Capítulo veinticinco #3
Ni siquiera había pensado en una toalla, o en el hecho de que fuera estaban en invierno.
Sí, se había quitado la capa de prendas exteriores, pero tenía la ropa interior empapada.
Probablemente debería habérselo pensado mejor.
La tortuga marina le volvió a dar un golpe suave con la cabeza.
Parecía ansioso por tener compañía en la piscina.
Se preguntó cuándo habría sido la última vez que alguien había nadado con él.
Las tortugas que conocía de aquella especie eran criaturas amigables y siempre dispuestas a interactuar con los humanos.
Se aferró al canto del caparazón de la tortuga y llenó los pulmones de aire.
La tortuga se zambulló hacia las profundidades del agua.
Terlu hacía años que no nadaba así, y sintió cómo toda la alegría de su infancia le inundaba las venas.
Volvía a tener ocho años, bajo las olas.
Los peces pasaban como una exhalación por su lado, siguiendo las burbujas que dejaba a su paso la tortuga.
Vio el bosque de algas delante y la tortuga se abrió paso entre ellas antes de volver a salir a la superficie.
Sacó la cabeza fuera y tomó una bocanada de aire.
—¡Otra vez!
Nadaron alrededor del tanque del invernadero, creando su propia corriente, y subiendo para que pudiera respirar antes de hundirse de nuevo. Finalmente, se soltó del caparazón de la tortuga y flotó de espaldas en la superficie del agua salada.
—Gracias por enseñarme este sitio —le dijo Terlu a Yarrow.
—Me alegra verte contenta.
—Estoy muy contenta. Has sido muy amable conmigo, y este lugar…
toda esta isla es increíble. — Y tú también , quiso añadir, pero no se atrevió.
Nadó hasta el borde y Yarrow la ayudó a salir del agua.
La envolvió en una toalla que había sacado de algún sitio como por arte de magia.
Con los dedos en los bordes de la toalla, dudó antes de dar un paso atrás—.
Estoy muy agradecida de estar viva y de estar aquí.
Si no fuera por ti, todavía sería una estatua, y no podría haber vuelto a nadar con una tortuga marina, ni ver las flores siderales ni…
todo lo demás. Ni siquiera sé por dónde empezar para expresarte lo agradecida que estoy.
—No quiero tu gratitud. —Yarrow se dio la vuelta.
Se secó y se escurrió el pelo con la toalla.
—Pero te estoy agradecida. Me salvaste.
—No lo hice por ti.
—Lo sé, pero… —Terlu no sabía cómo expresar en palabras lo que sentía. Aunque Yarrow no la conocía, no había tenido intención de salvarla y solo buscaba ayudar sus invernaderos, le había cambiado la vida. Le había dado una segunda oportunidad.
El hombre se giró hacia ella otra vez mientras se estaba secando el pelo. Puso los ojos como platos y Terlu se dio cuenta de que solo iba vestida con una ropa interior muy empapada. Lo que fuera que iba a decir se desvaneció de su mente.
Le atraigo.
Creo .
—Había tortugas marinas en el agua alrededor de la isla donde me crie —repuso Terlu con voz suave, como si estuviera hablando con un pajarillo al que no quisiera asustar—.
Solía nadar con ellas a todas horas. Cuando me mudé a Alyssium…
no había ninguna tortuga en los canales, y te aseguro que no querías nadar en ningún lugar cerca de la isla de la capital.
Las aguas que la circundaban no estaban limpias, con tanta gente viviendo allí.
Creo que esta tortuga echaba de menos que alguien nadara con él.
—No estaba segura de por qué le estaba diciendo todo aquello.
Quizá para evitar decirle lo que le quería decir en realidad, que era: ¿Te gusto tanto como tú me gustas a mí?
Yarrow parecía incapaz de despegar los ojos de ella.
—¿Por qué no te has quedado con mi hermana y has disfrutado de las flores oníricas? ¿Por qué has venido a buscarme? No sabías que te podría enseñar una tortuga marina.
Terlu replicó con su propia pregunta:
—¿Por qué me has enseñado la tortuga, las estrellas y los ajos? ¿Por qué no has seguido con el trabajo de jardinería? —Tranquilamente podría haberse dedicado a podar y quitar las malas hierbas, en lugar de llevarla de excursión, y lo habría entendido. Había acudido a él sin expectativa alguna.
—Pensé que te gustaría ver la tortuga marina. Un día me dijiste que te gustaban.
Terlu respiró hondo.
—Me gustas tú.
Yarrow abrió mucho los ojos, y ella pensó que parecía un poco asustado. No era su intención inquietarlo. Se puso la túnica rápidamente y se abrochó los botones.
—Creo que me ayudaría trazar una línea temporal de cuándo se construyeron los diferentes invernaderos —dijo Terlu, en un intento de dar la impresión de que todo era de una perfecta normalidad platónica—.
Podría compararla con las anotaciones que dejó Laiken en los cuadernos y centrarme en las secciones que con mayor probabilidad incluyan los hechizos que crearon esta sala oceánica, que crearon las flores siderales y demás.
Sería una catástrofe que el mundo se perdiera todas estas maravillas.
—Lo dejé pasar, ¿verdad?
Completamente vestida y mayormente seca, Terlu se detuvo en lo alto de la escalera.
—¿El qué?
—El momento en el que debería haberte besado.
Terlu notó que una sonrisa le brotaba de las entrañas.
—Es imposible dejar pasar eso. —Cruzó la plataforma, tardó solo un par de pasos en llegar hasta él, se puso de puntillas y apretó los labios contra los suyos.
Él le devolvió el beso, suave y dulce, mientras la tortuga marina chapoteaba en el agua cerca.