Capítulo veintinueve #2
—Lo conjuró, estoy segura. Lo conjuró para probarlo.
— Como he estado haciendo yo, lanzando fragmentos de hechizos y aprendiendo de ellos —.
Para asegurarse de que el hechizo seguiría activo tras su muerte.
Estaba comprobando la longevidad del hechizo, no su funcionalidad, así que estaba incompleto.
Su intención era desactivarlo en cuanto hubiese terminado la prueba y volver a lanzarlo cuando lo hubiese completado, pero murió.
Quizá estaba distraído y corría porque se dio cuenta de que el hechizo contenía un fallo fatal, y por eso se cayó.
O tal vez fuera una desgraciada coincidencia.
De todos modos, jamás detuvo el hechizo.
Siguió activo, incompleto y defectuoso, pero aquí está la clave: el hechizo se concibió para que actuara con retraso.
Un retraso intencionado. Para que después de su muerte, pudieran pasar un par de meses durante los cuales los residentes que quedaran pudieran abandonar la isla.
¿Lo ves? Dejó deliberadamente un margen de tiempo en el hechizo para su funeral y para que tú te marcharas.
—Pero no me marché.
—Cierto, pero eso él no lo anticipó. Y el hechizo no estaba completo de todos modos. El aplazamiento funcionó, sí, pero cuando se activaron sus efectos… No había terminado de perfeccionarlo, así que cuando el hechizo entró en funcionamiento, no hizo lo que se suponía que debía hacer.
Yarrow miró el hechizo codificado y los garabatos que había hecho ella en los márgenes con la frente arrugada.
—¿Y qué se suponía que debía hacer?
—Se suponía que debía aislar todo el invernadero del resto del mundo. Pensaba que era la única manera de que sus creaciones estuvieran a salvo… si las confinaba del resto de la gente. Si se quedaban solas.
Yarrow se rio por la nariz.
—Sí, ¿verdad? Exactamente lo opuesto a lo que debería haber hecho. Pero el miedo le consumió la razón. De todos modos, no había completado el hechizo, y así, en vez de aislar los invernaderos y hacerlos autosuficientes, el hechizo desestabiliza los encantamientos activos.
—Y destruye precisamente lo que pretendía proteger —dijo Yarrow.
—Sí, es irónico, pero creo que ese hechizo sin terminar sigue activo, y cada pocos meses, el aplazamiento que estaba poniendo a prueba, vuelve a accionarse y destruye otro invernadero.
Yarrow puso unos ojos como platos.
—Pues… tiene sentido.
—La pregunta es, ¿cómo detenemos el hechizo?
—Terlu se paseó por la casa, segura de que aquella era la respuesta.
Habían tropezado con ella por accidente, mientras experimentaban como había hecho Laiken—.
Descubrimos la respuesta el otro día cuando, ya sabes, por poco morimos.
Si podemos destruir los ingredientes, se anulará el efecto del hechizo.
Yarrow se acercó a ella, le rodeó la cara con las manos y la besó.
El fantasma fue del todo inútil.
Terlu mordisqueaba lo que le quedaba de tarta de miel mientras miraba con mala cara el espejo mugriento del dormitorio del fallecido hechicero.
—Sé que puede oírnos. Pregúntaselo otra vez, Lotti.
Subida a la mesita de noche, la pequeña rosa imploró:
—Por favor, querido Laiken, hechicero supremo, si pudieras concedernos una respuesta para una pregunta gurrumina…
Yarrow se acercó a Terlu y le murmuró al oído:
—¿Gurrumina?
—Shh —le siseó ella—. Déjala que lo haga a su manera. Era quien lo conocía mejor.
—Estaríamos enormemente agradecidos y asombrados ante tu genialidad y benevolencia —siguió Lotti mientras extendía las hojas en un gesto teatral—.
Serías el héroe de Belde, al salvar todas tus maravillosas creaciones.
Lo único que tienes que hacer es decirnos dónde encontrar los ingredientes. ¿Están aquí en el taller?
Esperaron, pero no había ninguna señal de que el fantasma los estuviera escuchando siquiera.
—¿Están en el invernadero? —intentó Lotti.
Sin respuesta.
—¿Están en la isla?
La habitación se sumió en el silencio y la quietud. Ni una brisa. Ni un escalofrío.
Terlu se cuestionó si hacer la pregunta había hecho que el fantasma se evaporara. Había oído historias al respecto: una vez que la emoción que retenía sus restos quedaba saciada, estos se disipaban. Quizá solo se había quedado en el mundo hasta que se había hartado de ser un fastidio.
