Capítulo veintiocho #3
—¿Y qué importa? Nos dio la espalda. A todos.
Dedicamos todas nuestras vidas a este lugar, a la expectativa de en lo que se podía convertir.
Creíamos que era importante, que era algo más trascendental que nosotros.
Pero para él… no era más que un juguete.
Un juguete que tiró cuando se cansó de jugar con él.
—Yo no soy un mero juguete —protestó Lotti.
—Claro que no —dijo Terlu con vehemencia—. Eres mucho más de lo que cualquiera te ha hecho creer que eres. —Deseaba poder insertar esas palabras en el centro del corazoncito de la rosa, para que se las creyera. Se merecía mucho más de lo que el hechicero le había dado.
—Me creó por amor —insistió Lotti—. Me quería.
Nos quería a todos. Simplemente… le asustaba tanto el poder perdernos que se desvió del camino.
—Giró sobre sí misma para que su flor recorriera toda la habitación—.
Pero estamos vivos. Estamos despiertos. Dendy.
Risa. Amina. Tirna. Nif. Zyndia. Estamos todos vivos y bien, y queremos seguir así. ¿Nos ayudarás?
Una brisa recorrió la habitación y las cortinas ondularon.
No había ninguna ventana abierta por la que se hubiese podido colar el viento.
—¿Creo que eso ha sido una afirmación? —inquirió Lotti.
—Pregúntale si hay algún enemigo provocando los fallos —le sugirió Birch.
Yarrow negó con la cabeza, pero guardó silencio.
Lotti repitió la pregunta y alzó los pétalos.
—No.
—¿Lo ves? —le susurró Yarrow a su padre—. Te lo dije.
Terlu quería preguntarle a Lotti cómo podía estar tan segura de la respuesta, pero no quería romper la débil conexión que el fantasma y la planta habían establecido. Intentó la siguiente pregunta:
—¿Los invernaderos están fallando porque los hechizos son antiguos? —Aquella era la teoría original que compartían ella y Yarrow. Era lógico y, si era así, la solución consistía en subsanar los fallos, a ser posible antes de que se produjeran. Reemplazar los hechizos.
El viento sopló en el dormitorio, en dirección contraria a las agujas del reloj.
—No —tradujo Lotti.
¿No?
Terlu intentó ser más específica:
—¿Están fallando porque los ingredientes del hechizo se han degradado o dañado?
—No.
Terlu quiso retomar la idea de que hubiera un enemigo, pero ya le había dicho que no a eso.
—¿Es un hechizo en concreto el que está causando los fallos?
—Sí.
¿Sí? Pero ¿qué tipo de hechizo…? ¿Por qué? ¿Y quién lo había conjurado? ¿Qué objetivo tenía un hechizo así? Y si no lo había lanzado un enemigo, entonces ¿quién era el perpetrador? Negó con la cabeza. Aquello no tenía ni pies ni cabeza.
—¿Se supone que el hechizo debe destruir los invernaderos?
Todos contuvieron la respiración.
—No —respondió Lotti.
Un hechizo defectuoso. Ah, eso sí tenía sentido.
—Pero ¿qué…? —No, era una pregunta demasiado compleja—. ¿Es un hechizo suyo?
Silencio.
—Sí —dijo Lotti transcurridos unos segundos.
—¿Es un hechizo nuevo o antiguo? —preguntó Terlu.
Acto seguido se dio cuenta de que no podía responderle a eso—.
¿Un hechizo antiguo? —No. Ajá, así que no es que uno de los hechizos de creación haya salido mal —.
¿Un hechizo nuevo? —Sí—. ¿Se conjuró después de tu muerte?
—No. Pues claro que no, qué pregunta más absurda , se riñó a sí misma—.
¿Un hechizo que lanzaste antes de morir?
—Sí—. ¿Un hechizo nuevo con el que estabas experimentando cuando moriste? —Otra vez sí.
Le vino a la mente el cuaderno que había encontrado en la mesita de noche.
—¿Guardabas las anotaciones en el diario que estaba al lado de tu cama?
—Ese no lo había leído. Era demasiado reciente, y había estado buscando los hechizos de la creación inicial del invernadero, para poder recrearlos.
Pero si había conjurado un hechizo defectuoso y había muerto antes de tener la oportunidad de arreglarlo…
—Sí —confirmó Lotti.
Terlu exhaló. Sí . Tenía en su posesión el libro que albergaba las respuestas.
—Gracias, Lotti —dijo fervientemente—. Gracias, Laiken. —Sabía por dónde empezar. Bajó los escalones de dos en dos. Oyó vagamente los pasos de Yarrow y de Birch detrás de ella.
—¿Qué más da? Ahora sabemos qué es lo que está ocurriendo, pero ¿qué se supone que debemos hacer con esta información? —le preguntó Birch a Yarrow—. Tu chica… No es una hechicera, ¿verdad?
Terlu se detuvo en mitad de las escaleras y prestó atención a la respuesta de Yarrow.
—Es una chica increíble —respondió este.
—Ah —terció Birch. No hizo más preguntas.
La cabeza le bullía de esperanza, y Terlu continuó bajando y cruzó el taller. Recogió su abrigo y se lo puso. Sabía exactamente dónde se encontraba el cuaderno: en la casita de Yarrow, sobre el escritorio junto con el libro sobre el cuidado de las orquídeas.
Yarrow la alcanzó. Todavía llevaba puesto su propio abrigo.
—¿Cómo te puedo ayudar?
A Terlu se le fundía el corazón cuando le preguntaba algo así.
—Todavía no lo sé.
—Buena suerte —le dijo y la besó, delante de su padre, Lotti y posiblemente el fantasma de Laiken. Cuando la soltó, Terlu se sintió como si pudiera escalar montañas, nadar océanos y, sin atisbo de duda, salvar el invernadero de Belde.