Capítulo treinta
A rrastrando a Yarrow detrás de ella, Terlu llegó hasta donde estaban Rowan y Ambrel bajo los pinos recubiertos de nieve.
Cuando las alcanzó estaba jadeando y sin aliento.
Fuera, el cielo era de un blanco difuminado y el viento azotaba los pinos.
Las olas se estrellaban contra las rocas con furia y parecía que hubiesen agitado la superficie del mar.
—¿Va todo bien? —preguntó Ambrel.
Rowan miró a Yarrow con ambas cejas enarcadas, de una forma tan deliberada que Terlu no pudo evitar pensar: esto es un error .
—Anda, mira, has decidido alegrarnos con tu presencia. Supongo que deberíamos dejar todo lo que estamos haciendo y celebrarlo.
Yarrow abrió la boca y la cerró.
—¿Todavía no tienes nada que decirme? —insistió Rowan.
—Calla —le largó Ambrel—. Terlu, ¿qué ocurre?
Yarrow se medio ocultaba detrás de Terlu, como si ella pudiera protegerlo de su hermana. Ojalá ella estuviera lo suficientemente cerca como para tomarle la mano, Yarrow debía saber que no estaba solo mientras se enfrentaba a una fuerza hostil.
—Yendo al grano: creo que los invernaderos están muriendo debido a un hechizo defectuoso —dijo enérgicamente—.
Tenemos que encontrar y destruir los ingredientes, o el hechizo seguirá destruyendo un invernadero tras otro.
El problema es que no sabemos dónde están esos ingredientes.
Podrían estar en cualquiera de las salas.
—O en cualquier punto de la isla —añadió Yarrow.
Terlu asintió.
—Hay que cubrir mucho terreno. —Ojalá Laiken hubiese anotado dónde había conjurado el hechizo. Había dejado un buen número de anotaciones sobre cuáles eran los ingredientes, pero nada sobre dónde los había empleado.
Rowan puso los brazos en jarras. En el mismo instante, una ola se estrelló con tanta violencia contra las rocas que la espuma de agua salpicó la nieve.
—Vaya, que has venido para pedirnos ayuda. —Apuntó el comentario a Yarrow, como si Terlu fuera invisible.
—Necesitamos la ayuda de todo el mundo —aclaró Yarrow.
—Pero, en concreto, mi ayuda. Yo, tu hermana. —Su voz denotaba tanta irritación que Terlu dio un respingo—. No lo has olvidado, ¿verdad? ¿Que soy tu hermana?
Terlu intercambió una mirada con Ambrel.
Sabía que la esposa de Rowan se sentía igual que ella: sí, debían hablar; no, aquel momento no era el adecuado.
No le cabía duda de que Yarrow estaba al borde de poner pies en polvorosa y que lo único que lo evitaba era que estaban muy cerca de poder salvar los invernaderos.
Ambrel puso una mano sobre el hombro de su esposa y le susurró al oído, pero Rowan desvió su mirada fulminante hacia ella.
—Guardo muchas cosas que no he dicho y que tengo que decir, y no me las pienso contener más.
Ambrel bajó la mano con un suspiro.
El viento silbó por entre los pinos e hizo caer la nieve de sus ramas. Esta cayó con un golpe seco, lo que hizo que un pájaro alzara el vuelo, asustado. No tenemos tiempo para esto. Y él no está preparado . Terlu dio un paso adelante.
—Ahora no es…
—Te he echado de menos, Rowan —dijo Yarrow de improviso.
Las palabras de Rowan perdieron impulso antes de que pudiera empezar su diatriba.
—Vaya. —Se quedó callada y volvió a empezar—. No es justo que me salgas con esas. —Le tocó el hombro, hundiendo el dedo en su abrigo—. Jamás lo demostraste.
—Lo sé —confesó él—. Y lo siento mucho.
Otra vez se quedó sin palabras.
Terlu no sabía si debía alejarse. Le parecía que era un momento importante, y no era un instante en el que ella tuviera cabida, pero le había prometido a Yarrow que hablaría en su nombre.
¿Todavía quería que lo hiciera? Plantada detrás de su esposa, Ambrel parecía igual de pasmada, y Terlu se preguntó si había visto a Rowan quedarse sin palabras en muchas ocasiones. Probablemente no .
Rowan lo miró boquiabierta.
—¿Y ya está? ¿No me vas a dar ninguna excusa?
No lo hizo. Ni una sola palabra.
—¿No le vas a dar la vuelta para culparme a mí? ¿O a papá? ¿O a Laiken?
—Debería haber respondido a tus cartas —dijo él.
Parecía desequilibrada, como si hubiese querido agitar los brazos, gritar y dar patadas, pero…
—Mmm, sí, deberías. Era poco más que una niña. Marcharme no fue elección mía o, si lo fue, no comprendí que tenía elección. Aparte, creía que tú también vendrías en cuanto pudieras. No entendí que era un adiós para siempre.
—Me alegro de que hayas vuelto —replicó Yarrow.
Rowan entornó los ojos mientras lo escrutaba con la mirada.
—Mientes.
—Un poco —confesó él—. Antes se estaba más tranquilo, aquí.
—Pero ¿me has echado de menos? —preguntó Rowan.
—Sí.
—Bueno. —Volvió a quedarse callada y exhaló profundamente.
Su respiración formó una nube de vaho antes de disiparse.
Sobre el mar, una gaviota graznó—. Es algo, supongo.
A ver, ¿qué es eso de los ingredientes de un hechizo?