—Pregúntale si quiere que salvemos los invernaderos.
—¿Quieres que salvemos los invernaderos? —preguntó Lotti alzando la voz.
Una corriente de aire barrió la habitación, removiendo las sábanas y mantas de la cama y desplazando a Lotti unos centímetros hacia el lado. Yarrow la ayudó a enderezarse.
—Eso ha sido un sí —dijo Lotti.
—¿Estás segura? —preguntó Yarrow—. A mí solo me ha parecido un gesto enfático.
—Un sí huele a rosas. Un no huele a col podrida.
—¿Cómo…? —empezó a decir Terlu, pero se detuvo y meneó la cabeza. No estaba allí para estudiar el comportamiento de un fantasma. Lo único que necesitaban eran respuestas—. No importa. Pregúntale si sabe dónde están los ingredientes.
Una brisa triste hizo ondear la cortina y era verdad que apestaba un poco a col, ahora que se fijaba.
Yarrow resopló.
—¿Cómo puede ser que no lo sepa?
—No es él —dijo Terlu—. Solo un vestigio de arrepentimiento. Un sentimiento. —Quizá amor. Había querido aquellos invernaderos, aunque ese amor más tarde se había visto consumido por el miedo—. Dile que haremos todo lo posible.
Lotti se lo repitió y luego le dijo a Terlu:
—Me gustaría quedarme aquí con él, si te parece bien.
—Por supuesto —repuso Terlu. Si le hubiese podido dar un abrazo a la rosa, lo habría hecho.
Tenía que ser una situación extremadamente difícil para Lotti.
La rosa tenía los pétalos abiertos y las hojas desplegadas, como si estuviera tendiendo la mano a quien la había creado, querido y, al final, decepcionado.
Terlu tragó saliva y se giró hacia Yarrow.
—¿Empezamos la búsqueda?
El jardinero asintió.
—¿Puedes acotar un poco lo que estamos buscando, o tenemos que volver a jugar a las preguntas de sí o no con una brisa errante?
La brisa azotó la estancia, removió las cortinas, las sábanas y su pelo.
Por suerte, Terlu sabía la respuesta a esa pregunta gracias al trabajo de traducción que había hecho. Se recolocó los rizos.
—Cáscaras y caparazones de todo tipo: la cáscara de una nuez pecana, la valva de una almeja, una caracola, una cáscara de huevo de petirrojo, el exoesqueleto de un grillo, el caparazón de una tortuga de caja…
Y habrá una cantidad enorme. Propongo que empecemos a buscar aquí, donde llevaba a cabo su trabajo.
Juntos, Terlu y Yarrow rebuscaron en la planta superior.
No les llevó demasiado tiempo. Unos pocos arcones llenos de ropa polvorienta.
Un cajón lleno de ungüentos, mayormente medicinales.
Laiken había guardado pocas pertenencias en su dormitorio.
En la planta inferior, en el taller, ya lo habían registrado todo cuando buscaban los hechizos, pero volvieron a revisar cada cajón y examinar hasta el último tarro y frasco.
—Lo más probable es que esté en el invernadero —admitió Terlu.
Tenía la esperanza de que fuera más fácil, pero el invernadero era un lugar mucho más lógico donde poner los ingredientes que en el taller, puesto que estaba más cerca de la zona donde debía tener efecto el hechizo.
¿Cómo iban, sin embargo, a buscar en todos los invernaderos?
Era una tarea titánica. ¡Ni siquiera había podido visitar todas las salas!
No podemos hacerlo nosotros solos .
No lo dijo en voz alta. A Yarrow no le iba a gustar ni un pelo lo que quería proponerle.
Ambos se pusieron los abrigos.
Yarrow abrió la puerta y se quedó paralizado. Fuera, su hermana, Rowan, se alejaba del muelle con su esposa. Ambrel sostenía una caña de pescar sobre un hombro y Rowan llevaba un cubo presuntamente lleno de pescado.
Yarrow suspiró sonoramente.
—La búsqueda terminará antes si contamos con ayuda.
Terlu lo miró pasmada.
—Sí, pero… ¿Eres tú quien lo propone?
—Lo sé, lo sé.
—¿Quieres que hable yo? —se ofreció Terlu.
—¡Sí! —dijo con una exhalación cargada de alivio—. Pero… vendré contigo.
Ella lo tomó de la mano y salieron del taller. Acto seguido, se apresuró hacia Rowan y Ambrel.
—¡Eh, esperad, por favor! —les gritó Terlu—. Necesito… ¡necesitamos vuestra ayuda!