El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo veintiséis
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Capítulo veintiséis

E l beso terminó con suavidad y Terlu lo miró a los ojos. Sus labios seguían tan juntos que aspiraba el aliento de él, tan dulce como la miel. Se sentía como si flotara.

—¿Por qué? —preguntó Yarrow.

Ella se quedó mirando sus labios y pensó que la pregunta no tenía ningún sentido. ¿Porque un beso no podía durar para siempre, aunque quisiera? ¿Porque en algún momento tenías que tomar aire? Optó por repetir la pregunta:

—¿Por qué?

—No soy el tipo de persona que alguien elegiría —contestó Yarrow, como si estuviera constatando un hecho objetivo.

Ay, por todos los mares . ¿Se creía que ella iba besando por ahí a todo aquel con el que se cruzaba? Terlu puso los ojos en blanco.

—Ya basta. Me gustas. No es más complicado que eso.

—Sé que fui yo quien te despertó, y que me tienes lástima porque he estado mucho tiempo solo…

—No es lástima. Ni gratitud. —Se apartó de él y le dio un empujón en el hombro, con fuerza—.

¿Eso es lo que piensas? —Sí, eso era lo que pesaba.

Lo vio escrito en su cara. Estaba totalmente dispuesto a alejarse de…

lo que fuera aquello, si ella le decía que no lo quería—.

Tal vez podrías limitarte a aceptar que te quería besar.

Yarrow respiró hondo.

—Todo el mundo que me ha importado en esta vida ha terminado abandonándome.

—Y a mí me convirtieron en una estatua —replicó ella. Qué situación más absurda. Empezó a bajar la escalera—. Ambos tenemos cargas —le espetó—. Pero eso no significa que estemos destinados a la soledad y a la desdicha para siempre. A menos que eso sea lo que quieres.

—Obvio que no —le dijo Yarrow y empezó a bajar tras ella.

No había nada de obvio en todo aquel asunto. Él había elegido la vida de un ermitaño.

—Tu hermana me ha dicho que nunca le contestaste a las cartas.

Quizá se lo debía de tomar como una advertencia.

¿Era así como gestionaba todas sus relaciones?

¿Simplemente dejaba que se marchitaran? Solo podías mantener una relación, ya fuera con la familia, amigos o enamorados, si ambas partes estaban dispuestas a comunicarse.

No se trataba, como aseguraban algunos, de un trabajo arduo en el sentido de que fuera desagradable, tedioso o doloroso —ese era un mito perpetuado por la gente que tenía un interés en particular para que alargaras una relación terrible—, pero sí que requería un esfuerzo. Debías intentarlo.

—No sabía qué decirle.

—Le podrías haber dicho precisamente eso.

Es mejor que el silencio. —No había tenido la intención de discutir, sobre todo después de nadar en el mar con la tortuga y del beso.

A media escalera, giró el torso para ver el acuario detrás de ella.

La tortuga pasó nadando propulsándose con las aletas por el agua. Siguió bajando.

—¿Y tu familia? ¿Qué le has dicho? —preguntó Yarrow desde arriba.

¿Ah? ¿Ahí es donde quería llegar con todo aquello?

—Es distinto —respondió Terlu.

—¿En serio?

Sí, por supuesto que lo era. Escribirles podría ponerlos en peligro. O a ella. O ambos… Aunque, quizá, como Alyssium había caído, ¿a nadie le importaría que la hubiesen revivido? Bueno, vale, quizá tenía razón. No debería temer tanto a que estuvieran decepcionados con ella. La querían

—A lo mejor lo hago.

—Y yo a lo mejor hablo con mi familia. Cuando me sienta preparado.

—¡Pues bien! —Terlu llegó a los pies de la escalera y se dio cuenta de que los dos acababan de acceder a hacer exactamente lo que ella había querido desde un principio: ponerse en contacto con sus seres queridos, elegir comunicarse con ellos, y hasta la última brizna de enfado se le desvaneció.

No era una concesión; era una victoria—.

Les escribiré y les diré que estoy viva y bien.

—Cómo se sintieran al respecto ya era cosa suya.

Yarrow acabó de bajar la escalera también.

Terlu le escrutó el rostro como si fuera a revelarse en qué estaba pensando y sintiendo.

No había sido su intención insistir tanto en el tema de su familia, sobre todo cuando lo único que quería era hablar de ella y de él.

Nadar con la tortuga marina había sido un regalo encantador, y el beso…

más encantador incluso. No sabía cómo volver a ese momento y a lo que los dos estaban sintiendo cuando había salido del agua.

Ambos guardaron silencio, mirándose con expresión incómoda mientras la porción de mar ondeaba sobre sus cabezas.

—¿Quieres volver a intentar el hechizo de burbuja? —le propuso Terlu, como un ofrecimiento de paz.

—¿Estás segura? No hace falta que lo hagas, si no te sientes cómoda —terció con voz suave—. Mi familia… la conozco lo bastante bien como para saber que no te traicionarán, no si estás ayudando con el invernadero, pero todavía no los conoces…

—Hay algunas variaciones más que me gustaría intentar. Y sí que hace falta que lo haga. Los invernaderos se están muriendo.

