El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

M ientras Terlu los guiaba hacia la torre del difunto hechicero, atisbó una alfombra de follaje que obstruía una de las ventanas. Las plantas estaban observando cómo se acercaban. Las saludó con la mano, con la esperanza de que estuviera haciendo lo correcto.

Al instante, el verde del cristal se desvaneció.

Unos segundos después, la puerta se abrió de par en par y las plantas sintientes salieron en tropel.

Y el reencuentro que había esperado que tuviera lugar entre Yarrow y su familia ocurrió entre las plantas y la gente.

Las plantas se agolparon alrededor de los familiares de Yarrow, y hubo abrazos, risas y charlas.

El filodendro, Dendy, trepó por el cuerpo del padre de Yarrow al tiempo que hablaba con él, mientras que la cala, Viria, se desternillaba sonoramente con el tío de Yarrow, Rorick.

El niño pequeño, Epu, señaló con su dedito regordete a Risa, quien lo rodeó con sus zarcillos como si fuera una boa constrictora.

Epu se rio, pasándoselo en grande. Al ver cómo se desarrollaba la escena, Terlu por fin sintió que había hecho algo correcto, posiblemente.

Se metieron todos dentro y las personas y las plantas no tardaron en llenar el taller hasta los topes, pero al menos se estaba más caliente que fuera.

Todos los presentes empezaron a hacer espacio: movieron la mesa de trabajo a un lado de la estancia, colocaron los taburetes y la silla del escritorio para que los familiares mayores se sentaran cómodamente y apartaron los cachivaches de Laiken.

Terlu se alegraba de haber llevado las anotaciones y los diarios que necesitaba a la casa para estudiarlos.

El resto estaban archivados ordenadamente en las estanterías y solo había algunos montones de papeles sobre la mesa. Esperaba que nadie husmeara en ellos.

—Empezaremos a arreglar nuestras casas pronto —dijo Harvena, la anciana que a Terlu le recordaba a un emú por sus pequeños ojos negros y las piernas largas. Tenía el ceño siempre fruncido, lo que le hizo pensar en Yarrow; quizá la frente arrugada era algo genético.

—¡Me muero de ganas de enseñarte mi casa!

—dijo la hermana de Yarrow a su esposa. Rowan y Ambrel , recordó Terlu.

Y el padre de Yarrow y de Rowan se llamaba Birch.

Los demás eran Vix, Rin, Finnel, Ubri… Revisó los nombres mentalmente y los grabó en su memoria—.

Si todavía sigue en pie, claro, no hay ninguna garantía —añadió Rowan.

Algunos de los familiares subieron al dormitorio de Laiken.

Terlu supuso que algunos podían dormir allí arriba y otros en el suelo de la planta baja.

Estarían apretados, pero era factible, siempre y cuando no les importaran las sombras escalofriantes.

Quizá los vestigios de miasma desaparecerían con la adición de tantas personas vivas.

Esperaba que el cuarto de baño pudiera hacer frente al incremento de afluencia.

Sabía que estaba operativo, puesto que ella lo había usado, y estaba bien en cuanto a que no había moho ni otras cosas desagradables, pero no había suficientes toallas ni jabón…

—Nos apañaremos —dijo Birch, el padre de Yarrow, a su lado.

Estaba apoyado sobre el bastón mientras examinaba el que había sido el taller del hechicero.

Se preguntó si llevaba la preocupación escrita en la cara, y llegó a la conclusión de que debía de ser así, dado que él, evidentemente, había sentido la necesidad de tranquilizarla—.

Si hubiésemos necesitado todas las comodidades listas ante nuestra llegada, habríamos avisado de que veníamos.

—¿Por qué no lo hicisteis? —Sonrió para suavizar la pregunta—.

Está bien que no lo hicierais, sois más que bienvenidos, pero podríamos haber preparado comida, artículos de aseo, lugares donde dormir.

—No tenía claro cuándo habrían hecho todo eso, entre despertar las plantas sintientes y rescatar las plantas del invernadero moribundo, pero lo podrían haber intentado.

—Algunos querían responder a la carta de Yarrow, pero se lo veté. No quería arriesgarme a que cambiara de opinión y nos retirara la invitación, algo que habría hecho de haber sabido que yo iba a venir.

—¿Por qué haría algo así? Usted es su padre. Lo quiere. —Además, Yarrow necesitaba la ayuda.

Birch suspiró, y sonó tan igual a Yarrow que no cabía duda de que estaban emparentados, aunque el anciano tuviera un espeso pelo gris, a diferencia del cabello negro y dorado de Yarrow y Rowan.

Sus cejas eran más pobladas, como dos orugas lanudas que se estaban tomando una siesta sobre sus ojos.

Tenía los mismos ojos, los que parecen que albergan una profundidad inmensa tras ellos, aunque los del anciano presentaban más reflejos ambarinos en el iris verde, y el mismo brillo dorado en la piel.

Si los dos hombres se parecían en algo, se preguntó cuántas cosas habrían quedado sin decir entre ellos.

—No le gustó que me marchara —dijo Birch.

—Pero estaba enfermo. Eso me dijo. Tuvo que marcharse.

