Capítulo veinticuatro
A l alba, Terlu se despertó con el aroma de la tarta de miel. Pestañeó y vio seis tartas enfriándose en unas rejillas sobre la mesa, mientras Yarrow mezclaba la masa para hacer otra más.
—¿Cuántas hago? —preguntó él.
—¿Qué? —Terlu se incorporó y se alisó el pelo, que le despuntaba en todas direcciones.
—¿Una para tres personas o una para dos? Tendrán hambre.
—¿Les estás preparando el desayuno a todos?
—Claro que sí. La chica pensó en cómo él le había dado de comer, le había preparado una cama y le había permitido que viviera con él, antes incluso de conocerla bien.
Eso era lo que hacía: aseguraba que no le importaba y luego hacía algo como aquello, que demostraba todo lo contrario. Terlu sonrió.
—¿Nueve tartas? —propuso él.
Eran muchas tartas. Cada molde producía una tarta.
—Si logras preparar tantas, pueden comerse las sobras para el almuerzo.
Yarrow asintió.
—¿Se las llevarás?
—Por supuesto.
—Yo no puedo…
—Lo sé. No pasa nada. Lo haré encantada. Me visto y voy —Podía transmitir mensajes, llevar tartas de miel y lo que fuera mientras él no necesitara. Estaba claro que quizá no era la manera más saludable de lidiar con ello, pero si no estaba preparado, pues no estaba preparado.
Además, ella no era quién para dar consejos sobre cómo tratar con la familia, teniendo en cuenta que ni siquiera le había revelado a la suya que seguía con vida.
—Todavía tengo que hornear la última, así que tómate tu tiempo —le dijo Yarrow.
—Puedo ayudarte…
Desestimó el ofrecimiento con un gesto de la mano y vertió la masa en los moldes.
—Haré doce. Diez para ellos, una para nosotros y una para los dragones del laberinto. Seguramente les encante.
—Sí, a todos les gustará. —Terlu no especificó a quién se refería exactamente, pero no importaba porque los aludía a todos. Salió de la cama y pasó por encima de Emeral, que holgazaneaba al lado del hogar.
Para cuando se hubo lavado y vestido con sus suaves pantalones favoritos y una blusa gruesa que le abrazaba las curvas, Yarrow estaba removiendo unos pétalos de rosa y azúcar en un cazo para preparar un té de rosas mientras se horneaban las tartas de miel.
—Te he apartado un trozo —le dijo sin mirarla.
Terlu vio una porción de tarta de miel en un plato acompañada de mermelada. Solo había un plato y un tenedor.
—¿Has comido?
—No tengo hambre.
—¿Has dormido?
Se encogió de hombros.
—¿Quieres hablar o que guarde silencio? —preguntó Terlu.
Se sentó, mojó un bocado de tarta de miel en la mermelada y se lo metió en la boca.
Era dulce, esponjoso y se apreciaba la acidez de la mermelada de limón y frambuesa.
Por poco se le escapa un gemidito. La hizo sentir como si la hubiesen sumergido en azúcar.
Tenía azúcar por sangre y frambuesa por aliento.
Meneó la cabeza y volvió a centrar la atención en Yarrow.
Era completamente ajeno al efecto que producía su comida—.
Te escucharé siempre que quieras hablar, pero no tienes por qué hacerlo.
Si lo que necesitaba hacer era preparar tartas, no sería ella quien se lo impidiera.
Yarrow envolvió las tartas terminadas con servilletas de tela.
—Cuando era pequeño, mi tío Rorick decidió que debía endurecerme. Me dijo que estaba demasiado apegado a mi padre, y que si iba a ser un ciudadano de provecho del imperio de las Islas Crecientes y, más importante para él, del invernadero de Belde, entonces debía aprender a ser más independiente.
Terlu le escrutó el rostro. Yarrow tenía la mirada fija en las tartas, como si estuviera viendo algo completamente distinto. Esta no va a ser una historia bonita .
—Me dijo que íbamos a jugar a un juego, y que, si encontraba el camino de regreso a casa, ganaría —continuó Yarrow—.
Me convenció de que me pusiera una venda en los ojos y me guio durante lo que me parecieron kilómetros.
Me dijo que contara hasta tres y me quitara la venda.
Cuando lo hice, estaba solo en la oscuridad.
Estaba oscuro como la boca del lobo. Creía que me estaba llevando a uno de los invernaderos en la otra punta de la isla.
Sin embargo, me había conducido a las cuevas que se abren bajo ella.
Y allí me dejó. Sin luz, sin comida y la única agua que tenía era la que podía lamer de las paredes.
—Se quedó callado. El té rompió a hervir.
—¿Encontraste la manera de salir? —Seguramente su tío regresó a por él. O quizá no estaba lejos de la entrada.
—Tres días. A partir de entonces no me gustan ni un pelo los laberintos. Ni las cuevas.
Tres días, bajo tierra, solo en la oscuridad, si comida ni agua. A Terlu la recorrió un escalofrío.
—¿Qué edad tenías?
—Nueve años.
—¿Con nueve años nadie vino a por ti? ¿Ni tus padres?
Negó con la cabeza.
