El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo veintiséis #3
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Capítulo veintiséis #3

El escudo de protección era un hechizo activo, que se mantenía constantemente.

Laiken lo había dejado muy claro en sus anotaciones.

De hecho, la teoría básica que tenía Terlu sobre por qué los invernaderos estaban fallando era que los ingredientes se habían degradado.

Incluso se había planteado intentar reponer los ingredientes más que conjurar de nuevo el hechizo, pero como no sabía dónde había posicionado Laiken los ingredientes originales para cada invernadero…

De todos modos, aquel no era el caso en la situación en la que estaban y, por suerte, la burbuja se había formado alrededor de los ingredientes, atrapándolos junto con Terlu y Yarrow.

Yarrow empezó a pisotear la pasta y esparcirla por la tierra.

—Así no lo vamos a destruir.

—¿Usamos fuego? —preguntó él.

—¿Quizá? —Solo que… ¿el fuego no consumía oxígeno?—. Espera, ¿y si el fuego consume todo el aire?

—¿Se te ocurre algo mejor? —inquirió Yarrow.

Ella negó con la cabeza, muda.

El hombre sacó un encendedor del bolsillo.

Tras mirar a su alrededor, Terlu vio más deshecho vegetal seco y marchito dentro de la burbuja.

Arrancó tanto como pudo para que les sirviera de fajina.

Se acercó a Yarrow y se lo pasó. Lo enrolló para formar un tipo de antorcha improvisada y encendió la punta.

Prendió una chispa. Las llamas se propagaron por la materia vegetal seca. Sopló la lumbre y ella se preguntó cuánto aire habían consumido ya y cuánto más consumiría el fuego. Si no funcionaba…

Yarrow se agachó y acercó las llamas a la pasta. Se carbonizó al entrar en contacto con el fuego. Meticulosamente, resiguió el perímetro del círculo, quemando los ingredientes.

Terlu aguantó la respiración.

¿Cuánto aire les quedaba?

¿Qué sentirían cuando se terminara el oxígeno?

¿Dolería? ¿O simplemente se quedarían dormidos?

Apartó a un lado esos pensamientos. Solo habían pasado unos minutos desde que había conjurado el hechizo y los había sellado dentro.

Había muchas más ideas que podían probar antes de que estuvieran en peligro.

Solo que no se le ocurría nada más. No sabía prácticamente nada sobre cómo romper un hechizo sin tener acceso a su contrahechizo específico.

Tal vez sea algo que debería haber estudiado antes de lanzar ninguno .

Cada vez que un manojo de hierba seca ardía hasta convertirse en ceniza, Terlu le daba más fajina.

Yarrow la añadió a la antorcha improvisada mientras procuraba que las llamas no le llegaran a las manos.

Vio que ponía una mueca cuando una chispa le aterrizó en los dedos.

Abrió la boca para decirle que tuviera cuidado y la cerró.

Sabía que debía tener cuidado; debía actuar con minuciosidad.

Al fin, churruscó la última parte.

Y la burbuja se disipó como una nube que se disuelve en el aire.

—Ha funcionado —dijo Yarrow mientras daba manotazos a la nada.

Terlu aferró las páginas con sus anotaciones y salió disparada fuera del círculo para apoyarse contra uno de los pilares.

No iba a intentar algo parecido nunca más.

Era demasiado arriesgado. Las leyes tenían razón…

Debían dejar que se encargaran de la magia los hechiceros formados y los aficionados no deberían experimentar con los hechizos, por más convencidos que estuvieran de que comprendían la Primera Lengua.

Una hechicera de verdad no habría puesto en riesgo la propia vida y la de la persona a la que amaba.

¿Amaba?

Le gustaba. Lo quería.

¿Era amor?

Yarrow se acercó a ella y la envolvió con los brazos. Ella se arrimó a él y aspiró su sólida fuerza y el olor a humo.

—¿Te has quemado? —preguntó.

—Estoy bien. ¿Tú?

—Bien. Lo siento.

—No lo sientas. Los accidentes ocurren. Para la próxima vez, sabremos cómo romperlo.

Ella negó con la cabeza contra su pecho.

—No puede haber una próxima vez. Es demasiado peligroso.

—Había sido una locura intentarlo, incluso un acto egoísta.

Estaba jugando con fuerzas que no comprendía del todo, y no tenía a nadie cerca entrenado en la hechicería a quien le pudiera preguntar.

Estaba improvisando, y casi consigue matarlos a los dos.

Yarrow la estrechó todavía más.

—La próxima vez, también estaré contigo. La próxima vez, sabremos más cosas. La próxima vez, tendré el fuego listo.

Por poco se echa a reír, pero temía que, si le daba rienda suelta a la risa, esta se convirtiera en un sollozo.

—¿Confías en mí lo suficiente como para que lo vuelva a intentar? ¿Después de esto? Podríamos haber muerto. Si nos hubiésemos quedado sin aire… Si no hubiese funcionado…

—Ha funcionado y sé que podemos conseguirlo.

Sonaba tan confiado. Tan calmado. Terlu apoyó la mejilla contra el pecho de él e inhaló y expiró profundamente, intentando calmar su corazón desbocado.

«Podemos», había dicho.

Cree en mí. En nosotros.

—Muy bien —dijo Terlu—. Lo volveremos a intentar. Pero solo después de que haya descubierto qué ha ido mal y esté absolutamente segura al cien por cien de que no nos mataré por accidente, al menos no de la misma manera.

—De acuerdo.

Mantuvo la mejilla apoyada contra su pecho mientras respiraba con calma, hasta que notó que los latidos de su corazón, que iban a un ritmo frenético, se calmaban y el pánico se disipaba hasta convertirse en un leve zumbido.

Arriba, oía la nieve caer suavemente sobre el techo de cristal. A lo lejos, una planta cantaba.