El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo veinticinco
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Capítulo veinticinco

T erlu tardó casi una hora en localizar a Yarrow, y solo lo encontró tras descartar los sitios donde no estaba.

No estaba con los miembros de su familia que estaban trabajando en restaurar las casas.

No estaba con las plantas parlantes arreglando las grietas de los invernaderos muertos.

No estaba visitando los dragoncitos en el laberinto de girasoles.

No estaba ayudando a su padre con las rosas, a su tío con las orquídeas o a su primo con los tomates.

Y no estaba en el taller de Laiken con el resto de sus parientes, amigos de la familia y el supuesto fantasma del fallecido hechicero.

Lo encontró en el silencio de un invernadero lleno de bonsáis. Estaba inclinado por encima de un junípero en miniatura. Con la concentración puesta en las ramitas, ni se inmutó cuando ella se acercó a él. Terlu observó cómo cortaba los tallos con unas pequeñas tijeras plateadas.

Chas.

Chas.

Chas.

—¿Has venido para decirme que debería estar con mi familia? —preguntó Yarrow.

—¿Quieres estar con tu familia?

Otro corte.

—No.

Terlu se sentó con las piernas cruzadas y observó cómo seguía podando el junípero. No sabía por qué hacía cada corte, pero los estaba haciendo con suma precisión, así que debía de tener un motivo.

—Tu hermana nos ha enseñado tanto a mí como a su esposa el invernadero de las flores oníricas.

—Ah. ¿Te han gustado los sueños?

—No he probado ninguno.

Yarrow se quedó callado con la mirada fija en ella.

—¿Por qué no? Son inofensivos.

Porque no estabas conmigo , quiso decir, pero se contuvo. No estaba segura de cómo iba a reaccionar a algo así. Así que Terlu se limitó a encogerse de hombros.

—Laiken las hizo para nosotros, para los niños, para que nos entretuviéramos mientras los adultos trabajaban.

—Qué considerado por su parte.

Yarrow torció los labios en una media sonrisa.

—No era considerado. Pensaba que los niños eran una distracción para sus trabajadores y una amenaza para sus plantas. Era para mantenernos ocupados y que no fuéramos un estorbo.

—Quizá quería tener un gesto amable pero no sabía cómo —propuso Terlu. Le vino a la mente lo que le había contado Dendy sobre la pérdida de la hija de Laiken, Ria. Se preguntó si eso había cambiado su visión de los niños. No es que fuera una excusa, pero podía servir de explicación.

Yarrow resopló. Se acercó a un bonsái de pino, le examinó las ramas y empezó a podar meticulosamente sus ramitas. Retiró con cuidado los deshechos de las raíces.

—¿De verdad el fantasma de Laiken está en la planta superior de la torre? Tu hermana cree que sí.

Yarrow se quedó paralizado otra vez.

—Mmm. Lo había olvidado. Supongo que sí, está allí. No obstante, es solo la amargura, no queda ni rastro de su conciencia. Solía gritarle al principio, cuando los invernaderos empezaron a fallar. Se limitaba a aullar plañideramente.

—¿Cómo te has podido olvidar de que había un fantasma?

—preguntó Terlu. Creyó que era algo que le habría mencionado, sobre todo cuando habían empezado a pasar más tiempo en la torre.

Debería haber sido una de las atracciones principales del tour inicial.

O, al menos, haberlo comentado como una anécdota interesante.

—Solo son las reminiscencias de sus remordimientos. No es él. No sirve para nada, y tampoco hace ningún daño. —Rotó el tiesto del pino en miniatura para examinarlo desde otro ángulo—. Pero es verdad que debería habértelo dicho. Y debería haberte enseñado las flores oníricas.

—No pasa nada. Tienes responsabilidades…

Se levantó de súbito, guardó las tijeras en uno de los bolsillos y le extendió la mano a Terlu.

—Puedo mostrarte… Quiero decir, si quieres… ¿Quieres ver otra de las maravillas del invernadero?

Terlu le tomó la mano y se levantó. Sentía la sonrisa radiante, como si le estuviera brillando desde dentro.

—Quiero ver todo lo que me quieras mostrar.

—¿Alguna vez se ha dibujado un mapa de todos los invernaderos?

—quiso saber Terlu mientras Yarrow la llevaba de un invernadero a otro: uno con tulipanes y narcisos, uno con hileras de parras, otro con nenúfares en estanques a ambos lados del camino y flores con forma de pez que colgaban bocabajo de las vigas del techo.

Unos pececillos parecidos a foxinos nadaban por entre ellas, como si el aire fuera agua.

Observó cómo el banco de peces zigzagueaba, cambiando de dirección como si fueran uno solo por entre las flores.

—Nunca he necesitado uno —dijo Yarrow.

—Yo debería hacerme uno. —Lo añadió a su lista mental de cosas pendientes, después de descubrir todos los hechizos que salvarían los invernaderos.

Cruzaron una sala en la que había un árbol parecido a un sauce, con ramas caídas que sujetaban unos orbes parecidos a burbujas brillantes.

Desprendía un aroma dulce y elusivo, como un día lejano de verano que se estuviera desvaneciendo de la memoria.

Terlu inhaló profundamente. Un pájaro trazó círculos sobre sus cabezas, desapareció dejando tras de sí una voluta de humo, y volvió a aparecer.

