Capítulo veintidós #3
—Puedo pagarte. Rijes Velk. Es, o era, la directora de la Gran Biblioteca de Alyssium.
No sé dónde podría estar ahora, si el edificio ardió.
— Por favor, que haya sobrevivido . Terlu no quería pensar que alguien se hubiese sacrificado por ella.
O que una persona tan amable, brillante e indómita como ella hubiese sufrido.
Detrás de Marin, el segundo marinero, el hombre del pelo morado y los cuernos diamantinos dijo:
—Lo sentimos mucho, pero no vamos a volver a Alyssium.
—Los planes cambian, Dax —lo contradijo Marin mientras Terlu le colocaba el rubí en las manos.
—Pero me dijiste…
—Es un rubí, Dax. Un pedrusco enorme. —Alzó la gema hacia la luz y soltó un silbido—. No te puedo asegurar que la encuentre —le dijo a Terlu.
—¿Me puedes garantizar que lo intentarás? Si la encuentras… —Notó que se le formaba un nudo en la garganta. ¿Cómo se podían hallar las palabras adecuadas para darle las gracias a la mujer que te había dado una segunda oportunidad? ¿Una segunda vida?
—No pienso matarla, si es lo que quieres. —Marin habló con voz ligera, pero la mirada de sus ojos era seria.
—¿Qué? ¡No! Quiero que te asegures de que está bien.
Sácala de la ciudad, si hace falta, y llévala a dondequiera ir.
Y… ¿le podrías dar las gracias en mi nombre?
¿Por favor? —Terlu no sabía si la directora había sobrevivido al estallido de violencia, pero de ser así…
Me salvó mientras su mundo se caía a pedazos a su alrededor .
Por lo que Terlu había deducido de las conversaciones de los familiares de Yarrow, había sido una situación aterradora.
Durante la revuelta, la zona de la ciudad donde vivía su familia había sido destruida.
Poco importaba que muchos de ellos apoyaran a los revolucionarios.
El fuego no hacía distinciones. Habían perdido sus tiendas, sus casas, su sustento y se habían tenido que enfrentar a una vida como refugiados en cualquier isla que los acogiera cuando Marin los encontró y les entregó la carta.
Marin sonrió y se metió el rubí en el bolsillo.
—Eres rara, pero me gusta tu estilo. Si es posible, lo haré.
Mucha suerte con todos estos. —Apartó la embarcación del muelle—.
Y dile a tu jardinero que regresaré para el festival de invierno con las provisiones de siempre, multiplicadas por diez para las nuevas incorporaciones a la isla, sobre todo si puede conseguirme semillas de calabacín… lo prometo.
—Gracias.
—Ree, iza las velas —ordenó Marin.
—¡Sí, mi capitana! —gritó la planta y se apresuró hacia un cabrestante agitando las ramas entusiasmado. El otro marinero, Dax, fue a ayudarlo y entre los dos izaron la vela.
Terlu se los quedó mirando un instante. Ree, por lo visto, había encontrado su lugar. Esperaba que los tres fueran capaces de localizar a Rijes Velk y que, cuando lo hicieran, estuviera bien y a salvo. He hecho todo lo que he podido .
Mientras se alejaban del muelle, Terlu regresó a la congregación de refugiados e intentó sonreír como si fueran visitantes normales y no acabaran de darle la noticia de que el mundo se había puesto patas arriba.
Yarrow no estaba haciendo ni el amago de ser hospitalario. Parecía como si deseara poder zambullirse en el mar y nadar tras Marin. Estar en cualquier otro lugar menos allí.
—Deberíamos hacerlos pasar dentro, donde no hace tanto frío —le dijo Terlu cuando llegó a su lado. Habló en voz baja para que solo lo oyera él.
—En mi casa no —le contestó Yarrow en un susurro con un deje de pánico en la voz.
—¿En la torre de Laiken? —le preguntó ella—. Está más cerca. —En algún momento tendrían que conocer a las plantas sintientes. Quizá fuera un reencuentro para algunos de ellos.
—Vale.
—¿Quién es quién? —le preguntó Terlu en un bisbiseo mientras oteaba la muchedumbre.
La hermana de Yarrow se abrió paso hasta la primera fila.
—Soy la hermana de Yarrow, Rowan. Y ella es mi esposa, Ambrel.
Mi primo, Vix. Mi tía, Rin. Señaló a cada una de las personas y dijo su nombre, luego continuó por la multitud.
La mayoría eran familiares, le explicó ella, pero algunos eran vecinos o amigos cercanos de la familia.
El bebé, Epu, era el hijo de su vecina, una mujer llamada Pipa que lucía unos tatuajes en forma de zigzag en sus pálidas mejillas verdes.
Terlu se embutió todos los nombres que pudo en la cabeza, empleando un truco que había desarrollado cuando llegó por primera vez a Alyssium: les asignaba a cada uno un pájaro o animal diferente; una ardilla para el primo Finnel (pelo castaño y nariz pequeña), un gorrión para el tío Ubri (pelo plumado y movimientos enérgicos), un pato para el primo Percik (una amplia sonrisa parecida al pico abierto de un pato), un emú para la tía Harvena (ojitos negros y brillantes y piernas largas)…
—Y yo soy Rowan, el padre de Yarrow. —dijo el hombre mayor del bastón tras acercarse a ella—. Me llamo Birch. Yarrow… hijo mío… me alegro de volver a verte.
Terlu miró a Yarrow, esperando que por fin presenciaría el reencuentro que estaba segura de que él había estado anhelando.
Durante mucho tiempo había estado a solas con su padre, y este solo se había marchado porque había enfermado demasiado para quedarse.
No le cabía duda de que Yarrow lo saludaría.
Yarrow gruñó, se dio media vuelta y se alejó de vuelta al invernadero.
—Tenía la esperanza de que me hubiese perdonado, a estas alturas —se lamentó Birch.
Terlu no sabía que había algo que perdonar. ¿Por qué no me dio más información antes de que escribiera la carta? Obligándose a sonreír de nuevo, Terlu le dio una palmadita en el brazo al padre de Yarrow.
—Entrad, todos. Ha sido un viaje largo.