Capítulo treinta #2
Rowan bajó del tiesto y Terlu ocupó su lugar, ayudada de la mano de Yarrow para no perder el equilibrio.
Examinó la sala. No sabía cómo había pasado de pensar que estaba sola en la isla a estar dirigiéndose a toda una multitud.
Somos más fuertes juntos. O, al menos, podemos serlo .
Es como una cuerda, compuesta de hilos que se entrelazan.
Todos los presentes en la sala —humanos y plantas— querían que los invernaderos sobrevivieran.
Lo creía a pies juntillas. Se aclaró la garganta y empezó.
Describió su teoría sobre por qué los invernaderos estaban fallando (debido a un hechizo defectuoso), lo que debían encontrar (un montón de cáscaras y caparazones amontonados), y lo que debían hacer con ellos (destruirlos). Le llevó menos de un minuto y medio.
Entonces se bajó del tiesto y se preparó para la avalancha de preguntas que le iba a caer encima: cómo sabía qué debían hacer, cómo había descifrado el código del hechicero, cómo había traducido sus cuadernos y había estudiado sus hechizos.
—¿Eres una hechicera? —preguntó Percik, uno de los primos más pequeños de Yarrow.
No había anticipado que le salieran por ahí, pero supo capearla.
—No, era bibliotecaria. —No la había acusado abiertamente de haberse saltado la ley imperial, así que pudo escurrir el bulto con tacto. Se enfrascó en una explicación sobre cómo su experiencia y formación en lenguas, en especial en los idiomas muertos, le habían permitido…
—¡Es igual de buena que una hechicera! —gritó Lotti desde las vigas.
Ay, por todos los mares . Terlu sintió que el aire se le atoraba en la garganta.
—Nos despertó a todas —añadió Amina, la orquídea.
—Sí, le estamos muy agradecides —dijo Risa, le hiedra.
—Nooos enseñó a curar el criistaaal —intervino Dendy—. Y ha estaaaado trabajando para comprender los hechizos queee crearon los invernadeeeros, paraaaa salvarlos. Podéis confiaaar en ella. Si dice que esto es necesaaario, entonces es lo que deeebe hacerse.
¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a decir? El pánico le subió por la garganta y notó que se echaba a temblar.
Inspiró profundamente. Debería haberles dicho a las plantas parlantes que no se fueran de la lengua (¿o de las hojas?).
Cuando se le había ocurrido pedir ayuda, no había pensado que sus amigos propalarían su secreto a todo el mundo.
¿Cómo podía saber si todos los familiares de Yarrow eran de confianza?
Uno de ellos podía ser igual que el usuario de la biblioteca que la delató.
No me pueden volver a convertir en estatua . No pensaba permitirlo. Nunca.
Si tenía que marcharse de Belde, lo haría. Llamaría a Marin. Huiría hasta donde hiciera falta, aunque significara abandonar aquel lugar que le había robado el corazón.
Yarrow pasó el brazo por encima de los hombros de Terlu.
—Si alguno de vosotros tiene un problema con esto…
—Ay, cállate —le espetó Rowan—. ¿De verdad pensabas que no sabíamos que uno de vosotros dos había estado haciendo magia? Todos hemos visto cómo las plantas arreglaban el cristal… Laiken nunca les enseñó los hechizos. Tenía que ser cosa de uno de los dos.
—Buen trabajo —los felicitó el tío Rorick.
Otros asintieron.
Terlu miró las caras que la rodeaban. Ninguna de ellas parecía alarmada o consternada.
—Pero… es ilegal… no entendéis… quiero decir… —Era una reacción diametralmente opuesta a cómo se había escandalizado la gente cuando habían descubierto que había creado a Caz. ¿Por qué no estaban dispuestos a condenarla?—. No lo entiendo.
—¿Alguna vez has empleado la magia para hacerle daño a alguien? —preguntó Rowan.
—No.
—¿Para hacerle daño a alguna planta?
La intención no había tenido ningún tipo de importancia durante su juicio en Alyssium… Pestañeó cuando de súbito le entraron ganas de llorar.
—Claro que no. Solo he intentado ayudar.
—Nos saaalvó —dijo Dendy.
—Así que estás enmendando un error —apuntó Rowan con los brazos en jarras—. Arreglando una equivocación que hizo otra persona. Creo que es un gesto admirable. —Les dedicó a sus familiares una mirada fulminante, como si los estuviera advirtiendo que no osaran llevarle la contraria.
—Ya no estamos en Alyssium —dijo su esposa y se puso a su lado—. El emperador ya no está y, de todos modos, sus leyes no aplican aquí. No te van a castigar por algo que has hecho por amabilidad.
Terlu había pensado eso mismo alguna vez.
Se había sentido a salvo en la biblioteca, y estaba convencida de que nadie la castigaría por haber creado a Caz; saltaba a la vista que era un ser de pura bondad.
Añadirle vida al mundo no podía ser algo malo.
Al menos eso es lo que se había dicho en su momento.
Creía que la perdonarían, una vez que se supiera que sus intenciones carecían de maldad, eran inocentes e incluso se podía llegar a decir que afables.
