Capítulo veintiocho
L as plantas encantadas seguían cantando mientras su mundo se desmoronaba a su alrededor.
Terlu pasó por al lado de uno de los primos de Yarrow que estaba sacando con una carretilla un tiesto en el que se alzaba un arbusto florecido que cantaba a pleno pulmón una melodía sin letra con una voz de soprano aguda.
Tras examinar el invernadero, Terlu localizó a Yarrow en el centro, cavando en las raíces de un tulípero con su padre al lado.
Ninguno de los dos hablaba, ambos estaban concentrados en la tarea que tenían entre manos.
El tulípero canturreaba con voz de barítono.
Lotti estaba subida a las vigas y daba instrucciones a voz en grito a los jardineros y plantas sintientes que se agolpaban por debajo de ella.
Todo el mundo se movía a la máxima velocidad y trabajaban codo con codo para desenterrar los árboles cantarines y arrastrar los tiestos con flores hacia un invernadero seguro antes de que la temperatura se disparara.
Ya se habían desalojado la mitad de los tiestos, una hazaña extraordinaria.
—Lotti, ¿puedes ver por dónde ha empezado? —le preguntó Terlu.
—¿Qué?
—¿Por dónde ha empezado a colapsar? —insistió en voz más alta.
Sabía que debía ayudar a cavar y sacar las plantas, pero si podía ubicar la causa…
No podía evitar que aquel invernadero en concreto no se muriera, pero quizá saber la fuente podía ayudarla a predecir qué invernadero sería el siguiente en caer.
Si podía predecirlo con cierta precisión, podrían transportar las plantas a un lugar seguro de forma preventiva.
Valía la pena gastar un poco de tiempo en eso, aunque cada segundo del que disponían valiera oro.
—Las primeeeras grietas empezaron en la pared eeeste —dijo Dendy mientras le pasaba por al lado, impulsando su cepellón con las hojas. Usó uno de los zarcillos para señalar en esa dirección.
Terlu se apresuró hacia la pared de cristal este, donde las grietas no paraban de expandirse.
Cada nueva fisura sonaba como un bofetón.
Amontonadas a lo largo del cristal, varias plantas parlantes —le hiedra, la orquídea y el sardonia— estaban lanzando el hechizo para reparar las grietas tan rápido como podían.
Eso no nos ayudará si la temperatura fluctúa como hizo la última vez .
Pero estaba bien que lo intentaran.
—Lo que no tiene sentido es que todos los hechizos fallen a la vez —dijo Terlu, más que nada para sí misma.
Tenía que ser que cuando uno fallaba los demás lo seguían en cadena, no que, por casualidad, todos fallaran simultáneamente.
Todos los hechizos que habían creado los invernaderos estaban conectados los unos a los otros, como había descubierto cuando había intentado escindirlos, lo que significaba que tenía que ser un fallo en cascada, ¿no?
Entonces, si era capaz de detener la primera alteración…
Se agachó y resiguió las grietas con la mirada desde el suelo hacia arriba.
¿Qué causaba el desajuste? Había pensado que se trataba simplemente de la degradación de los ingredientes.
No obstante, si ese fuera el caso los invernaderos tendrían que estar colapsando en el orden en el que fueron creados, pero no era así.
Sabía a ciencia cierta que aquel invernadero era uno de los más recientes.
Según las fechas inscritas en los cuadernos, Laiken solo había experimentado con las plantas cantarinas mucho después de haber recolectado plantones de todas las regiones de las Islas Crecientes.
Los primeros invernaderos eran simples reproducciones de los entornos de las demás islas.
De hecho, en los iniciales se cosechaban hortalizas, y la mayoría no había mostrado ninguna señal de colapso todavía.
Entonces ¿por qué fallaba aquel invernadero? ¿Y por qué en ese preciso momento?
¿Era algo aleatorio o había una razón? Pensó en el fantasma de Laiken y se preguntó si tendría alguna idea de qué estaba causando aquello.
Tengo que hallar la manera de preguntárselo .
Tenía que evitar que siguiera ocurriendo.
No importaba que hubiese descifrado su código o el número de hechizos que hubiese descubierto si todo se iba a destruir en un instante catastrófico.
A su alrededor, el caos se arremolinaba mientras las personas y las plantas corrían y gritaban, pero ella se aisló de todo.
Trabajando sola, siguió las grietas hasta su origen.
Todas empezaban desde los cimientos y se extendían hacia arriba.
¿Por qué? ¿Qué significa esto? ¿Podía ser que, de alguna manera, el fallo procediera de la tierra?
¿Había enterrado Laiken los ingredientes?
Sabía por la información de los cuadernos que no era así.
Los había posicionado al aire libre, para que su radio de acción fuera más amplio —había señalado específicamente que había descubierto que eso era necesario.
Así que, ¿por qué motivo todas las grietas empezaban en el suelo?
¿Por qué no en la cúpula, que tenía que aguantar el embate del viento, la lluvia y la nieve?