—Mi madre hacía años que nos había dejado, y mi padre… según me contaron, mi abuela discutió con mi padre y mi tío Rorick para que enviaran un equipo de búsqueda, pero se negaron. Hasta prácticamente el final, pensé que vendrían a buscarme. Se suponía que era un juego. Que duraría una tarde.
Terlu quiso acercarse a él y abrazarlo. O presentarse ante las narices de Birch y de Rorick y gritarles a pleno pulmón empleando un vocabulario muy directo.
—Cuando regresé, le pregunté a mi padre por qué no había ido a por mí. —Yarrow sirvió el té de rosas con mano estable y gesto calmado, pero seguía sin mirar a Terlu—. Me dijo que tenía trabajo que hacer.
—Lo siento mucho, Yarrow. — Yo habría ido a por ti , quiso decirle. Alzó su taza y el té le calentó las manos. Aspiró el dulce vapor—. No estuvo bien lo que hizo. Eras un niño. Aunque no hubieses sido… Lo siento.
Asintió secamente. Parecía tan tenso que Terlu pensó que se haría pedazos si salía al aire libre. No tocó su té.
—Si te preguntan por qué no les he llevado las tartas yo mismo…
—Les diré que tenías trabajo que hacer.
Por poco esboza una sonrisa.
Sola, Terlu acarreó las tartas de miel y la tetera por el caminito nevado hasta el taller del hechicero.
Prestó atención al leve susurro del viento sobre la nieve.
El cielo estaba completamente despejado y el aire olía a pino y mar.
Desde la distancia le llegó el sonido de unas voces alegres y el retumbo metálico de un martillo.
Los parientes de Yarrow se agolpaban alrededor de la casita azul.
—Para que lo sepáis, en aquella vive una familia de grifos salvajes —les dijo Terlu mientras señalaba el camino que conducía a la primera casa que había visitado—. Os he traído el desayuno.
Con una sonrisa, una mujer de pelo negro y dorado se apresuró hacia ella: la hermana de Yarrow, Rowan.
Terlu la reconoció al instante del día anterior.
Tenía los mismos pómulos que Yarrow pero la sonrisa más ancha.
Llevaba puesto un pesado abrigo marrón por encima de un recio mono de trabajo.
Se había recogido las trenzas con un lazo morado.
—Eres una joya. Sí, sabemos lo de los grifos.
Era la casa de nuestra difunta tía Misla, y nos confesó antes de fallecer que había dejado una tarta en el armario, lo que supone un delito contra las tartas y una invitación para una bandada hambrienta…
los grifos salvajes son unos glotones y les pierde el dulce. Te llamas Terlu Perna, ¿verdad?
—Sí. ¿Tú eres Rowan? Bienvenida a casa. —Recordó que Yarrow le había dicho que la casita azul, a la que le había echado el ojo antes de saber que Yarrow la acogería en su propia casa, era la de su hermana.
También era la que sería más fácil de rehabilitar, quizá porque no había estado abandonada durante tantos años como las demás.
Terlu se fijó en que su familia había echado mano a las herramientas de Yarrow y a sus provisiones y se preguntó qué le parecería a él eso.
Probablemente no le importe, siempre y cuando no tenga que hablar con ellos —. Espero que hayáis pasado buena noche.
—Ah, sí, he dormido a pierna suelta. Los que se quedaron en la planta superior han pasado la noche en vela, debido al fantasma, pero adecentaremos las casas en un periquete.
—Rowan liberó a Terlu del peso de la tetera—.
Ven, vamos a llevar todo esto al taller.
La mayoría están allí preparándose. ¡Ambrel! ¡Terlu ha traído desayuno!
Ambrel corrió hacia ellas. Era más bajita que Rowan y tenía la piel de un tono azul cielo y la cara redondeada. Llevaba puesta una blusa holgada con flores bordadas debajo de un abrigo azul, que estaba cubierto de serrín.
—Mi esposa, Ambrel —la presentó Rowan.
Terlu la saludó.
—Nos conocimos ayer, pero… ¿has dicho un fantasma?
—El hechicero, Laiken —contestó Rowan—. No nos tomó por sorpresa. Era un hombre mágico y desdichado, exactamente el tipo de persona que dejaría un fantasma tras su marcha.
—A mí sí me sorprendió —objetó Ambrel.
Rowan se encogió de hombros, un gesto tan idéntico al de su hermano Yarrow que a Terlu por poco se le salen los ojos de las órbitas mientras la miraba fijamente.
—Es inofensivo. Solo gimotea.
—Por mí, como si canta arias, no me gustaría vivir allí —dijo Ambrel.
¿El fantasma de Laiken moraba en la planta superior de su taller?
Terlu había creído que el lugar estaba encantado, pero no se había dado cuenta de que lo estaba de verdad.
Recordó lo lúgubre y espeluznante que le había parecido y cómo no había querido volver a subir las escaleras después de aquella primera vez.
Incluso había pensado que no le sorprendería que la desesperación del hechicero permaneciera en el mundo, pero jamás habría creído que los vestigios del propio hombre siguieran deambulando por la isla.
Podría haber sido útil saber que su fantasma todavía vagaba por entre ellos.
—¿Se puede comunicar? —Si le pudiera decir qué hechizos usar o cuáles eran un mero experimento o, peor, con graves deficiencias…