Capítulo veintinueve
E n la cama al lado de la ventana de la casa de Yarrow, Terlu se acurrucó con el cuaderno, un fajo de papales para que pudiera tomar notas y un lápiz de carbón, bien envuelto en una tira de trapo para mantener los dedos limpios.
Yarrow había regresado al invernadero para ayudar a realojar la flora cantarina, mientras ella descifraba las páginas.
En el último cuaderno, el código de Laiken se tornaba más complejo todavía.
No solo usaba su libro de código, sino que además escribía al revés. Iba a sudar tinta para traducirlo.
Se puso a ello.
Fuera, el atardecer teñía el cielo de tonos rosas y ambarinos por encima de las copas de los pinos. El viento soplaba con suavidad por entre las ramas y levantaba remolinos de nieve. El fuego chisporroteaba en el hogar. Oyó algo que rascó la puerta y un maullido.
Dejó las notas sobre el escritorio de Yarrow y fue a abrir la puerta. Emeral entró con paso alegre.
—Buenas, señor —lo saludó Terlu—. Bienvenido a casa después de su última aventura. —Le llenó el cuenco del agua.
Se le enroscó alrededor de los tobillos y le maulló para pedirle la cena, a pesar del enorme pescado que sabía que se había comido antes, y ella cedió y le dio una porción de urogallo asado que había en el armarito frío. Mientras el felino comía, ella regresó a la cama y retomó el trabajo.
Después de devorar el urogallo, voló hasta la cama, removió la colcha y se acomodó al lado de Terlu. Ella le mostró la página que estaba leyendo.
—En este pasaje, ¿qué crees que significa «isador»?
¿Actúa como un verbo aislado o…? No, espera, es un auxiliar.
Mira aquí, esta palabra… Sí, normalmente significa crecimiento, pero tiene una fuerte connotación a tiempo finito.
—Solo había visto aquella combinación una vez antes, en un poema en el que el escritor se despedía de su amante fallecida.
A menudo se interpretaba como una metáfora del envejecimiento en la que se lamentaba la pérdida de la juventud—.
Pero creo que una traducción literal en este caso es más adecuada por el hecho de que el hechicero murió.
No que fuera consciente de que se iba a morir, eso fue un accidente, pero creo que estaba sintiendo su propia mortalidad.
—¿Rr-iau? —dijo Emeral.
—Sabía que se iba a morir algún día. Sinceramente, creo que estaba demasiado preocupado por su propia muerte, dado que no estaba enfermo ni herido.
Si lo estaba interpretando correctamente, había estado trabajando en un hechizo que tendría efecto después de su muerte. Bueno, eso ha ocurrido . ¿Qué era lo que él quería que fuese su legado?
Se abrió la puerta, entró Yarrow, se sacudió la nieve de las botas y colgó el abrigo y la bufanda en un gancho.
—La temperatura está bajando. Va a ser una noche fría.
—Mmm.
—¿Has comido?
—Mmmmm.
—Voy a preparar algo.
Terlu levantó la mirada.
—Estaba trabajando en un hechizo que se activaría tras su muerte. ¿Pasó algo inusual en la isla o en los invernaderos cuando murió?
Yarrow añadió más leña al fuego y las llamas crepitaron agradecidas.
—No, que yo sepa. De hecho, esa es una de las cosas en las que recuerdo haberme fijado, que todo seguía tan normal.
El hombre maravilloso que había creado un milagro tras otro, que le había dado forma a todas estas vidas, que había creado su propio mundo…
murió de una forma tan corriente, fortuita y sin sentido.
—¿Cuándo colapsó el primer invernadero? ¿Fue mucho después de su muerte?
Yarrow lo meditó durante unos segundos.
—¿Un par de meses después?
Terlu miró el cuaderno con el ceño fruncido. Vale, quizá su último hechizo no guardaba relación con los fallos. Tal vez no había tenido la oportunidad de finalizar y activar el hechizo, sea el que fuere.
—Pero el primer fallo pudo ocurrir antes —añadió Yarrow—. Los dos meses fue cuando lo descubrimos.
—Mmm. —Terlu siguió traduciendo las páginas, garabateaba diferentes opciones en sus notas y escribía la traducción en los márgenes del cuaderno cuando estaba segura de que era correcta.
Iba con mucho cuidado de no marcar nada del texto de Laiken, por si acaso cambiaba de opinión en una segunda lectura.
Mientras trabajaba, Yarrow cocinaba. Tenía dos filetes de pescado que puso sobre una sartén encima del fuego.
Los aderezó con hierbas aromáticas, sal y pimienta, y le añadió arándanos rojos.
Le llegó el aroma que inundaba la casita mientras la mantequilla crepitaba alrededor del pescado.
Yarrow canturreaba en voz baja, lo que producía una calmante música de fondo mientras ella leía.
Cuando terminó de cocinar el pescado, le llevó uno de los filetes en un plato.
—Ay, puedo venir a la mesa. —Se llevó el cuaderno consigo.
Yarrow le colocó el plato delante sobre la mesa y se sentó en la silla de enfrente con su propio filete.
Terlu ignoró el pescado y no dejó de leer—.
Creo que añadió algunas cosas sin sentido en mitad de esa página solo para despistar a cualquiera que quisiera traducirlo.
O hay algún código extra… Pero creo que no se trata más que de un puñado de sandeces.