¿Por qué no las juntas de las ventanas, que debían de ser el punto más débil?
Una de las plantas sintientes pidió ayuda a gritos.
Las preguntas pueden esperar, ahora toca salvar las plantas .
Terlu dejó a un lado sus cávalas y se apresuró hacia donde estaban los demás.
Yarrow le pasó una pala y empezó a cavar alrededor de las raíces de un seto en flor para apartar la tierra de los suaves tallos desnudos que había debajo de la planta.
Las flores canturreaban en clave menor, acompañadas por arpegios parecidos a lamentos.
—¡Viene el frío! —aulló Lotti desde las vigas.
Terlu levantó la mirada y vio que la escarcha empezaba a expandirse por el cristal agrietado.
Se propagaba en formas parecidas a flores y los pilares y las vigas se cubrieron de hielo.
Las hojas del arbusto que tenía delante se secaron y las flores cayeron al suelo hechas unos montoncitos marrones marchitos.
Su melodía se fue acallando hasta ser un leve susurro que finalmente enmudeció.
Ay, no, ya está ocurriendo . Albergaba la esperanza de que tuvieran más tiempo…
—¡Llevaos lo que podáis y salid de aquí ya! —gritó Yarrow.
Las plantas sintientes, que ya habían pasado por aquello, salieron disparadas hacia la puerta. Los humanos iban más lentos, pero Yarrow abandonó las raíces del árbol cantarín que estaba desenterrando y se dedicó a arrastrar a sus familiares fuera de la sala.
Su padre siguió peleándose con las raíces del tulípero.
—Déjelo —le dijo Terlu—. La temperatura se desplomará demasiado rápido. Usted también morirá.
—Ayúdame —le pidió Birch.
Terlu cavó entre las raíces con la pala de jardinería, cortándolas a golpes ; mejor una planta herida que una muerta .
El árbol empezó a cantar más alto, con una especie de lamento agudo, mientras sus pétalos se marchitaban y se convertían en cascarones marrones.
El suave aroma floral se transformó en un olor medicinal, el hedor de la descomposición.
Yarrow regresó y entre los tres arrancaron el árbol. Lo arrastraron tirando de las ramas y cruzaron la puerta. Yarrow la cerró de un golpe. Se volvió hacia su padre quien, sin el bastón, se apoyaba contra un pilar.
—¿En qué estabas pensando? —estalló Yarrow—. ¡He ordenado que salierais!
—No podía abandonarlo —contestó Birch. Uno de los primos le pasó su bastón y él lo aferró—. Te abandoné una vez. No pienso volver a hacerlo.
—Tu corazón…
—Está bien.
Uno de los demás profirió un grito ahogado, y dejaron de discutir para mirar hacia la puerta. La escarcha cubrió el cristal y, un segundo después, se deshizo. Terlu se dejó caer al suelo entre jadeos.
—Hechicería maligna —dijo Birch.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Terlu al tiempo que levantaba la mirada.
El anciano hizo un gesto con la mano hacia la puerta.
—Esto no es natural.
Bueno, claro que no lo era. Ninguno de los invernaderos de Belde eran naturales.
—Creo que es un fallo en cascada —dijo Terlu—, que se origina desde un único punto débil…
—No tenemos ninguna prueba de que sea obra de un enemigo —intervino Yarrow, hablándole a su padre.
Fulminaba con la mirada a Birch y tenía los puños apretados a los costados—.
He estado aquí más tiempo que tú y, desde que te marchaste, no ha habido ni una sola alma que ponga un pie en Belde desde que…
Terlu se levantó.
—Espera, ¿qué enemigo? ¿De qué estáis hablando?
—Es una de las muchas cosas en las que no estábamos de acuerdo —contestó Birch.
Apoyaba todo el peso del cuerpo en el bastón y se dio cuenta de que le temblaban los músculos.
Se había exigido demasiado y demasiado rápido.
Terlu miró alrededor para ver si había alguna silla para que se sentara, pero el anciano no daba el brazo a torcer.
Sin dejar de temblar, le devolvía la mirada a su hijo con la misma expresión de pocos amigos—.
Creo que los fallos no son naturales. Están causados por un hechizo, lanzado por un hechicero rival.
—Y yo digo que no hay ningún hechicero rival —le espetó Yarrow—. ¿Cómo va a haber uno? Laiken no hablaba con nadie y solo estamos nosotros en la isla. Simplemente los viejos hechizos se están deteriorando. Nada más. Entropía, un fenómeno natural. Si podemos revitalizar los hechizos…
—Seguirán fallando. —Birch golpeó el suelo con el bastón para darle énfasis a la afirmación—.
Escúchame, hay algo podrido en el corazón de esta isla.
Pongamos que tienes razón y no hay ningún hechicero rival.
Solo Laiken. Aun así, no significa que sea natural.
Podría ser culpa suya… podría haber saboteado su propia creación.
No quería que los invernaderos perecieran después de él y se aseguró de que murieran.