El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo veintitrés #2
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Capítulo veintitrés #2

Terlu esperaba que no se tratara de un error.

Cuando llegó a la casa de Yarrow, se encontró con la puerta cerrada con llave. Terlu llamó.

—¿Quién es? —respondió él.

—Terlu.

—¿Y quién más?

—Vengo sola.

Oyó una silla que se arrastraba por el suelo de madera. Se abrió la puerta, asomó la cabeza fuera, escrutó el caminito nevado y se apartó. Ella entró y colgó el abrigo mientras él cerraba la puerta con llave.

—Lo siento —se disculpó—. En ningún momento me imaginé que vendrían todos.

Yarrow exhaló por la nariz. No era un sonido de «no te creo», sino más bien uno de «no estoy contento con esta situación», lo que le hizo tener un ápice de esperanza.

¿Quizá todo mejoraría cuando los recién llegados se instalaran y hubiesen arreglado sus casas?

Esperaba que no tocaran ninguno de los papeles y cuadernos que había en el taller de Laiken.

Tenía los más importantes allí con ella, sobre el escritorio de Yarrow, pero quizá había más cosas que debía consultar.

Si es que iba a seguir haciendo magia.

El número de ojos había aumentado sustancialmente.

No estaba segura de poder seguir con sus experimentos sin llamar la atención.

Ya era lo bastante malo que las plantas sintientes estuvieran despiertas y ocupadas conjurando hechizos para arreglar las grietas de los cristales del invernadero.

¿Quizá dan por sentado que fue Laiken quien les enseñó a las plantas a hacer magia?

O quizá a aquella familia de jardineros no le importaría, siempre y cuando se arreglaran los invernaderos… Estaba confiando en demasiados «quizá».

No tienen ningún otro lugar al que ir —dijo Terlu.

Por ese motivo, tal vez le guardaran el secreto, si (o cuando) lo descubrieran.

No les convendría que los inspectores imperiales se fijaran en la isla…

si es que seguía habiendo inspectores imperiales.

Según lo que habían dicho Marin y los familiares, el imperio había caído.

¿Qué significaba eso para sus leyes y sus cuerpos de seguridad?

¿Quién estaba a mando y qué postura tenía en cuanto al uso de la magia sin licencia?

Añadió todo eso a la lista de preguntas que quería hacerles a los familiares de Yarrow, sutilmente—.

Y, al menos, aquí sabes que están a salvo.

—Actúan como si estuvieran en casa —terció Yarrow, que se acercó a la ventana y miró por ella, como si estuviera esperando que un miembro de su familia fuera a asomarse en cualquier momento de detrás de un pino—. Y, sin embargo, todos ellos abandonaron este lugar y no miraron nunca atrás.

Ella se había marchado de Eano y no había vuelto, pero todavía pensaba en la isla como su hogar. Su hogar de la infancia, al menos. Siempre ocuparía un rinconcito de su corazón, aunque su futuro no estuviera allí. Le vino a la mente Ree, tan feliz en el barco de Marin… él había encontrado su lugar.

—No sabes qué pensaban entonces ni qué piensan ahora. Podrías intentar hablar con ellos.

Otro resoplido.

—No tienes por qué perdonarlos, pero nos podrían ayudar. Tienes a una familia llena de jardineros dispuestos a hacer de este lugar un sitio donde vivir. Aprovéchalo.

—Es que… no quiero que cambie nada.

—Creo que las cosas van a tener que cambiar —dijo ella con voz amable. Se había sentenciado así cuando del velero habían bajado tantos recién llegados, cada uno con sus propias esperanzas, sueños y planes. —El imperio ha caído. Todo ha cambiado. —La única pregunta era cuánto había cambiado.

—No, para mí no. Los demás pueden hacer lo que quieran, pero yo quiero seguir experimentando con los hechizos de los invernaderos. —Debió de ver la vacilación en la expresión de ella, porque añadió—: A menos que no quieras… Quiero decir, puedes hacer lo que te apetezca, por supuesto.

Intentó hallar las palabras adecuadas para responder.

Terlu quería seguir probando con los hechizos, pero ¿debería hacerlo?

¿Era una opción sensata, en ese momento?

¿O sería más prudente esperar? Pero, si esperaba, ¿cuántos invernaderos más morirían?

Lo que estaba haciendo era importante. Más que eso, era lo correcto.

Pero ¿los recién llegados lo verían del mismo modo?

—Ya no estamos solos nosotros y las plantas —arguyó Terlu.

—Podríamos fingir que es así —dijo Yarrow—. Con un poco de esfuerzo, creo que podemos ignorar a mi familia por completo y actuar como si no existiera.

Terlu se rio.

Él no la acompañó.

—Ah, espera… que hablas en serio. Eso no es ni saludable ni práctico, pero, aunque hiciéramos como dices…

podría haber inspectores imperiales deambulando por ahí, en busca de malhechores, quizá incluso buscándome específicamente a mí.

No sabemos qué ha cambiado con la revolución. Podría ser que fuera peor, no mejor.

Yarrow le tomó las manos.

—No permitiré que te pongan ni un dedo encima.

—No podrás detenerlos.

—Entonces seremos estatuas juntos. —Se había acercado a ella y estaba a escasos centímetros—. Van a tener que fabricar un pedestal doble para los dos, porque no te pienso soltar.

Terlu notó un nudo en la garganta y le escocieron los ojos y se le emborronó la vista. Lo que acababa de decir era… bueno, terrible, pero también precioso, dulce y perfecto. Pestañeó con fuerza, intentando no echarse a llorar.

Yarrow captó un movimiento repentino fuera y le soltó las manos, se acercó a la puerta y la abrió. Emeral entró con paso lento, la cola en alto y las alas recogidas sobre el lomo.

Terlu se enjugó los ojos y retomó el control de sus emociones.