

—No tienes por qué hacerlo tú —dijo ella—. En eso tiene razón. No conoces las cuevas mejor que los demás. Podríamos enviar a tu tío Rorick. Sería lo adecuado.

Sus labios esbozaron una sonrisa.

—Suena tentador, pero necesito verlo con mis propios ojos. Como dijiste, son mis invernaderos. —Rebuscó dentro de un armario y localizó una botella de agua.

—¿Has bajado a las cuevas desde entonces?

—inquirió Terlu—. ¿Ha bajado alguien? ¿Hay algún mapa?

—No había visto ninguno en las anotaciones de Laiken, pero podía deberse a que era lo suficientemente paranoico como para no querer que nadie lo siguiera hasta el emplazamiento donde había conjurado el hechizo.

Lo más probable es que se conociera hasta el último palmo de la isla sin necesidad de dejar nada por escrito.

Si lo logramos… si funciona… si de alguna manera logramos hacerlo a tiempo…

voy a dibujar mapas de todos los rincones de la isla .

Y también dejaría anotaciones de todo. Anotaciones claras, nada de códigos.

—No hay ningún mapa. Y solo volví una vez. No me quedé. —Yarrow llenó la botella con agua y la metió en una mochila—. No hace falta que vengas conmigo.

—Claro que voy a venir contigo. Siempre piensas que tienes que hacer las cosas tú solo, pero no es así.

De todos modos, se me ha ocurrido algo. —Se acercó a los armarios y al armarito frío y añadió varios tarros de miel y de mantequilla de miel a la mochila de Yarrow—.

Creo que deberíamos llevar a algunos dragones con nosotros.

Él se echó a reír.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Saben de laberintos y de tesoros.

—¿Crees que entenderán lo que estamos buscando?

—Creo que estarán más que dispuestos a intercambiar un tesoro por miel, y creo que para ellos las cáscaras y los caparazones de la cueva serán un tesoro.

No sé si querrán abandonar los girasoles, pero se lo podemos preguntar.

—No se podía saber quién estaría dispuesto a ayudarte si no lo preguntabas.

—No dejas de sorprenderme.

Regodeándose en el halago, Terlu le sonrió.

Él le devolvió la sonrisa.

—Vale, pues ya tenemos un plan —dijo Terlu—. Vamos a llevar comida, agua, lámparas, cordel y dragones. Y no vamos a parar hasta que hayamos salvado Belde.