El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo veintisiete #3
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Capítulo veintisiete #3

—Por decisión propia —rebatió Rowan. Entonces sostuvo la mano en el aire—. Lo sé, lo sé, él podría decir que fue decisión mía marcharme. Yo puedo perdonarlo si él también está dispuesto a hacerlo. Pero tiene que hablar con nosotros.

—Dale tiempo —le suplicó Terlu.

—Jum —refunfuñó Rowan.

Ambrel tiró de ella hacia la puerta.

—Venga, vamos.

Tras seguirlas hasta el umbral, Terlu les preguntó:

—Solo por curiosidad, ¿qué piensa el fantasma de Laiken sobre esto… sobre que hayáis vuelto todos? —Le parecía raro hablar sobre un fantasma, sobre todo el fantasma de un hechicero de un inmenso poder, como si fuera algo de lo más común.

Rowan se encogió de hombros y se enrolló la bufanda al cuello.

—Ni lo sé ni me importa. Ya ha causado suficientes problemas. Creo que ya no tiene ni voz ni voto. —Se despidió con un gesto de la mano mientras salía fuera con Ambrel y el resto de tartas de miel.

Emeral se coló por la puerta abierta mientras se marchaban. Llevaba un pez en la boca. Lo dejó al lado del hogar y ronroneó mientras se echaba para mordisquearlo.

—Disfruta —le dijo Terlu al gato alado.

Aliviada por estar por fin a solas —algo que era, pensó, una sensación nueva, teniendo en cuenta lo mucho que odiaba la soledad— sacó uno de los libros de la estantería y empezó a hojearlo.

No estaba segura de qué esperaba encontrar.

¿Un tratado que versara exactamente sobre la información que necesitaba?

¿Cómo había resuelto Laiken el problema de fabricar una burbujea permeable para los humanos y el aire pero que mantuviera la temperatura interna?

Debía de haberlo conseguido, porque se repetía en todos los invernaderos. Ojalá pudiera preguntárselo.

Miró las escaleras y se preguntó si podía. Jamás se había cruzado con un fantasma antes. ¿Cuánto recordaban de quiénes habían sido y de lo que en su día sabían? ¿Y hasta dónde estaban dispuestos a comunicarse con los vivos?

Para descubrirlo solo tengo que subir las escaleras .

Si podía comunicarse con él y si él se mostraba cooperativo, podía reducir el tiempo de investigación significativamente. Quizá incluso podía ser la clave para salvar el invernadero. O tal vez solo estaba esperando un milagro.

Dejó el cuaderno abierto sobre el escritorio y subió por las angostas y retorcidas escaleras.

Sintió un frío que la invadía y no sabía si era por la presencia fantasmal o por estar más lejos de la estufa.

¿No se suponía que el calor subía? Debería tener menos frío arriba, sin embargo, el ambiente era lúgubre y apagado.

Un fantasma le quedaba que ni pintado. Se estremeció y se abrazó el cuerpo mientras miraba a su alrededor.

Los familiares de Yarrow habían esparcido sus pertenencias por el piso superior también —montones de ropa sobre la cama, un cepillo sobre la cómoda, una pequeña estatua de un grifo sobre la mesita de noche— pero, aun así, de algún modo, seguía irradiando un aura gris y hostil.

Reparó en que nadie había dormido en la cama, lo que le resultó extraño.

Laiken ya no la necesitaba y habían pasado años desde su muerte.

Habría dado por sentado que la practicidad prevalecería sobre el sentimentalismo.

—¿Hechicero Laiken? ¿Está aquí? —preguntó tras acercarse a la cama.

No oyó respuesta alguna ni sintió nada más aparte del frío de la estancia.

—Me llamo Terlu Perna y estoy intentando encontrar los hechizos para salvar su invernadero. La magia está fallando y las plantas se mueren. Si me ayuda…

Oyó un suspiro, como el susurro del viento al mecer las ramas de los árboles.

—¿Hechicero Laiken? —Se volvió hacia la ventana. ¿Había sido el fantasma o el viento? —Solo necesito que me señale dónde puedo obtener las respuestas. ¿Puede hacerlo?

Silencio.

Se empezó a sentir ridícula. O bien no la entendía o bien no le importaba. O no está aquí . Nunca había visto un fantasma y, desde luego, nunca había oído de uno que hubiese contribuido en los estudios académicos de alguien. Si hallaba la manera de comunicarse…

A lo mejor, si subía algunos de los libros…

—Un segundo, vuelvo ahora mismo. —Quizá fuera una pérdida de tiempo, pero estaba segura de haber percibido algún tipo de presencia en el dormitorio. Si conservaba ni que fuera una brizna de su antiguo ser, querría salvar el invernadero, ¿no?

Terlu bajó las escaleras a toda prisa. Si podía indicarle en qué libro debía centrarse…

Antes de que pudiera seleccionar más de unos pocos volúmenes, la puerta del taller se abrió de par en par y Dendy irrumpió en el umbral, desparramando sus hojas por el suelo.

—¡Teeeerlu! ¿Hay aaalguien más aquí?

Corrió hacia él.

—Solo estamos Emeral y yo. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?

—¡Está cooolapsando otro invernadero! He iiido a buscar a todo el mundo paaara que ayuden. —Salió disparado hacia fuera, impulsándose con sus zarcillos.

Terlu dejó los cuadernos sobre la mesa y lo siguió, y tomó el abrigo al pasar junto a él.

—¿Qué sala es? —preguntó a voz en grito mientras perseguía la planta—. ¿A dónde voy?

—El de las floooores cantarinas —respondió Dendy mientras se apresuraba hacia el muelle.