El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo veinticuatro #3
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Capítulo veinticuatro #3

—Si no te importa que te lo pregunte, ¿por qué no regresó nadie a Belde hasta ahora?

—¿Por qué no vino Yarrow a visitarnos nunca?

—contestó Rowan. Un deje de irritación se coló en su voz alegre.

Aceleró los pasos por el invernadero hasta el siguiente, y luego el siguiente, sin detenerse a mirar las flores que desbordaban de las macetas, los árboles que se elevaban hasta lo alto y cuyas hojas besaban el techo, las delicadas enredaderas que se enrollaban alrededor de las columnas o la abundancia de flores que las rodeaba—.

¿Te haces una idea de la cantidad de cartas que le escribí a las que no me contestó?

¿La de veces que le supliqué que viniera a Alyssium?

¿Aunque solo fuera para hacernos una visita?

Ahorré. Después de la escuela, trabajé en la floristería y ahorré hasta la última moneda que gané para poder pagarle el pasaje a Yarrow y que viniera a vernos.

Lo suficiente para un viaje de ida y vuelta, si no quería quedarse.

Solo quería que viniera. ¿Sabes cuántas veces me respondió a las cartas, para explicarme por qué no quería vernos?

Terlu se hacía una idea, pero era una pregunta retórica.

—Necesitaba a mi hermano conmigo. Y a mi padre. Cuando por fin mi padre vino y Yarrow no estaba con él… Le escribí una carta extensa después de eso, en la que le exponía todos los motivos por los que debería venir a vivir con nosotros.

Tras doblar dos veces más a la izquierda y cruzar unos invernaderos que Terlu no había visto nunca (uno lleno de coles ornamentales de varios tonos de verde, blanco y morado, y otro lleno de una espesa vegetación salpicada de orugas que parecían gatos estirados), llegaron a una puerta de cristal opaco.

O tal vez el invernadero que había al otro lado estaba a oscuras y cubierto de niebla…

Terlu entornó los ojos e intentó discernir algo al otro lado.

Distinguió las sombras de unos pilares y unos árboles. Estaba extrañamente a oscuras.

Rowan se detuvo, con la mirada perdida en la puerta, como si no la viera.

—Ni una sola vez. No me escribió ni una sola carta. Nunca.

Entonces empujó la puerta y tiró de Ambrel para que entrara con ella.

Terlu se rezagó, pensando en las palabras de Rowan.

En ningún momento le había preguntado a Yarrow si se había puesto en contacto con su familia y él tampoco se lo había dicho.

Estaba claro que no era asunto suyo, pero para sus adentros, le había echado la culpa de todo a su padre, a su hermana, primos, tías y tíos por abandonarlo.

No había pensado en el hecho de que Yarrow había elegido no ir con ellos tanto como ellos habían elegido no quedarse allí.

Las siguió por el umbral de la puerta y preguntó:

—¿La carta que envié fue la primera vez que intentaba…?

Se detuvo de golpe y observó el panorama que se abría delante de sus ojos.

Una falsa luz de luna bañaba el invernadero en una pálida luz azulada.

En la cúspide de la cúpula, una luna artificial descansaba sobre una red de hilos brillantes.

Unos remolinos de nubes resplandecientes se deslizaban impulsados por un soplo de viento imposible.

Las flores eran de color azul oscuro, negro y gris: los colores de un jardín por la noche.

Incluso las hojas eran de un tono gris oscuro.

De las flores se desprendían unos destellos como pequeños astros, como si las flores estuvieran exhalando polvo de estrellas.

Olía a jazmín. Terlu se llenó los pulmones de aire mientras avanzaba por la sala.

—Será mejor que os sentéis para presenciar esto —les aconsejó Rowan.

Ambrel se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y Terlu se acomodó a su lado. Rowan arrancó la flor que tenía más cerca. Parecía un capachito negro, con pétalos que se curvaban en sus palmas. Se agachó y la extendió primero hacia su esposa.

—¿Es peligroso? —preguntó Ambrel.

—¿Te diría que hicieras algo si fuera peligroso?

—Lo harías si creyeras que es divertido —repuso Ambrel—. ¿Va a hacer que actúe como si pensara que soy una mona?

—Vergonzoso no es lo mismo que peligroso —dijo Rowan con una amplia sonrisa en el rostro—. Y eras una monita muy cuca. Le dio un golpecito en la nariz a su esposa.

Ambrel le enseñó los dientes y empezó a hacer sonidos de mono. Ambas se rieron.

