El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo veinticuatro #2
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Capítulo veinticuatro #2

—No te has cruzado nunca con un fantasma, ¿verdad?

—preguntó Rowan, con un ligero aire de cansancio que a Terlu le dejó claro que ella había conocido a uno como mínimo.

Por lo que sabía Terlu, no eran demasiado comunes.

Se preguntó qué historias subyacían a aquel tono de voz—.

Son cúmulos de restos de emociones. Lo que sintieran con más intensidad cuando estaban vivos.

No son conscientes ni poseen raciocinio.

—Solo un montón de tristeza que se desparrama por todos lados —aportó Ambrel.

Rowan rodeó la cintura de su esposa con el brazo.

—Y por eso he convencido a todo el mundo de que arreglemos mi casa primero —le dijo a Ambrel—. Para que pueda ser nuestra casa.

—Es una casita de ensueño —replicó ella—. Libre de fantasmas y de grifos.

Terlu no hizo mención alguna a que fuera la que había elegido para que fuera suya.

Estaba claro que la propuesta que le había hecho Yarrow de quedarse con la casa que quisiera ya no seguía en pie, ahora que los dueños legítimos habían regresado.

Le sorprendió lo mucho que eso la complacía.

Se preguntó cómo se sentía él ante el prospecto de tener a una compañera de casa más permanente.

No había vuelto a mencionar nada sobre arreglar las demás casas desde el primer día, así que quería pensar que no le importaba.

Debería preguntárselo, en vez de asumir que le da igual .

Aunque lo más probable es que se encoja de hombros .

O tal vez diría que se estaba más calentito.

Se preguntó si sabía de la existencia del fantasma de Laiken.

—¿Cuándo viste a tu hermano por última vez? —preguntó Terlu—. Me refiero a antes de ayer. —Y la siguiente pregunta: ¿Por qué no se había quedado Rowan también en Belde, con su padre y su hermano? Yarrow había dejado claro que solo estaban su padre y él, al final.

—¿Hace cinco años? ¿Seis? Mi tío y mi tía querían que alguien los ayudara en la floristería, y mi padre pensó que sería una buena oportunidad para mí… Mi tía Rin y mi tío Ubri me ofrecieron enviarme a la universidad, algo que siempre había querido.

—Al final resultó que ya sabía más que la mayoría de sus compañeros de clase —intervino Ambrel con una sonrisa cariñosa—.

Así nos conocimos. Me asignaron como su tutora, para que se pusiera al día con el resto de los alumnos de primer año, pero no necesitó mi ayuda.

—Acarició la mejilla de su esposa con afecto.

—Sí que la necesité —dijo Rowan—. Solo que no con las clases.

Ambrel ensanchó la sonrisa.

—Ningún sentido de la moda.

—Sabía cómo vestir para trabajar en un invernadero —se defendió Rowan—. Pero en Alyssium…

Terlu recordó el instante en el que llegó a la ciudad capital.

La había sobrecogido el amplio abanico de prendas que llevaba la gente.

No lo entendió hasta que se dio cuenta de que se trataba de un lenguaje propio.

Las prendas que los ciudadanos decidían comunicaban lo que esperaban de su día, lo que pensaban de sí mismos y cómo querían que los demás reaccionaran ante ellos.

Le pareció una maravilla cuando descubrió que los bibliotecarios llevaban una especie de túnica estándar pero que gozaban de la libertad de adaptarla como quisieran.

Empezó a ponerse cintas de colores vivos que le recordaban a los coloridos pájaros, frutas y habitantes de Eano.

De pronto se le ocurrió que la ropa que Yarrow le había dado probablemente en su día pertenecía a Rowan o a otra de sus familiares. Esperaba que no quisieran recuperarla. No tenía ningún tipo de interés en volverse a poner su vieja túnica de bibliotecaria. Ya no era esa persona.

—El primer día después de clase, me la llevé de compras —dijo Ambrel.

—Me compraste una bufanda. Era lo más bonito que había visto nunca.

—Para la cosa más bonita que había visto nunca.

Rowan sonrió como si su esposa fuera el sol, la luna y todas las constelaciones, y a Terlu por poco se le escapa un suspiro de envidia. Quería que alguien la mirara de aquella manera, con tanta confianza, fe y alegría.

—Estaba decorada con flores y hiedras que me recordaban a los invernaderos, y Ambrel lo sabía… Sabía que echaba de menos mi hogar y quiso darme una porción de mi pasado que pudiera encajar también en mi futuro.

Ambrel le devolvió la sonrisa a Rowan con la misma adoración.

—Me puse la bufanda para nuestra boda —dijo Rowan.

—Y aquí estamos ahora —terció Ambrel—, de vuelta a tu lugar de origen, y quiero ver y experimentar todo lo que ha hecho que tú seas tú, excepto la ropa. No quiero unos pantalones como esos.

Rowan le sonrió a sus pantalones.

—Son resistentes a las espinas.

—Parece que te hayas puesto una carcasa de madera. —Ambrel se volvió hacia Terlu—. Dejando a un lado las cuestiones de moda, estoy encantada de estar aquí. Rowan nunca ha dejado de mencionarme las maravillas del gran invernadero de Belde. Como, por ejemplo, las flores oníricas.

—Díselo —le indicó Rowan a Terlu—. Las flores oníricas son las mejores.

