Capítulo veinticinco #2
Había mencionado las plantas oceánicas una vez, se acordaba, y no le había preguntado cómo y dónde crecían. ¿Tal vez en estanques como los nenúfares? No quiso indagar… Prefería que la sorprendiera.
Seguía sujeto a su mano, y Terlu decidió que esa era su sensación favorita.
La mano de él envolvía la de ella por completo, y era como estar cubierta por una manta calentita.
Notaba los callos de su palma y de sus dedos fruto del trabajo, pero le sostenía la mano con tanta delicadeza que la notaba suave.
Se preguntó si a él le gustaba tocarle la mano tanto como a ella.
Con su mano entrelazada a la de ella, Terlu ni quiera sentía la necesidad de hablar.
Caminaron uno al lado del otro y cruzaron un invernadero lleno de flores translúcidas, y luego otro que estaba a rebosar de unas flores que, cada pocos segundos, expulsaban una nube de pétalos al aire como si fueran unos fuegos artificiales en miniatura.
El suelo estaba plagado de pétalos y el aire olía a ciruelas maduras.
Cuando llegaron a la siguiente puerta, Terlu vio una masa azul al otro lado del cristal. Un manto azul perlado que ondeaba. ¿Podía ser agua?
—Cuando has dicho la sala oceánica, no te referías a un océano de verdad…
El hombre abrió la puerta.
Dentro se alargaba un túnel hacia el azul más puro.
—Ah. Madre mía. Pues sí…
Sin soltarle la mano a Yarrow, Terlu avanzó.
El agua marina llenaba el invernadero a ambos lados del túnel.
Levantó la mirada y vio unos peces de color azul brillante, plateado y dorado, que irradiaban destellos en el agua mientras nadaban por entre las larguísimas tiras de alga marina que ondeaban suavemente de un lado a otro.
Bajo sus pies había arena. Dentro del túnel estaba seca, pero a ambos lados del cristal bullía de vida, tanto plantas como animales: lechos marinos, corales y anémonas. Vio un cangrejo azul brillante trepar por una roca y esconderse, fuera de la vista.
—¿Ves por qué no podía marcharme de Belde? —dijo Yarrow con un bisbiseo, casi voz solemne—. Hay maravillas detrás de cada puerta.
—No entiendo como alguien querría marcharse de aquí.
—Se adentró un poco más y miró a su alrededor ensimismada.
La escala y la complejidad de la magia que se había usado para crear y sostener un milagro como aquel…
Era una porción de mar, encerrada dentro del invernadero.
¿Cómo lo había hecho Laiken? Y ¿cuánto tiempo duraría?
Si el cristal de aquella sala se resquebrajaba…
Tenía que resolver el secreto de los hechizos antes de que eso ocurriera—. Tenemos que salvar este sitio.
Él le apretó la mano.
—¿Cómo cuidas de las plantas de aquí? —preguntó Terlu mientras se maravillaba con la majestuosidad de las algas marinas.
—Hay una escalera. Te lo mostraré. —Yarrow la guio por el túnel hasta la pared del fondo, donde una escalera, también encerrada dentro de un túnel parecido a una burbuja, conducía hasta el techo.
Al levantar la vista, vio una pasarela que se extendía por encima del agua.
Yarrow le soltó la mano y empezó a subir.
Terlu subió tras él. No mires abajo , se ordenó para sus adentros.
Los peldaños parecían firmes, aunque tenían algunas manchas de óxido.
A través del cristal, casi podía ver el interior del invernadero de al lado, una mancha de un verde tropical intenso salpicada de rojo vivo.
Detrás de ella, oía el agua chapoteando dentro del tanque.
Estaba jadeando para cuando llegó a la cima.
Yarrow la esperaba para ayudarla a subir a la plataforma.
—Está alto —se quejó con un resuello.
—Mira. —Señaló con la cabeza hacia detrás de ella, y Terlu se giró.
Habían llegado a lo alto del invernadero, encima de ellos estaba el cristal salpicado de nieve y el cielo azul y blanco más allá. Ante sus ojos se extendía el agua. Las algas y demás plantas marinas flotaban en la superficie. Y, entonces, una tortuga marina asomó la cabeza por encima del agua.
Nadó hasta el borde y Yarrow le sonrió.
—Me alegro de verte, campeón.
—¿Tenemos una tortuga marina? —preguntó Terlu con un jadeo.
La sonrisa de Yarrow se ensanchó.
—Me dijiste que te gustaban las tortugas marinas. Hace décadas que él vive aquí. Mi hermana intentó liberarlo una vez… De hecho, lo liberó. Tres veces, en realidad. Y cada vez que se varaba, se arrastraba de vuelta al invernadero usando las aletas. Supongo que decidió que somos su familia.
Terlu metió una mano en el agua, esperando que estuviera tan fría como el mar invernal de fuera. ¡Ay!, estaba calentita como el verano.
—Voy a nadar con él. —Se empezó a quitar la túnica sin pensárselo antes de que se le ocurriera de que quizá a Yarrow no le parecía bien. Se asomó por encima del cuello antes de quitársela por la cabeza—. Si te parece…
—Puedes hacer lo que quieras. —Tenía la mirada fija en el techo y estaba tan ruborizado que sus mejillas doradas prácticamente relucían.
Terlu vaciló durante una fracción de segundo y se terminó de quitar la túnica. Le siguieron los pantalones, que se quedaron amontonados al lado. Vestida solo con ropa interior, bajó por el borde y se hundió en el agua al lado de la tortuga marina.
El animal nadó a su alrededor y la rozó con suavidad.
—Deberías meterte —le dijo Terlu a Yarrow—.
El agua está perfecta. —Ella solía nadar con las tortugas marinas en la costa de Eano.
Había una especie en concreto que sentía un apego especial por los humanos, quizá porque los asociaban los isleños de Eano con comida, pero la tortuga que tenía al lado en aquel instante era de esa misma especie.
Terlu rio mientras el quelonio danzaba a su alrededor.
—Tú disfruta —replicó Yarrow—. Yo soy un mamífero de tierra firme.
—¿Seguro que no te importa?
—De veras. Te traeré una toalla para cuando vuelvas.