El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo veintisiete
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Capítulo veintisiete

A l alba, Terlu ayudó a Yarrow a preparar más tartas de miel.

Juntos, las metieron en el horno y limpiaron los cuencos y las cucharas uno al lado del otro mientras las tartas se cocían.

Fuera, la nieve era de un blanco impoluto bajo el sol de la mañana.

Un cardenal estaba posado sobre una rama de un pino cercano, su brillante color rojo destacaba contra el blanco y el verde.

Dentro, los únicos sonidos que se oían era el silbido del agua, el chisporroteo del fuego y el ronroneo del gato alado.

Era una calma perfecta, y Terlu jamás se había sentido tan en casa.

—Después de entregar las tartas, quiero pasarme por el taller de Laiken y, si no hay nadie, comprobar los demás cuadernos para ver si hay más pistas sobre el hechizo de escudo —dijo Terlu mientras apartaba la harina.

Él asintió.

—¿Vas a ir con Dendy?

—Está trabajando con las demás plantas para seguir sellando las grietas. —Quería pedirle a Yarrow que la acompañara, pero no tenía ningún motivo racional. Simplemente deseaba su compañía.

—¿Necesitas mi ayuda?

Sí .

—Solo si quieres venir.

—Ah…

—No hace falta. Como quieras.

Le sonrió a modo de agradecimiento.

Vale la pena ir sola solo por esa sonrisa . Le enternecía los ojos y hacía que le flojearan las rodillas. Se apoyó contra la encimera de la cocina para aguantarse.

—Avísame cuando estés lista para volver a probar el hechizo —le dijo Yarrow—.

Estaré en la sala de las hortalizas. Las lechugas ya casi están a punto para cosechar y tengo que quitar las malas hierbas de los parterres de las zanahorias.

—Sacó las tartas del horno, levantó una y comprobó la base dorada.

La casita se llenó del aroma a miel, canela y pan caliente—. Ya están.

Terlu envolvió las tartas recién hechas en servilletas de tela y las guardó en un cesto.

—Emeral, ¿y tú? ¿Quieres venir? A alguien puede que le caiga un pescado fresco.

Emeral se estiró en su cama, que había pasado a ser de uso en exclusiva del gato. Se lamió la pata, se levantó perezosamente, estiró las alas y voló hasta posarse en los hombros de Terlu.

Ella se rio.

—Supongo que sabe la palabra «pescado».

—Gato listo.

Se enrolló alrededor de su cuello y plegó las alas.

—Gato suertudo —murmuró Yarrow.

Ella lo miró a los ojos y Yarrow no apartó la mirada.

Durante un instante, Terlu se preguntó si se atrevería a darle un beso de despedida.

Pero tenía un gato enrollado en el cuello y un cesto lleno de tartas de miel en las manos, y antes de que pudiera decidirse, él se dio la vuelta hacia el fregadero para limpiar los moldes que todavía estaban calientes.

—Yarrow…

—¿Mmm? —Se giró para mirarla.

Terlu olvidó lo que quería decir.

—Nada.

—¿Nos vemos pronto?

—Sí —le prometió ella.

Había estado a punto de arruinarlo todo, y él la había perdonado sin vacilar ni un instante siquiera.

Era tan distinto a todos los demás que había conocido.

En casa, siempre que había cometido un error…

Bueno, no permitían que lo olvidara así como así.

Terlu recordó la primera vez que había intentado cocinar la cena para su familia y no había abierto el tiro de la chimenea.

Había llenado la casa de humo y su familia le prohibió que cocinara durante meses.

Cada vez que entraba en la cocina, la trataban como si fuera a causar un desastre.

Y se habían metido con ella por eso durante años.

Nunca con crueldad, pero aun así le escocía.

Cuando un día le había intentado explicar a su hermana cómo se sentía que nunca confiaran en ella, Cerri le dijo que por poco había quemado la casa y qué esperaba…

Él no me ha culpado .

De hecho, había sido lo contrario. No se había vuelto contra ella cuando las cosas se habían torcido.

No le había echado en cara que hubiese hecho esto o hubiese fracasado en aquello otro.

Se había incluido como parte del equipo, aunque había sido culpa de ella por completo.

¿Quizá era porque había sido culpa de ella?

Yarrow no había querido que sintiera el peso aplastante de la culpabilidad.

No había querido que Terlu dejara de creer que era capaz de conseguirlo.

Se abrochó el abrigo y caminó hacia la mañana de invierno con el cálido gato enrollado en su cuello y un cesto lleno de tartas de miel colgando del brazo.

Se preguntó qué opinión tendría su familia de Yarrow.

Era más callado que ninguno de ellos. Ella había crecido en una familia donde se escuchaba a quien gritara más, así que aprendías a vociferar si querías atraer la atención.

Ninguno de ellos pensó que podría llegar a ser bibliotecaria, a sabiendas de lo mucho que le gustaba tanto hablar como ser escuchada.

Intentó explicarles que había puestos para los bibliotecarios que no eran callados —un puesto importante, el de conectar el conocimiento con la gente que precisaba de él— pero solo concebían a los bibliotecarios como ermitaños silenciosos que miraban por encima del hombro a cualquiera que no estuviera leyendo en silencio.