Aun así, fui egoísta , pensó. A diferencia de allí, no había creado a Caz por el bien de la planta cinta; lo había hecho por interés propio, porque se sentía sola.
Sin embargo, quería pensar que lo que había llevado a cabo en la isla había sido diferente.
Estaba intentando salvar una vida que ya existía.
Y no lo estaba haciendo por su propio interés.
O al menos no por el mío solo . Era incapaz de concebir que alguien quisiera que hubiese dejado a Lotti, Dendy o cualquiera de las demás plantas sintientes dormidas.
Y ¿cómo les iba a dar la espalda a los invernaderos que perecían y las plantas marchitas cuando cabía la posibilidad de salvarlos?
—No tienes nada que temer con nosotros —dijo Rowan con firmeza—. ¿Verdad? —Con las manos sobre las caderas, miró a todos los miembros de su familia con ojos retadores. Terlu reparó en que tenía una mirada feroz de oso, como su hermano y su padre.
—Estás velando por los invernaderos —agregó Birch, el padre de Yarrow—. Eso te convierte en jardinera. Como el resto de nosotros. Ninguno aquí quiere que los invernaderos perezcan. Todos queremos lo mejor para nuestras amigas plantas. Para nuestra familia —añadió mirando a Yarrow.
Estaba segura de que las palabras del padre de Yarrow no iban dirigidas a ella.
Pero no pasaba nada. Al menos, de momento, se había ganado un respiro.
No sabía si estaban en lo cierto en cuanto a Alyssium y el alcance de la ley imperial, pero, por lo pronto, no parecía que nadie le fuera a impedir hacer todo lo que estuviera en su mano por salvar aquel lugar.
Notó que se le aflojaba un nudo en el pecho y pestañeó varias veces para evitar que se le derramaran las lágrimas.
Puedo confiar en ellos .
La familia de Yarrow no la había rechazado, ni siquiera después de saber la verdad.
Quizá la mía tampoco lo haga.
—Muy bien. Basta ya de cursiladas —dijo Lotti desde las alturas—.
Vamos a hacer esto de manera ordenada. Las plantas se encargarán de los invernaderos al este.
Tú y tú, id al oeste. Los de ahí abajo, empezad por el norte.
Cuando terminéis, dejad una marca en la puerta para que no hagamos el trabajo dos veces.
Usad carbón para dibujar una X . No hay tiempo que perder. ¡Moved el culo!
Yarrow conocía hasta el último palmo de los invernaderos que requerían cuidados diarios.
Para esas salas, fue muy rápido bordear el perímetro, mirar en los armarios de las herramientas y cajas de suministros, e investigar el interior de la estufa encantada, si había una.
Terlu lo ayudó a buscar, y observó con sumo cuidado cualquier esquina que Yarrow pudiera pasar por alto por estar demasiado acostumbrado a ellas. Las plantas revisaron todas las vigas.
Algunos de los familiares de Yarrow se habían unido a ellos para buscar, pero se separaron cuando el camino se ramificó, hasta que solo quedó el padre de Yarrow, Birch, que los acompañaba cuando entraron en el invernadero que rebosaba de enredaderas que bailaban bajo la brisa como si fueran cintas.
—Esta sala nunca me hizo demasiada gracia —afirmó Birch—. Me recuerdan a unas serpientes.
Yarrow resopló.
—Son preciosas a su manera. También las serpientes.
—Pero ¿para qué las encantó todas? —Birch se agachó para pasar por debajo de una masa de hojas que se agitaba.
Por encima de él, varias enredaderas se trenzaron, formando un nudo tras otro.
Unos ratoncitos foliáceos treparon por las trenzas—.
¿Por qué no dejó que fueran plantas normales y corrientes?
—Yo creo que son bonitas —dijo Terlu. Se enderezó y se quitó una enredadera del hombro. Esta se deslizó de nuevo e intentó enrollarse en su muñeca. Uno de los ratoncitos le chilló, como si la estuviera riñendo por resistirse, o quizá le estaba pidiendo queso.
Yarrow se apartó una enredadera del muslo y le dijo a su padre:
—Podrías buscar en alguna otra sala, si no te gusta esta.
—Se metió una mano en el bolsillo y esparció migas de pan sobre el caminito.
Varios ratoncitos cubiertos de hojas chirriaron y bajaron las enredaderas trenzadas a toda prisa para darse un festín.
Uno de los ratones tenía una hoja de color naranja brillante entre las hojas verdes.
Se sacudió y la hoja naranja cayó al suelo, como un trozo de follaje otoñal.
Terlu sonrió. Cómo no, le da de comer a los ratones .
—Iremos más rápido si vamos juntos —replicó Birch.
—Todos los demás se han separado —apuntó Yarrow.
—Vale, sí. Quiero estar contigo. Sé que tienes responsabilidades y que te has acostumbrado a encargarte de todo tú solo, pero yo, como Rowan, creo que me has estado esquivando deliberadamente.
—Pues sí.
A Terlu por poco se le escapa la risa. Era una respuesta típica de Yarrow. Echó un ojo detrás de la caja de herramientas antes de informarle a Yarrow ya Birch.
—Creo que en esta sala no hay nada.