¿Desde cuándo eres hechicero? Espera, ese viejo loco no te tomó como aprendiz, ¿verdad?
Yarrow negó con la cabeza.
—Rara vez me dirigía la palabra. Ni a mí ni a nadie.
—Y no vamos a lanzar un hechizo —intervino Terlu—. Vamos a desactivar uno.
Rowan alzó las cejas.
—Puede que podamos evitar que mueran más invernaderos —dijo Yarrow con voz grave.
Su hermana soltó un silbido.
—Vale, te escucho.
Terlu les mostró la lista de cáscaras y caparazones.
—Necesitamos encontrar dónde puso Laiken los ingredientes de su último hechizo.
Los colocaría en algún sitio donde no los tocara nadie, pero debía de haber una cantidad suficiente como para que su efecto se extendiera a todos los invernaderos.
Así que estamos hablando de un montón considerable de ingredientes.
—¿Y si los enterró? —preguntó Ambrel.
A Terlu le había preocupado eso mismo en un primer momento, pero creía que era bastante improbable.
—Los ingredientes se entierran si quieres limitar los efectos a un objetivo en concreto.
—Si los hubiese enterrado, el hechizo no habría tenido la capacidad de afectar a tantos invernaderos, sobre todo los que estaban más alejados—.
Laiken habría querido que su efecto fuera lo más amplio posible, lo que significa que tuvo que dejarlos al aire libre.
Así que creo que serán visibles a simple vista.
Escondidos, pero visibles. —Tras los experimentos que había llevado a cabo, podía afirmarlo con cierto grado de seguridad.
—¡Ah, ya sé! En el laberinto de los girasoles —dijo Rowan—. Podría haberlos dejado en…
Yarrow negó con la cabeza.
—Lo resolvimos. No hay nada de eso allí.
—¿Lo resolvisteis? —repitió Rowan—. Vaya, no sé cuántas tardes me pasé allí dentro, antes de que papá me sacara a rastras para hacer mis tareas. ¿Qué hiciste con los dragones?
Ambrel abrió los ojos como platos.
—¿Dragones?
—Les gusta la miel —dijo Yarrow.
—Tienes que enseñarme cómo… —empezó a decir Rowan entusiasmada.
Ambrel le dio un apretón en el brazo.
—Céntrate, Rowan.
—Perdona. Eso más tarde.
—Te lo puedo enseñar después sin problema —repuso Yarrow con voz grave.
—Genial.
De repente, Terlu la imaginó de niña, muy emocionada por emprender una nueva aventura en Alyssium. Sabía lo que era eso.
Rowan se quedó mirando fijamente a su hermano durante unos segundos.
—Necesitas ayuda, tanto que has decidido plantarme cara, lo que significa que se trata de algo serio. —Parecía haber alcanzado una decisión—. Vamos a buscar a todos los demás.
Sin esperar respuesta, enfiló el camino a paso ligero.
Ambrel les dedicó una amplia sonrisa y acompañó a su esposa.
Yarrow apretó la mano de Terlu, fuera en busca de fuerza o de consuelo, pero siguió a su hermana hacia el resto de su familia y de todas las conversaciones incómodas que había estado evitando a toda costa.
Terlu le sostuvo la mano tan firme como pudo sin apretarla, para que supiera que no se iba de su lado. No se iba a enfrentar a ellos solo.
Fiel a su palabra, Rowan reunió a todo el mundo: tías, tíos, primos e incluso los dos amigos de la familia que habían traído a Belde por su seguridad.
Con la ayuda de Dendy, también consiguió congregar a todas las plantas sintientes.
Había insistido en que las plantas querrían ayudar, y tanto Yarrow como Terlu habían mostrado su acuerdo.
Todos, todas y todes, personas y plantas, se reunieron en el invernadero de las rosas.
Las rosas se mecían con la brisa que generaban los ventiladores del techo.
Arriba, la nieve había empezado a caer con suavidad sobre la cúpula de cristal, pero dentro el ambiente olía a verano.
El aroma a rosas impregnaba cada aliento, y Terlu notó que las contracturas en los hombros se le empezaban a aflojar a medida que lo inhalaba.
Han venido todos , pensó. Quizá todos nos ayuden .
Yarrow repartió porciones de tarta de miel —¿Cuándo había preparado más?
—. Debía de estar horneando sin parar. La única otra explicación plausible era que el gato hubiese aprendido a cocinar.
Todas las personas estaban sentadas en los bordes de los lechos de flores, en tiestos bocabajo y en sillas que habían traído de las casas, mientras que las plantas parlantes se distribuían por todo el invernadero.
Dendy estaba subido en las vigas con Lotti.
Risa, le hiedra, se había enrollado alrededor de uno de los pilares.
Por el contrario, Amina, la orquídea, se asomaba por entre las ramas de un rosal morado y Cyna, la margarita, estaba posada en lo alto de una celosía de rosas trepadoras blancas.
Subida en lo alto de un tiesto bocabajo, Rowan silbó para atraer la atención.
Las personas y las plantas guardaron silencio.
El hierba de fuego soltó una chispa que siseó en el aire.
—Vale, escuchadme todos —dijo Rowan—. Hola. Aquí tengo a Terlu. Todos la conocéis y tiene una petición que haceros, una manera con la que podemos salvar el invernadero de Belde y evitar que colapsen más salas. Puede que Yarrow también diga algo, aunque no lo creo. Al caso, escuchad. Es importante.
—Ah, gracias.