—Tú eres más importante que cualquier invernadero —le soltó Yarrow.

Terlu se olvidó de respirar.

Se lo quedó mirando fijamente durante lo que se le antojaron unos segundos extraordinariamente largos antes de inhalar de nuevo.

Sin mediar palabra, extendió la mano con la sensación de estar intentando convencer a un cervatillo de que se acercara lo suficiente como para poder acariciarlo.

Lo habían abandonado una y otra vez las personas que se suponía que siempre estarían a su lado.

Tanto si debería haber ido con ellos como si no, tanto si debería haber intentado mantener el contacto como si no… Todo ello le había dejado secuelas.

Yarrow le encajó la mano.

Mientras la tortuga marina nadaba por el agua, los dos enfilaron el camino del túnel juntos.

Ninguno de los dos dijo nada, pero el silencio era como la calma dentro del agua, pacífico y natural.

Pensó en la tortuga y se preguntó si se sentía solo.

Había regresado al invernadero por cuenta propia, según le había dicho Yarrow, pero ¿echaba de menos el mar?

¿A las demás tortugas? Decidió regresar y nadar con él siempre que pudiera.

Terlu había abandonado los ingredientes del hechizo en el invernadero donde habían estado practicando cuando habían llegado los familiares de Yarrow, y la complació comprobar que estaban todos exactamente donde los recordaba.

Ningún miembro de la familia de él había encontrado aquel sitio, lo que significaba que había una baja probabilidad de que los interrumpieran mientras lanzaban el hechizo.

A lo mejor puedo hacerlo sin que se den cuenta en absoluto .

—Yo los preparo —se ofreció Yarrow—. Tú céntrate en las palabras.

—Gracias. —Terlu recogió las páginas con sus anotaciones.

¿Qué variación debía probar primero? Tenía algunas teorías sobre la tercera línea…

Podía ser que los parámetros de la burbuja los fijara una de las partes del hechizo que había excluido.

Así que si tomaba las medidas de la sección anterior, que se centraba en el crecimiento de las columnas y los travesaños…

Ambas secciones estaban interrelacionadas.

Pasado un rato, Yarrow le pasó una porción de tarta de miel envuelta en una servilleta, sin mediar palabra.

Terlu se la comió mientras repasaba las palabras del hechizo y las ajustaba en la mente.

La clave radicaba en centrarse en el objetivo del hechizo, al tiempo que definía su alcance.

Por lo que había podido deducir, la burbuja de protección se anclaba a escasos milímetros de distancia del cristal.

No sabía qué había sido lo primero en fallar en los invernaderos muertos —si la burbuja o el cristal— pero si el escudo se había fracturado antes, podría haber causado las grietas del cristal al expandirse contra él.

Claro estaba que si los demás hechizos también fallaran les hacían un flaco favor, como por ejemplo el sol que se había extinguido y que el hechizo de regulación de la temperatura se descontrolara…

Ojalá supiera exactamente qué había provocado el fallo.

En cualquier caso, ese elemento era clave para restaurar los invernaderos.

Si conseguía dominar ese hechizo, podría conjurarlo en los invernaderos después de que las plantas parlantes arreglaran las grietas.

Una vez que hubiese logrado eso, entonces podría dedicarse a dominar los demás hechizos que originaban aquellos extraordinarios medios ambientes.

Paso a paso , pensó. Puedo hacerlo .

Yarrow me apoyará en todo momento . De eso estaba segura. Tanto si el hechizo funcionaba como si no, tanto si era capaz de restaurar los invernaderos como si no, no estaba sola.

—Vale, creo que estoy lista para intentarlo —anunció Terlu mientras se levantaba.

—Genial —dijo Yarrow.

El jardinero había machacado los ingredientes hasta convertirlos en una pasta. Terlu giró sobre sí misma para examinar el invernadero muerto. Los rayos del sol atravesaban el techo cubierto de nieve y proyectaban manchas de luz sobre el suelo desnudo y las plantas marchitas.

—Creo que deberíamos extender la pasta, para definir dónde queremos que se aposente la burbuja.

—¿Quieres cubrir todo el perímetro del invernadero?

—Un círculo más pequeño, para la primera prueba. —Caminó trazando un círculo para mostrárselo, en cuyo interior incluía unos pocos lechos de flores, así como el principal cruce de caminos, donde estaban los dos. Aproximadamente cuatro metros de diámetro.

Yarrow untó la pasta dibujando una fina línea detrás de ella hasta que completó la circunferencia.

—Listo.

Terlu se posicionó en el centro del círculo y anunció las palabras, con cuidado de pronunciar cada sílaba de la manera en la que la había ensayado mentalmente.

Se centró en el redondel de ingredientes mientras vocalizaba las frases.

Cuando llegó al final, alargó la última sílaba como si fuera la nota final de una canción antes de dejar que se perdiera en el silencio.

Pasaron unos segundos en los que no ocurrió nada.