—Disculpa —le dijo Ambrel a Terlu—. Esto pasó hace algunos meses, en Alyssium, antes de la revolución, cuando todos pensábamos que todo iría bien y que se resolvería de manera pacífica.

Rowan y yo fuimos a una fiesta que había organizado un hechicero menor.

Nos ofreció como entretenimiento unos caramelos encantados que supuestamente te convertían en animal durante cinco o diez minutos.

—En realidad, el hechizo era un truco. Solo te hacía pensar que eras un animal.

—Rowan creyó ser un erizo.

—Me pasé todo el rato con el morro pegado a las alfombras, buscando insectos con la nariz —confesó Rowan con una sonrisa—. Según me han dicho, hice ruidos como de resoplidos.

—Pero al menos tú no intentaste colgarte de la araña de techo y lanzarles paté a los demás invitados —dijo Ambrel.

Los ojos le brillaban al recordarlo, y Terlu pensó que la experiencia que habían tenido aquellas dos mujeres en Alyssium distaba mucho de la suya.

Ella no había acudido a ninguna fiesta, con la excepción del festival de invierno de la Gran Biblioteca.

Los hechiceros, tuvieran más o menos categoría, no se juntaban con las cuartas bibliotecarias.

O al menos no se juntaban conmigo . En una ocasión, un hechicero desgarbado de piel olivácea procedente de una de las islas exteriores, actuó como si quisiera cortejarla.

No tardó mucho en descubrir que simplemente quería obtener acceso a los libros restringidos.

No fue muy sutil. Terlu se pasó días llorando por aquel desgraciado.

—El hechicero se merecía que le pringaras el pelo de paté.

Ambrel sonrió.

—Eso sí que lo sacó de sus casillas. Había dedicado mucho tiempo y magia en su peinado. Si no recuerdo mal, cambiaba de color cada pocos minutos.

Rowan soltó una risilla.

—Después de recibir el impacto del paté, empezó a alternar únicamente entre el verde y el gris. En cualquier caso, las flores oníricas no son así. Tú eres quien llevará las riendas del sueño. —Alzó la flor a su nariz y dijo—: Bailando en la playa.

Cerró los ojos, inhaló y sonrió.

Unos segundos después, Rowan abrió los ojos y exhaló.

—Así de fácil —dijo con voz lánguida—. Mi playa tenía la arena caliente, unas olas suaves y una brisa agradable.

—¿Simplemente… pides lo que quieres soñar? —preguntó Terlu. No había encontrado ningún hechizo con ese efecto en los cuadernos de Laiken, pero todavía quedaban muchos que no había traducido y mucho menos estudiado. Se preguntó qué otras maravillas le quedarían por descubrir.

Ambrel tomó la flor de las manos de Rowan.

—Quiero soñar que te beso.

—Eso lo puedes hacer cualquier día, a cualquier hora —dijo Rowan.

—En la luna —especificó Ambrel. Aspiró el aroma de la flor onírica, cerró los ojos. Los abrió al cabo de unos segundos y se inclinó hacia delante para darle un beso a su esposa.

Le pasó la flor a Terlu. Esta la recogió en las manos y contempló los destellos que flotaban en ella. Podía pedirle que le mostrara cualquier sueño que quisiera ver. Pero mientras miraba las profundidades de la flor, se dio cuenta de que no quería estar allí, al menos no en ese momento.

Había echado de menos a los amigos, a la gente, a las conversaciones.

En la biblioteca lo había ansiado tanto que había arriesgado la vida por conseguir aquel tipo de compañía.

Y ahora, aquellas dos mujeres la habían aceptado, se habían abierto a ella, habían hablado con ella, la habían incluido en sus bromas e historias y, sin embargo, lo único que quería hacer Terlu era ir a buscar a Yarrow y compartir la experiencia con él.

No quiero a cualquier persona. Lo quiero a él .

Aunque se negara a lidiar con los sentimientos que le despertaba la presencia de su familia.

Aunque no le hubiese comentado nada sobre la rabia y la decepción que sentía hacia ellos antes de su llegada.

Aunque todavía no sabía qué significaba ella para él.

—Lo siento, pero me tengo que ir —les dijo Terlu a Rowan y Ambrel.

Ninguna de las dos se dio cuenta: habían arrancado otra flor y la sostenían juntas, con los dedos entrelazados alrededor de los pétalos.

Quiero lo que ellas tienen , pensó Terlu.

Dejó la flor con cuidado en el suelo y dejó a la pareja de tortolitas y las flores oníricas para ir en busca de su silencioso jardinero.