Terlu negó con la cabeza.

—No sé cuáles son.

—¡¿Qué?! ¿Yarrow no te ha enseñado…? Bueno, habrá que ponerle remedio —sentenció Rowan. Agarró a Terlu del brazo y con la otra mano se asió al brazo de Ambrel—. Las dos tenéis que verlo ahora mismo.

—¿Y el desayuno? —preguntó Ambrel.

Terlu se apartó del brazo de Rowan y entregó las tartas de miel a los familiares que tenía más cerca —Harvena y Finnel, si no recordaba mal— para que las repartieran, junto con el té.

—Son de parte de Yarrow —les dijo—. Os… Os verá más tarde. En algún momento. Quizá. De todos modos, ¡disfrutad del desayuno!

Bueno, podría haber sido peor . Al menos nadie le había preguntado por qué Yarrow no había ido en persona.

Esperó que supusieran que simplemente estaba ocupado.

O que era tímido. Pensó en la historia que le había contado y se preguntó si alguno de ellos sabía que al pequeño Yarrow lo habían abandonado en una cueva.

¿Estaban al corriente de ese suceso, ya fuera antes, durante o después?

¿Habían intentado intervenir para evitarlo?

¿Le habían gritado a Rorick y al padre de Yarrow después o simplemente se habían limitado a aceptarlo?

Se preguntó qué otras historias de la infancia no había compartido con ella y si eran mejores o peores.

Con una sonrisa, le dieron las gracias por las tartas de miel y retomaron el trabajo. Terlu se retiró rápidamente y alcanzó a Rowan y Ambrel, que ya se dirigían al invernadero.

Rowan estaba comentando que las flores oníricas eran sus favoritas. Las había encontrado cuando era pequeña y a menudo la atormentaban las pesadillas.

—Las típicas, esas en las que te caes por un acantilado desnuda o que te coma una planta carnívora.

—Es una pesadilla que solo podrías tener tú —le soltó Ambrel.

—No son tan poco comunes —replicó Rowan cuando llegaron al invernadero. Todas se quitaron el abrigo cuando cruzaron hacia la burbuja de verano. El aire olía a tierra cálida y al encanto de las flores recién abiertas—. ¿Y tú, Terlu? ¿Has tenido alguna vez una pesadilla así?

La mía es ser incapaz de moverme, incapaz de hablar, abandonada durante años para perder cualquier tipo de percepción del tiempo, del espacio, de mí misma…

—A veces sueño que me caigo al vacío —mintió.

—Es lo de las plantas carnívoras —le dijo Ambrel a Rowan—. Eso es lo que lo hace poco común.

—¿Has visto alguna vez una planta carnívora?

Disuelven a su presa. Tardan diez días en digerir un insecto.

—Rowan se estremeció—. No digo que no sean fascinantes, preciosas y lo que sea que Yarrow opine sobre ellas, jamás se ha cruzado con una planta que no le gustara, y mucho creo que eso no habrá cambiado, pero hacen que se me ponga la piel de gallina solo con pensar en ellas.

—El que he conocido es una planta legal —repuso Terlu.

—Me esforzaré por ser educada si lo conozco algún día —dijo Rowan—.

A ver… si no recuerdo mal… Ah, sí, ¡por aquí para ir con las flores oníricas!

—Los guio hacia la siguiente puerta y entraron en una sala llena de lilas de distintos colores: morado intenso, lavanda y blanco.

El aroma impregnaba el aire de tal manera que, durante un instante, ninguna de las tras dijo ni mu; siguieron andando, inhalando el aroma de las lilas.

Los arbustos llegaban hasta el techo, densos, con las ramas entrelazadas, enredadas detrás de sus hojas verdes.

Los ramilletes de lilas caían en cascada desde el espesor verde.

—Es precioso —dijo Ambrel en un susurro.

—¿Conocías a alguna de las plantas sintientes?

—le preguntó Terlu a Rowan—. Me refiero a antes de que te marcharas.

—No recordaba qué edad le había dicho que tenía Yarrow cuando las plantas se habían quedado dormidas.

¿Era pequeño? Por la cronología de las anotaciones de Laiken, Terlu sabía que había empezado a despachar a los jardineros antes de iniciar los experimentos con el hechizo de hibernación.

Se preguntaba si, por aquel entonces, alguno de los jardineros sospechó que no se trataba de un sueño natural.

—Dendy solía cuidar de mí cuando era pequeña.

Evitaba que me precipitara al océano o que me comiera alguna baya venenosa, ese tipo de cosas.

Era genial. —Rowan abrió la puerta del siguiente invernadero, que estaba lleno de una hilera tras otra de arbustos con muchas hojas—.

Y Hosha, le nopal, solía regalarme su flor, siempre que le crecía una.

No conocía a Lotti. Supongo que ya se había sumido en el estado latente para cuando fui lo bastante mayor como para deambular sola por el invernadero, o la tenía siempre en el taller, lejos de nosotros.

De todos modos, cuando la magia se desvaneció y dejaron de hablar… Sí, no fue el mejor de los días.

Las echaba de menos . ¿Había echado de menos a su hermano? ¿Se había planteado alguna vez regresar? ¿Habría vuelto si no hubiese caído Alyssium? ¿Lo habría hecho algún miembro de la familia de Yarrow?