¿Era otro de los experimentos de Laiken o solo un pájaro mágico cualquiera, atraído por la riqueza de los encantamientos?

Terlu deseaba disponer del tiempo suficiente para estudiar todas las criaturas mágicas que había allí—.

También una lista de las especies que viven aquí.

Podría serle útil también a los recién llegados.

—No se van a quedar.

—¿Mmm? ¿Te lo han dicho? —Sabía a ciencia cierta que no había hablado con ninguno de sus parientes todavía.

Yarrow abrió la siguiente puerta y la mantuvo abierta para que pasara Terlu.

Entró en una sala plagada de hileras de altas hierbas coronadas con cúmulos de flores blancas. Olía a…

—¿Es ajo? —Terlu le sonrió. El jardinero se había acordado de que le había dicho que quería verlos.

Era enorme. Una hilera tras otra de ajos.

—Huele bien —dijo Terlu—. Creía que la fragancia sería arrolladora. —Caminó por entre las filas. Cada una de las plantas formaba parte de una hilera bien definida, plantada con precisión… con amor.

—El olor es más pungente cuando se cocina.

—Gracias por enseñármelo. —Tal vez fuera solo ajo. Ninguna libélula diamantina, ratoncitos foliáceos, dragoncitos o mariposas multicolor, pero estaba claro que aquella sala a Yarrow le encantaba. Una porción de quién era Yarrow. Significaba algo importante que hubiese elegido compartirlo con ella.

—Hay más cosas que quiero mostrarte. —Extendió la mano y ella se la aceptó. Caminaron con las manos juntas por entre las hileras de ajos—. No hace falta que mi familia me lo diga para que sepa que se van a marchar —dijo Yarrow—. Los conozco. No quieren estar aquí.

—No se van a ir.

Yarrow se detuvo delante de una puerta negra.

—Cierra los ojos.

Ella obedeció.

—No se van a ir porque no tiene ningún otro lugar donde asentarse. Además, tu hermana parecía feliz de estar de vuelta. Creo que echaban de menos este sitio. Y a ti.

Yarrow resopló.

Terlu se echó a reír.

—Sabes… no es del todo imposible que a algunas personas les caigas medianamente bien. —En cuanto las palabras abandonaron sus labios, deseó tener los ojos abiertos para poder ver la expresión que ponía él. No dijo nada y tiró de la mano de ella hacia delante.

Terlu notó un cambio de temperatura cuando cruzó el umbral hacia el siguiente invernadero.

El ambiente era más fresco, aunque no frío.

Se llenó los pulmones y le pareció que el aire estaba impregnado del aroma de una flor dulce y familiar.

¿Serían lilas? ¿Y rosas? Y… olisqueó y el aire la tentó con otros aromas dulzones que no fue capaz de identificar.

—¿Puedo abrir los ojos?

—Sí. —Estaba justo al lado de ella. Notó su aliento cálido al lado de la oreja y la recorrió un escalofrío. Sintió como si su piel fuera consciente de la cercanía del hombre. Por cuenta propia, su cuerpo se acercó a la voz, y notó cómo la camisa de él le rozaba la espalda… Así de cerca estaban.

Al abrir los ojos, Terlu vio estrellas por doquier. Jadeó.

Delante de ella se extendía una galaxia.

—Es más espectacular cuando los ojos se te acostumbran a la luz —le dijo Yarrow—. Por eso te he pedido que los cerraras. Para que pudieras ver las estrellas entre las estrellas.

—¿Son todo flores? —preguntó al tiempo que acercaba la mano hacia una de las constelaciones.

—Flores bioluminiscentes —confirmó él. Sobre sus cabezas, una de las flores siderales cruzó el cielo de cristal de un lado al otro—.

Potenciadas con un encantamiento —añadió.

Volvió a tomarle la mano y caminaron por el invernadero.

El caminito se curvaba y se perdía en el campo de estrellas, y mirara donde mirara, las flores centelleaban y danzaban—.

No requieren demasiados cuidados, así que no vengo aquí a menudo.

Excepto cuando quiero recordar que el universo es inabarcable.

—Es precioso.

Por entre las luces, Terlu vio los tallos que llenaban el invernadero. Se preguntó si sería un mapa de las estrellas que se apreciaban en el cielo de la isla o si formaban parte de una galaxia que no existía.

—¿Por qué hizo esto? ¿Fue para su hija? —inquirió Terlu.

—Lo creó después de su muerte.

—¿Fue un tributo? ¿Una despedida? ¿Una disculpa?

—¿Acaso importa? —preguntó Yarrow—. Ahora es nuestro.

Nuestro . Vaya, se refería a… No, se refiere a las plantas y a él.

O a él y a su familia . A su padre. A su hermana.

A sus tías, tíos y primos. Por supuesto les pertenecía a ellos, a la gente que había nacido en la isla y que habían regresado a ella.

No se refería a ella, a una mujer que no guardaba relación alguna con él o con el invernadero.

Ni siquiera era jardinera. Pensándolo detenidamente, se sentía avergonzada por haber contemplado, ni que fuera solo un segundo, que estuviera hablando de ella…

—Te voy a mostrar la sala del océano.

—¿La sala del océano?

—Creo que te gustará. Quizá incluso más que los ajos.

—Pocas cosas hay mejores que los ajos.

Yarrow sonrió y siguieron andando.