El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo veintisiete #2
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Capítulo veintisiete #2

—Ardió hasta los cimientos. No quedaba nada que abandonar. —Rowan profirió un sonoro suspiro—. Lo siento. Has sido muy amable al darnos la bienvenida. Y perdona por… —hizo un gesto vago con la mano— insistirte con Yarrow. Mi hermano es como es.

—Es vuestro hogar —repuso Terlu—. Claro que sois bienvenidas aquí. —En realidad, era ella la recién llegada. No creía que tuviera nada que decir sobre si regresaban a sus casas o no.

Rowan negó con la cabeza.

—Era nuestra casa, y creo que puede volver a serlo. Pero tú… Tú perteneces aquí, puedo verlo. Te encanta este sitio.

Terlu se preguntó si la había visto fuera mientras meditaba ese mismo pensamiento con la mirada perdida en el horizonte del mar.

Es tan verdadero que incluso puede verlo una mujer a la que acabo de conocer .

Se cuestionó si era igual de obvio lo que sentía por Yarrow.

Jamás se le había dado bien ocultar las emociones; las sentía en cada centímetro de su piel.

Con el rostro ruborizado, dejó el cesto con las tartas de miel que quedaban sobre la mesa de trabajo y se dio la vuelta para echarle un vistazo al taller.

Desde la llegada de los familiares de Yarrow, el taller había sufrido una transformación; una ropa tendida para secarse colgaba de unas cuerdas que atravesaban la habitación.

La mesa estaba llena de pilas de platos acabados de limpiar, así como un montón de lechugas.

Pensó en Yarrow, que quería ver si se podían cosechar.

Por lo visto, uno de sus parientes ya había estado allí.

Se preguntó cómo se iba a sentir al respecto.

Una montaña de setas se alzaba en un cesto metido en el fregadero, que esperaban que los lavaran.

Había mantas, colchas y almohadas por doquier, hasta el último centímetro de espacio disponible del taller se había usado para dormir.

—Mmm, se podría decir que os hemos invadido. Lo lamento —comentó Rowan tras ver cómo Terlu observaba la estancia.

—Pronto nos mudaremos a las casas —dijo Ambrel—. Yo iba a salir ahora a arreglar las chimeneas.

—En la ciudad, Ambrel trabajaba de cerrajera —la informó Rowan—. Sabe mucho sobre chimeneas y forjas. Todo el mundo opina que Ambrel es útil. Y lista. Y preciosa. —Acurrucó la cabeza contra el hombro de su esposa.

—La mayor parte del trabajo que hacía en Alyssium eran elementos ornamentales —le dijo Ambrel a Terlu—.

Pero puedo arreglar goznes, clavos y demás cosas prácticas.

De hecho, a menudo es el tipo de trabajo que más satisfacción me da.

En algún punto conseguiré montar una forja para fabricar todo eso, pero el primer paso es arreglar las chimeneas.

—Por lo que dices, parece que tenéis pensado quedaros aquí —apuntó Terlu.

—Ya había estado buscando la manera de marcharnos de Alyssium antes de que estallara la violencia, así que esto no me supone ningún apuro —dijo Ambrel—.

Venir aquí ha sido más difícil para algunos de los otros que sentían más apego por la vida en la ciudad, pero nosotras nos adaptaremos.

Y si logramos que este sitio sea viable para vivir en él…

Rowan le chistó.

—Eso ya se verá.

—¿El qué se verá? —preguntó Terlu mientras apartaba un montón de ropa doblada para espiar a escondidas los lomos de los cuadernos que había apilados cerca. Si no se marchaban, intentaría llevarse algunos de vuelta a la casa de Yarrow para examinarlos.

Ambrel le lanzó a su esposa una mirada.

—Nosotros no fuimos los únicos que perdimos nuestras casas. Si las cosas en este lugar funcionan, hay algunos amigos a los que nos gustaría invitar para que empezaran una vida nueva aquí.

—Solo si hay recursos en la isla para todos —se afanó a añadir Rowan, tanto para Ambrel como para Terlu—, y no hay ninguna garantía de que pueda, sobre todo si los invernaderos se están muriendo.

No podemos exigir demasiado a Belde. —Se quitó el camisón y se puso una camisa parecida a una túnica—.

Al contrario de lo que piensa el gruñón de mi hermano, nos importa el bienestar de este lugar.

Terlu pensó en cómo se sentiría Yarrow si más gente fuera a vivir a la isla.

Sería bueno si se convirtiera en una comunidad de verdad, ¿no?

Aunque seguía estando el asuntillo de sus hechizos ilegales.

Para arreglar los invernaderos iba a tener que recurrir a mucha magia más.

Y cuantos más desconocidos acudieran, menos seguro sería para ella. No sabía qué esperar.

—Supongo que tendremos que ver qué pasa —dijo en tono despreocupado.

—¿Quieres que distribuyamos el resto de tartas de miel? —se ofreció Ambrel.

—Me harías un gran favor. Gracias. —Sus ojos se desviaron hacia los cuadernos. Si se marchaban, tal vez tendría la oportunidad de hojear algunos…

Rowan se ató una cinta alrededor de las trenzas.

—Si estás buscando una lectura divertida, esos seguro que no. —Señaló los cuadernos con la cabeza.

—Ah, es que… Yarrow me ha pedido que viniera a buscar algunas cosas. Notas. Sus notas. Sobre plantas. Se las… olvidó. —Terlu intentó no poner una mueca al oír lo poco convincente que sonaba. No estaba acostumbrada a mentir sobre libros. O mentir en general, en realidad.

Ambrel tiró del brazo de Rowan.

—Déjala en paz. Tiene cosas que hacer y nosotras también.

¿Lo saben? , se preguntó Terlu. ¿Que he estado conjurando hechizos? Es posible que lo hubiesen sospechado después de ver a las plantas sintientes. Aun así, nadie le había dicho nada todavía.

—Puedes venir a cenar con nosotras si quieres —le propuso Ambrel—. Vix está pescando, así que, con un poco de suerte, podremos ofrecerte una comida decente.

Pues tenía razón, se llamaba Vix.

—Ven con Yarrow si quiere —añadió.

—O tráelo a rastras —intervino Rowan—. No puede seguir evitándonos. O quizá sí. Se le da bien.

—Rowan —la riñó Ambrel.

—Lo siento, pero creía que, como mínimo, habría un reencuentro, si no una disculpa.

Terlu se crispó. ¡Lo estaba intentando! Y había preparado tarta de miel. No importaba que ella también hubiese esperado un reencuentro. No me toca a mí, a Rowan ni a nadie decidir para qué está preparado Yarrow .

—Él fue quien se quedó aquí solo —señaló.