El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo veintitrés #3
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Capítulo veintitrés #3

—Vas a tener que comunicarte con tus familiares en algún momento, de alguna manera u otra —le dijo, apartando a un lado el asunto de los hechizos y las estatuas por el momento—.

Al menos para decirles qué tareas deben hacerse en los invernaderos.

—De lo contrario, harían lo que creyeran oportuno, y eso a Yarrow podría ser que le gustara todavía menos.

Sería mejor que aunara sus esfuerzos con los de su familia.

—Sabrán qué hacer. —Yarrow llenó un cuenco con agua para Emeral y le dio un trozo de pescado para comer. El gato alado aceptó los regalos con un ronroneo complacido.

—Pero es tu invernadero.

—Es el invernadero de Laiken.

—Él ya no está, y has sido tú quien ha estado velando por las plantas —lo contradijo Terlu—.

Creo que eso lo hace tuyo. Por amor y por ley.

—No estaba del todo segura de si la ley que afectaba a las propiedades abandonadas se había visto alterada con el cambio de gobierno, pero sabía que los largos años que Yarrow había estado allí le daba todo el derecho a reclamarlo.

Había dedicado sangre, sudor y lágrimas a aquella isla.

—Todavía no. Más tarde, hablaré con ellos. Con algunos. Cuando haga falta.

Terlu escrutó su rostro, su mandíbula apretada, las arrugas en su frente. Tiene miedo .

—Te he dicho «de alguna manera». No tienes por qué hablar con ellos directamente, si no quieres. Puedo hacerlo yo en tu nombre siempre que lo necesites. Si quieres informarles de lo que sea sobre los invernaderos o las casas de la isla, puedo ser tu mensajera.

—¿Haría eso por mí? —Yarrow la miró con los ojos muy abiertos.

—Por supuesto. — Ha dicho que estaría dispuesto a que lo convirtieran en estatua conmigo —.

No tienes por qué enfrentarte a ellos hasta que estés listo.

—¿De verdad pensaba que Terlu iba a forzar una reconciliación, ahora que había dejado tan claro que eso era lo último que quería?

Era verdad que ella había insistido mucho en enviar la carta, y ahora que la conmoción inicial había pasado, incluso él debía admitir que la misiva había sido un enorme, aunque inesperadamente complicado, éxito.

¡Había tantos jardineros! Pero no pensaba presionarlo más de lo que ya lo había hecho, no ahora que comprendía al menos un poco más cómo se sentía él.

—No dejas de sorprenderme, Terlu Perna.

Esperaba que eso fuera algo bueno.

—Creo que todo va a salir bien —dijo ella con voz alegre.

Tal vez las leyes contra el uso de la magia habían cambiado.

Tal vez los jardineros aceptaran que usara los hechizos sin problemas.

Tal vez todas sus preocupaciones solo eran una reacción al trauma que había vivido y no tenían fundamento en la realidad.

Tal vez la caída del imperio significaba la caída de los inspectores imperiales y el indulto de todos los delincuentes. Tal vez todo iría bien.

Yarrow profirió un sonido parecido a una risa.

—¿Qué pasa?

—No permites que nada apague tu luz —dijo Yarrow—. Te sentenciaron a un destino peor que la muerte, no me digas que no fue así. Lo perdiste todo. Te castigaron injustamente. Estás aterrada de que te vuelva a pasar. Y, aun así, ¿recibes a todo el mundo con los brazos abiertos? ¿Por qué?

—Pues yo… —Jamás le habían preguntado eso, ni siquiera se lo había planteado—.

¿Qué alternativa hay? —Mientras hacía la pregunta, Terlu se dio cuenta de que Yarrow había elegido la alternativa.

No se había marchado con su familia. Había elegido quedarse atrás, solo, para dedicar el resto de su vida a algo que todos los demás consideraban que era una causa perdida—.

Supongo que elijo pensar que todo va a ir bien porque, al menos, aunque no pueda controlar lo que ocurra sí que puedo controlar cómo me siento al respecto.

—Simplemente eliges.

Terlu lo rumió unos segundos.

—Eso es.

Yarrow negó con la cabeza.

—Yo no estoy hecho así.

—También está bien.

—Mmm…

Ambos se quedaron callados. Yarrow se dirigió a la cocina y empezó a cortar una calabaza y luego un tomate. Terlu observó un instante mientras cortaba unas rodajas finas y precisas, y entonces se dedicó a avivar el fuego. Cuando terminó, buscó la escoba y barrió el suelo.

—No hablas —constató Yarrow.

—He pensado que necesitarías un rato en silencio.

—Ah, es… Sí. —Su voz estaba tan cargada de alivio que le arrancó una sonrisa a Terlu.

Sin mediar palabra, él cocinó mientras ella limpiaba, y después tomaron la cena y se prepararon para dormir, todo en silencio.

Terlu se preguntó si la familia de Yarrow se habría acomodado para pasar la noche, si podrían dormir, qué tipo de sueños (o pesadillas) tenían tras haberse visto obligados a dejar atrás las vidas que se habían construido y que habían visto hacerse añicos.

Solo cuando apagaron las lámparas, las llamas del fuego prendían bajas y Terlu estaba a punto de meterse en la cama, Yarrow habló:

—Se está más calentito juntos.

—Es verdad.

Terlu se metió en la cama de él y Yarrow la cubrió con la colcha.

—No voy a… —empezó a decir el jardinero.

—Solo vamos a dormir.

—Gracias —le dijo tras unos segundos de silencio, antes de pasar un brazo alrededor de la cintura de ella y acercarla a su cuerpo.

Fuera, el mundo también estaba en calma, con la excepción del leve ululato de un búho.