—No le gustó cómo me sentía yo. Intenté obligarlo a que me acompañara. No creía que fuera bueno para él quedarse aquí, en una isla desierta, solo.

Por más que Terlu estuviera de acuerdo en eso, obligarlo no era la solución. Lo que debería haber hecho el padre de Yarrow era regresar, en cuanto hubiese recuperado las fuerzas suficientes para aguantar el viaje. Pero esto se lo guardó para sus adentros.

—Tenía que ocuparse del invernadero.

—Pero no tenía por qué. No era su responsabilidad. El hechicero —hizo un gesto con el bastón que abarcaba todo el taller— ya había muerto por entonces, y todos habíamos hecho lo que estaba en nuestras manos, en mi opinión. No había ningún futuro aquí.

La voz se le empañó de cierta irritación. No pudo evitarlo.

—Si no se hubiese quedado aquí, entonces sí que no habría ningún futuro. Abandonar este lugar habría sido la condena del invernadero.

—Eso es exactamente lo que me dijo Yarrow. —Birch le dedicó una amplia sonrisa, y Terlu vio fragmentos de la sonrisa de Yarrow en la del anciano—. Ya veo por qué le gustas a mi hijo.

No estaba demasiado segura de que en este preciso instante le gustara demasiado, dado que había sido su idea la que había desencadenado esa… avalancha, pero no le llevó la contraria, sobre todo un hombre que compartía la sonrisa de Yarrow.

—Sin él, las plantas no habrían sobrevivido, mucho menos prosperado. Ha hecho un trabajo increíble, incluso a pesar de que los encantamientos le iban fallando.

—Los invernaderos se estaban muriendo —dijo Birch—. Sabía que era cuestión de tiempo que todos colapsaran. Se lo dije… —Volvió a suspirar—. Le dije que los dejara morir. —Esta última parte la pronunció en voz queda.

Terlu miró a la planta que tenía más cerca, la margarita, pero no parecía haberlos oído. Estaba charlando con uno de los primos de Yarrow, mientras le cardo mecía su flor globular felizmente.

—En ningún momento pensé… No tenía ni idea de que las plantas parlantes estuvieran dormidas. Pensaba que nos habían dejado y que estábamos viviendo en un cementerio. No creía que hubiese un futuro aquí. Yarrow… no estuvo de acuerdo conmigo. No nos separamos en buenos términos.

—Entonces, cuando recibió su carta… —Empezaba a comprenderlo.

Yarrow quería ayuda para salvar el invernadero, y solo por eso le había dado permiso para que enviara la carta.

No esperaba ni quería un reencuentro ni una reconciliación; su único objetivo era salvar las plantas.

Nada más ni nada menos. Pero Birch había interpretado la carta como algo más.

Esperaba algo más—. Los invernaderos se siguen muriendo, pero tenemos la esperanza de poder revertirlo.

—Quizá me rendí demasiado pronto —apuntó Birch.

O tal vez no tienes ningún otro lugar al que ir y te estás aferrando a cualquier retal de esperanza que veas , pensó Terlu, pero no lo dijo en voz alta. Sabía lo que se sentía, y eso le daba ganas de querer abrazar a todos los refugiados.

—¿Habéis comido algo? A ver si os puedo traer algo de comer…

Una de las tías de Yarrow, Rin, una mujer con tatuajes descoloridos en forma de flores en las mejillas, dijo:

—Tenemos suficiente para unos cuantos días. Pero no te preocupes, querida, no nos asusta el trabajo duro. Arreglaremos los invernaderos para que den sus frutos en un periquete.

Los invernaderos de hortalizas a Yarrow ya le daban buenos resultados sin necesidad de intervención externa.

Sintió una punzada de inquietud. No le iba a hacer ni pizca de gracia que toda aquella gente invadiera su espacio.

Por otro lado, no podía hacerlo solo. La pérdida del invernadero tropical era una muestra de ello.

Esto funcionará . O al menos eso esperaba.

—Birch, ¿me puedes ayudar con el fuego? —dijo Harvena, la tía parecida a un emú.

Caminó cojeando por el taller hacia ella. Rowan estaba agachada al lado de la estufa, con un manojo de ramitas en la mano.

—Yo sé hacerlo —protestó ella.

—Sí, pero eres un desastre —le soltó Harvena—. ¿Birch?

Rowan chilló en señal de protesta y su esposa, Ambrel, se echó a reír.

Empezó a relatarle una anécdota a Harvena en la que Rowan había sido incapaz de hervir el agua para preparar un té.

Harvena se desternilló a gusto. El tío de Yarrow, Rorick, intervino para contar una historia que incluía caracoles, mejillones y una joven Rowan que no se había enterado de que no se debían comer las cáscaras…

—Volveré pronto —les prometió Terlu, pero ninguna de las personas ni las plantas le estaba prestando atención.

Estaban ocupados arrastrando alegremente sus posesiones e instalándose para pasar la noche.

Unos pocos se habían aventurado fuera, para explorar qué trabajos necesitaban las casitas para hacerlas habitables de nuevo.

Tenía la clara sensación de que no era ella quien llevaba la batuta, y sabía que Yarrow tampoco. Sus familiares habían irrumpido en su vida y, fuera para bien o para mal, se estaban acomodando como en casa.