Capítulo treinta #3
Después de marcar la puerta con una X usando carbón, como había propuesto Lotti, para que los demás supieran que ya se había comprobado esa sala, siguieron hacia el siguiente invernadero, que estaba lleno de cactus y otras suculentas.
Muchas eran orbes recubiertas de pinchos.
Algunos tenían gruesas ramas que apuntaban al cielo.
Un árbol retorcido con espinas dominaba el centro de la estancia y cortaba la vista del cielo.
Sobre sus cabezas, un sol falso secaba el aire, y Terlu notó que le perforaba la piel, le succionaba la humedad interior y la hacía sentir tan asada como una tarta de miel.
El aire tenía un sabor a arena, áspera en la lengua.
Zigzagueó por el invernadero, esquivando las ramas cubiertas de agujas del árbol espinoso, mientras que Yarrow recorría el perímetro.
Terlu terminó de buscar y esperó a Yarrow en la puerta.
—He pasado por todas estas salas un sinfín de veces —dijo Yarrow—. Me habría dado cuenta si hubiese un montón de cáscaras.
Tenía razón. Pero el montón tenía que estar en algún sitio… A menos que se hubiese equivocado completamente con el hechizo… el fantasma le había dado a entender que estaba en lo cierto.
—No lo estabas buscando, quizá por eso no lo vieras —sospechó Terlu.
Birch se plantó delante de Yarrow, bloqueando la puerta. Dio un golpe con el bastón en el suelo.
—Tiene razón. A veces no vemos lo que tenemos delante de las narices. Yarrow, te debo una disculpa.
—¿Quieres que hable contigo? Entonces ayúdanos, no entorpezcas. Sigue buscando. —Pasó por al lado de su padre. Dibujó una X de carbón en la puerta, la abrió, y avanzó con paso decidido hacia el siguiente invernadero.
Terlu masculló una disculpa y pasó por el lado de Birch para ir con Yarrow.
Birch los siguió.
—No tienes por qué aceptar mis disculpas, pero quiero que sepas que lo siento. Cuando me marché… Hay muchas cosas que desearía no haber dicho.
—Yo miraré las cajas de suministros. Tú revisa el perímetro —le ordenó Yarrow a Terlu tras girarse hacia ella con un gesto seco—.
Tal vez puedas ver algo que yo haya pasado por algo.
—Ignorando a su padre, se apresuró hacia la esquina donde estaban las cajas.
Terlu oyó cómo se abrían las tapas y se cerraban.
Birch fue tras él.
Terlu no sabía si admirar el padre de Yarrow por no rendirse o gritarle por insistir demasiado, demasiado pronto.
Recorrió el perímetro del invernadero. Albergaba unas flores que no sabía identificar, con forma parecida a una campana que tintineaban cuando les pasaba cerca.
Una flor más grande tenía forma de címbalo.
Lo tocó y este reverberó con una nota grave.
—Sabes que no quería abandonarte —oyó que decía Birch desde la otra punta del invernadero—. Creí que, con el tiempo, entrarías en razón y vendrías con nosotros a Alyssium.
—Ya veo lo bien que te salió eso.
—¡Al menos en Alyssium estábamos juntos! Podrías haber venido, estar con tu familia, en vez de convertirte en un ermitaño aquí en esta isla moribunda…
—Basta.
Birch soltó un largo suspiro.
—Me estoy disculpando de pena.
—Y que lo digas. Ya te lo he dicho… no hace falta que me digas nada de esto. No te culpo porque te marcharas. Estabas enfermo. No podías quedarte aquí.
—Me culpas por no haber regresado.
—No te culpo por eso. —Yarrow cerró de golpe la caja de provisiones—. Te culpo por todo lo que hiciste antes de eso. —Se marchó furioso del invernadero sin mirar atrás.
Birch aminoró el paso al llegar junto a Terlu.
—No sé cómo arreglar esto.
Ella no sabía qué decirle. ¿Quizá Yarrow necesitaba tiempo? ¿Quizá necesitaba espacio? O tal vez necesitaba justamente lo contrario. Intentó pensar en algo útil que le pudiera decir. Parecía que Birch quería enmendar las cosas, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo. Ella conocía bien esa sensación.
—¿Se está disculpando por el bien de Yarrow o por el suyo propio? —preguntó con suavidad.
—Solo quiero que las cosas vuelvan a ser como antes.
—¿Y no puede ser que las cosas no estuvieran tan bien antes? —replicó Terlu. Era consciente de que esa conversación no le correspondía a ella, y no quería empeorar las cosas sin querer. Por otro lado, a mucho peor no podían ir. Yarrow ya se había marchado.
—No me ha contado demasiados detalles sobre su infancia, pero sí una historia, sobre el jueguecito de su tío Rorick en el que lo abandonó en una cueva…
Birch la miró perplejo.
—¿Eso? No le pasó nada.
—Era un niño y estaba asustado.
Birch le restó importancia con un gesto de la mano.
—Fue hace mucho tiempo. No puede seguir enfadado por eso.
Terlu se quedó mirando al anciano con la cabeza ladeada. Yarrow no estaba enfadado por lo de la cueva en concreto, pero estaba claro que lo veía como una muestra representativa de cómo lo habían tratado. Abandonado, una y otra vez.
—Puedo pedirle disculpas por eso, pero creo que está exagerando —se defendió Birch—. Con él todo era un melodrama. De hecho, eso es exactamente lo que intentamos arreglar. Queríamos enseñarle que podía ser más independiente.
¿Yarrow? ¿Melodramático? No era el adjetivo que ella habría utilizado para describir a alguien que básicamente se comunicaba a través de gruñidos y encogimientos de hombros.
—Le enseñó que no puede confiar en las personas que se supone que lo quieren —retrucó Terlu, que no dejó de emplear una voz amable, aunque lo que en realidad quería era zarandearlo por los hombros hasta que comprendiera el daño que le había infligido.
Birch parecía totalmente descolocado.
—Era un rito de iniciación. Hicimos una gran fiesta cuando salió.
Ella se encogió de hombros, al estilo de Yarrow.
—No todo el mundo ve un mismo hecho de la misma manera. Laiken también creía estar haciendo lo correcto con aquellos a los que quería.
Birch frunció el ceño.
—No me parezco en nada a Laiken.
No quería discutir con el padre de Yarrow, sobre todo sin saber todo lo que Yarrow sentía, y ni siquiera había conocido a Laiken, aparte de los vestigios que eran su fantasma y las palabras que había dejado en sus cuadernos.
—Podría preguntarle a Yarrow qué es lo que quiere.
—¿Preguntarle? ¿Preguntarle y ya está?
Volvió a encogerse de hombros.
—Mmm.
Después de marcar la sala como registrada, siguieron a Yarrow hacia el siguiente invernadero, donde los aguardaba con el ceño fruncido.
—Yarrow… —empezó a decir Birch.
Haciéndole caso omiso, Yarrow señaló con el dedo a Terlu.
—No soy un hechizo roto. Deja de intentar arreglar esto —le gruñó antes de girar sobre los talones y dirigirse hecho un basilisco hacia la puerta de la siguiente sala.
Vale, al igual sí que es un tanto melodramático.