Capítulo veintiocho #2
—Te equivocas —lo contradijo Yarrow—. Quería que duraran para siempre. De hecho, esa era su mayor preocupación. —Se giró hacia Terlu—. Has estudiado los hechizos. Dile a mi padre que se trata del paso del tiempo y del desgaste.
Terlu se quedó petrificada. No le había contado a ninguno de los familiares de Yarrow que había estado estudiando los hechizos de Laiken.
¿Y si Birch le preguntaba por qué los había analizado?
¿Y si relacionaba las actividades de las plantas con ella?
¿Qué diría cuando se diera cuenta de que había quebrantado la ley?
Pero Birch ni siquiera la miró. Estaba demasiado ocupado mirando a Yarrow con ojos que echaban chispas, con las espesas cejas tan bajas que casi le tapaban los ojos.
¿A lo mejor no le importa que haya conjurado los hechizos?
O quizá estaba demasiado distraído como para que le importara, pero más tarde repararía en ello, cuando tuviera la oportunidad de cavilarlo.
—La isla está maldita —insistió Birch—. Jamás deberíamos haber vuelto y tú tendrías que haber venido con nosotros.
—No hay ninguna maldición —aseveró Yarrow.
Elucubrando sobre ello, Terlu frunció el ceño con la mirada fija en la puerta del invernadero moribundo.
De hecho, eso daría explicación a algunas cosas , pensó.
La aleatoriedad y lo repentino de los colapsos, por ejemplo .
¿Y si había un hechizo cuyo objetivo fuera causar los fallos?
De ser así, no importaba el número de invernaderos que arreglaran, seguirían fallando.
—Ni ningún hechicero rival —añadió Yarrow con cabezonería.
Terlu no había visto ningún indicio de que los hechizos no tuvieran todos su origen en Laiken.
Pero no podía quitarse de encima la idea de que los fallos eran algo deliberado.
Desconocía por qué alguien querría hacer algo así, pero era una posibilidad.
Por supuesto, había una persona que lo sabría. O, mejor dicho, que lo sabía seguro.
—Y yo digo que es… —empezó a decir Birch.
—Tengo que hablar con el fantasma —dijo Terlu tras interponerse entre Birch y Yarrow.
Yarrow dejó de mirar a su padre con mala cara y miró a Terlu con expresión pasmada.
—¿Qué?
—Para hacerlo, necesito vuestra ayuda —añadió Terlu—. Laiken no me conoce. Sé que ninguno de los dos quiere tener nada que ver con él, pero puede que me pueda dar respuestas, y será más proclive a escuchar a uno de sus jardineros que a mí.
Yarrow negó con la cabeza.
—Sus jardineros le traían al fresco —adujo Yarrow.
—No se le daba bien el trato con las personas —convino su padre.
Terlu notó que algo le tocaba el pie.
—¡Llévame a mí! —le pidió Lotti—. Si Laiken está allí, ni que sea una porción de él… quiero hablarle. A mí me escuchará. Creo.
Puede que tenga razón . Lotti alzó las hojas y Terlu se agachó para levantarla. Cerró los pétalos y la rosa envolvió su cepellón con las hojas.
—Venid con nosotras —le suplicó Terlu a los dos hombres.
Esperaba que empezaran a discutir o que se deshicieran en excusas, sin embargo, Yarrow se limitó a asentir. Con un suspiro, Birch asintió también.
Mientras que los demás jardineros y plantas sintientes reorganizaban las plantas cantarinas y evaluaban lo que había sobrevivido —esa vez habían logrado salvar casi todas las plantas, por fortuna— Terlu salió del invernadero acompañada de la rosa reviviscente, Yarrow y su padre.
De vuelta en la torre del hechicero, Terlu, con Lotti en brazos, subió las escaleras primera, seguida de Yarrow y Birch. Habían dejado de discutir y se habían sumido en un silencio cargado de ira, algo que ella no opinaba que fuera una mejora, pero al menos habían accedido a acompañarla.
Dejó a Lotti sobre la mesita de noche.
—¿Puedes percibirlo?
Lotti meneó sus pétalos y hojas al aire.
—¿Laiken? ¿Estás aquí? ¿Papá?
Terlu se cuestionó si no debía dejar a la rosa a solas con él.
Pero no, tenía preguntas importantes que hacerle.
O al menos que quería intentar hacerle. No había ninguna garantía de que un fantasma fuera a comprender lo que le decía un ser vivo; dependía de cuánto de su esencia todavía vagaba por el mundo.
Se estremeció.
¿Era por él, por el aire frío o por las sombras que bailaban en la pared?
—Si está aquí, sus plantas lo necesitan —dijo Terlu.
—¿Por qué…? No, no estamos aquí para preguntar eso —se corrigió Lotti. Dobló sus pétalos como si le estuviera suplicando a un juez—. Necesitamos tu ayuda. Tus hijos te necesitan. Estamos despiertos, como bien puedes ver, pero los invernaderos están colapsando. ¿Puedes ayudarnos a impedirlo?
Las ventanas traquetearon.
—¿Es el viento o el fantasma? —susurró Terlu.
—El viento —respondió Birch con los brazos cruzados. Tenía el ceño muy fruncido, con un aspecto más parecido al de un oso que Yarrow—. Le da igual.
Otra ráfaga y se removieron las sábanas de la cama.
—¿No es así, Laiken? —preguntó Birch alzando la voz—. No te importa nada ni nadie. No te importan los jardines… Los fabricaste únicamente para sentirte poderoso. No te importaba tu hija… solo querías controlarla.
Conocía a la hija , supuso Terlu. Dendy le había dicho que había muerto antes de que naciera Yarrow, pero Birch y los demás jardineros de más edad tal vez la conocieron en persona.
Habían visto cómo se desarrollaba la tragedia, y habían presenciado cómo la paranoia consumía a Laiken y no habían podido hacer nada para evitarlo.
Estaban presentes cuando forzó a las plantas a hibernar y cuando obligó a todos sus entregados jardineros a abandonar sus trabajos y sus hogares.
—Silencio —le gruñó Yarrow—. Lo harás enfadar.
Birch resopló.