Rijes Velk lo había comprendido cuando había entrevistado a Terlu para el puesto, así como el bibliotecario a cargo de la segunda planta.

Le prometieron un trabajo en contacto directo con los usuarios.

No podía culpar a nadie de que las leyes cambiaran…

¿Qué leyes han cambiado ahora?

Ojalá supiera qué estaba ocurriendo en Alyssium. ¿Qué le había pasado a la biblioteca? ¿Qué le había pasado a Rijes Velk? ¿Estaba bien? ¿Estaba a salvo? ¿Habían sobrevivido los libros? Tanto conocimiento, tanta historia, tantas biografías.

Al menos la familia de Yarrow estaba a salvo. Y él terminaría hablando con ellos. En algún punto.

Hasta entonces, las tartas de miel son sus palabras .

Cuando se acercó a la casita azul, vio que los familiares de Yarrow habían hecho un progreso significativo.

Uno de sus primos, Percik, estaba subido en el tejado y arreglaba las tejas.

Otro pariente, Finnel, reparaba una ventana mientras que su tía Harvena y su tío Ubri limpiaban el interior.

Tras saludarlos a todos, Terlu les dio las tartas de miel.

Esa vez, fue mucho menos extraño que aquella primera mañana, no había ninguna expectativa de que Yarrow fuera a estar con ella.

Charlaron amistosamente sobre las tartas, el tiempo y el trabajo, antes de que los dejara para que siguieran con sus labores.

Enfiló el camino hacia la torre del hechicero.

Más adelante, oyó las olas estrellándose contra las rocas.

El cielo estaba manchado de nubes, pero el sol se asomaba por entre ellos.

Los pájaros volaban en círculos por encima del muelle y vio que otro de los primos —¿podía ser Vix?

— estaba pescando al final. Tendría que preguntarle el nombre de nuevo para estar segura.

Emeral despegó de su cuello para volar hacia el muelle.

A Terlu no le cabía duda de que, si Vix estaba de suerte, el gato alado disfrutaría de un desayuno excelente. Sus maullidos eran irresistibles.

Se llenó los pulmones de aire marino. Le encantaba el sabor pungente y salado de la brisa mezclado con el aroma a pino. A lo lejos, las aves marinas se graznaban las unas a las otras, y oyó el constante restallido de las olas al estrellarse contra las rocas.

No sabía que era posible quedarse prendada de un lugar en tan poco tiempo.

Terlu subió los escalones, despejados de nieve por la cantidad de gente que había ido y venido en los últimos días.

Al oír voces que procedían del interior del taller, titubeó un instante.

No podría echarle un vistazo a los cuadernos sin que le preguntaran el motivo, lo que suponía que se había dado el paseo en balde.

Por otro lado, podía entregar las tartas de miel.

Llamó a la puerta. Un segundo después la abrió Ambrel.

—¡Ah, buenos días, Terlu! Oh, ¿has traído las tartas de miel de Yarrow? Por favor dale las gracias y dile que me muero de ganas de conocerlo. Sé que técnicamente nos conocimos cuando llegamos todos, pero había tanto caos que no creo que cuente.

—Lo conocerás, y será amigable y hospitalario —intervino Rowan desde detrás de su esposa—. Insistiré. No puede estar esquivándonos para siempre.

Bueno, podría si lo intentara . Había dado el primer paso al acceder a hablar con ellos, pero eso no significaba que estuviera preparado para hacerlo todavía.

—Dudo que forzarlo… —empezó a decir Terlu.

Rowan se inclinó por encima de Ambrel para tirar de Terlu hacia dentro.

—Ven a tomar el desayuno con nosotras y así podemos cuchichear sobre el antisocial de mi hermano.

—Estaba a medio vestir, con un camisón holgado en la parte de arriba y unos pantalones de trabajo en la de abajo.

Llevaba las trenzas negras y doradas sueltas y el pelo se le rizaba alrededor de la cara como unas enredaderas antes de enroscarse en una celosía.

Ambrel ya estaba completamente vestida, con una falda ancha con muchos bolsillos debajo de un pesado delantal de cuero y el pelo recogido bajo un pañuelo.

Un rizo se le había desprendido y le colgaba cerca de la mejilla.

Cuando Rowan le pasó por al lado, le colocó el rizo con cariño debajo del pañuelo antes de preguntarle a Terlu—: ¿Te estás acostando con él?

¿Por eso estás tan dispuesta a hacer la vista gorda con los defectos de mi hermano?

Terlu notó cómo se le encendía la cara. No iba a responder ninguna pregunta sobre su relación con Yarrow.

Ambrel le propinó un manotazo a Rowan en el brazo.

—No seas así. Es del todo inapropiado que la acoses con el tema de Yarrow. Ella no puede controlar si quiere hablar con nosotras o no.

—Solo estaba sacando un tema de conversación —protestó Rowan.

—Echa de menos la floristería —le informó Ambrel a Terlu—. Por eso se pone así.

—Lamento que tuvieras que abandonarla —dijo Terlu.