—Sería algo típico de él.
—¿Quién se pensaba que le iba a robar su trabajo?
—Todo el mundo. Al final, no confiaba en nadie. Papá sospechaba que estaba a punto de despacharnos y dejar a Belde sin jardineros. Si no hubiese muerto…
Terlu levantó los ojos del cuaderno.
—¿Te habrías marchado?
Yarrow dio un sorbo al agua antes de contestar.
—No sé si habría tenido otra opción, si eso hubiese ocurrido. Este era el invernadero de Laiken.
—Ahora es tuyo. —Terlu quiso saber si en algún punto dejaría de pensar que los jardines seguían perteneciendo a Laiken. La sombra del fantasma de Laiken se alargaba más allá de su torre, al menos metafóricamente hablando. Literalmente, parecía estar confinada, algo por lo que estaba muy agradecida.
Se encogió de hombros.
—Supongo. Sí. No dejó ningún heredero, a menos que puedas encontrar algún registro.
Por ley, lo hereda quienquiera que habite y cuide del lugar, que sería yo.
Y las plantas. —Un amago de sonrisa le surcó los labios—.
A Laiken se le abrirían las carnes si supiera que un jardinero ha heredado su invernadero.
Tenía para nosotros la misma consideración que con una pala o una abeja, para él éramos una herramienta para que sus jardines siguieran con vida.
En una de sus cartas, mi hermana me preguntó si me había quedado aquí únicamente para sacarlo de quicio… Quizá fue así, en parte.
Tiene razón . Laiken no quería que nadie heredara este sitio. El hechicero había despachado a todos los habitantes de la isla menos dos, y había inducido el sueño en las plantas sintientes, su intención era dejar la isla completamente inhabitada.
—Creo que quería aislar el invernadero del resto del mundo. —Terlu le mostró un pasaje en la octava página del cuaderno—. Aquí estaba experimentando con algunas variaciones de la palabra que significa «proteger», que también se usa en el hechizo de burbuja.
—Cómete el pescado antes de que se enfríe.
Emeral se acercó tranquilamente a la mesa y serpenteó por entre las piernas de Terlu y Yarrow.
—O antes de que el gato se lo coma.
Dejó el cuaderno a una distancia prudencial de la comida y le dio un bocado al pescado.
Cerró los ojos y paladeó su sabor suave y fresco.
No tenía un gusto fuerte a pescado para nada.
Tenía una combinación de salado y dulce, con el ligero toque ácido que aportaban los arándanos rojos.
Abrió los ojos y vio que él la estaba mirando.
—Perfecto.
Yarrow sonrió.
Comieron juntos.
Le dio un trozo a Emeral por debajo de la mesa. Terlu miró al gato con las cejas enarcadas.
—¿Cómo puede ser que todavía tengas hambre?
Con aire engreído, el gato regresó al hogar, se aovilló cerca del fuego y se dispuso a limpiarse el pelaje y las plumas.
Era agradable comer juntos, a sabiendas de que cada uno estaba inmerso en sus propios pensamientos y que esos pensamientos se entrelazaban.
Terlu no se estaba preguntando qué pensaba él de ella, o qué quería de ella.
En cuanto terminó de comer, se levantó para limpiar el plato, pero él se lo impidió.
—Lee. Yo limpio.
Volvió a acurrucarse bajo la colcha con el cuaderno.
Cuando él hubo terminado, se sentó a su lado con el libro sobre las orquídeas. Le acercó una lámpara y la colocó para que su luz le cayera en el regazo.
—Dime cómo puedo ayudarte.
—Ya me estás ayudando.
Sonrió otra vez y abrió el libro por el capítulo seis, donde había dejado un marcapáginas.
Leyeron uno al lado del otro mientras la noche se aposentaba sobre el bosque y el invernadero. A lo lejos, oyó el sonido de unas voces que se elevaban y atenuaban. Un búho ululó.
Se le empezaron a acalambrar los dedos y sacudió la mano.
Yarrow se los cubrió con la mano y le masajeó la palma. Terlu dejó que le acariciara la base de cada dedo, el dorso de la mano y la muñeca.
—¿Mejor?
—Sí.
Terlu siguió leyendo hasta que le dolieron los ojos y pestañeó con fuerza. Contuvo un bostezo.
—Me falta poco —dijo ella—. Debería…
—Puedes dormir. Nadie te va a culpar.
—Pero no sabemos cuándo colapsará el siguiente invernadero.
—Por primera vez, hemos sido capaces de salvar casi todas las plantas antes de que se desplomara la temperatura. Lo volveremos a hacer si es necesario. Tienes tiempo. Puedes dormir.
Quizá tuviera razón.
Dejó el cuaderno y el fajo de notas sobre el escritorio cerca de las camas. Él levantó la colcha y ella se metió debajo para acurrucarse a su lado. Yarrow le pasó el brazo por encima.
El gato alado voló del hogar a la cama y se acomodó hecho una bola en el espacio que quedaba entre sus cuerpos. Durmieron así juntos los tres.
Terlu no había dormido nunca tan profunda y plácidamente.
Se despertó al alba.
Saltó de la cama tan rápido que Yarrow se incorporó de golpe y Emeral echó a volar con un bufido.
—¿Estás bien? —preguntó Yarrow.
Terlu pasó las páginas hasta casi el final del libro. Apretó el dedo en una frase.