El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo veintidós #2
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Capítulo veintidós #2

Ella no estaba tan segura. Tenía que haber algo más.

—No han vuelto por los invernaderos —añadió Yarrow—. No por mí. Si de verdad se preocuparan por mí, habrían respondido a la carta primero y habrían invadido la isla después.

—Eso no lo sabes. No vas a saber nada hasta que no hables con ellos.

Mientras bajaba por los escalones, Terlu esbozó una sonrisa y saludó con la mano.

En el océano, las olas bailaban bajo el cielo manchado de nubes.

Oteó el mar en busca de la sierpe marina, pero no vio ni rastro de su lomo escamado mientras caminaba hacia el muelle.

Detrás de ella, oyó que Yarrow la seguía, y se sintió aliviada.

No sabía muy bien cómo se lo habría explicado si él se hubiese dado a la fuga.

—¡Hola! ¡Bienvenidos a Belde! —gritó con una sonrisa genuina.

El arbusto asomó la copa de debajo de la cubierta.

—¡Terlu! ¡Yarrow! ¡Tierra a la vista! —chilló.

—¡Hola, Ree! —lo saludó Terlu—. Parece que has traído el barco hasta los topes.

Lleno hasta arriba. ¿Cómo ha cabido todo el mundo?

—Comparando el número de personas y la montaña de muebles, maletas y arcones con el tamaño del barco…

no parecía ser logísticamente plausible.

Extendió los brazos para abarcar a todos los miembros de la familia de Yarrow—. ¡Bienvenidos, todos!

Marin sonrió mientras ayudaba a otro de los parientes de Yarrow a desembarcar: una mujer de mediana edad con un mechón de pelo blanco en el centro de su cabeza, por lo demás calva.

—Mi barco tiene algunos truquillos bajo la manga. O bajo el casco, para ser precisos —dijo la marinera y le guiñó el ojo a Terlu—. Aun así, hemos ido apretados. Algunos están muy contentos de que estemos en tierra firme.

—Lo siento, Marin, señora —dijo el hombre al que acababa de ayudar—. Limpiaré el barco una vez, ya sabe, que el suelo no se meza ni zarandee tanto.

—No, gracias, caballero. Quédese en tierra. A poder ser, de modo permanente. No creía que fuera posible que un cuerpo expulsara tanto y todavía retuviera las entrañas. —Le dio una palmada en el hombro—. Quizá sea buena idea que no coma nada durante un día o dos, ¿sí?

—O una semana —convino él. Pero estaba sonriendo.

Era una sonrisa de dientes torcidos cálida y amigable, con los ojos arrugados.

Desvió su sonrisa hacia Yarrow, que aguardaba al final del muelle, y levantó la voz para gritar—: ¡Yarrow!

¡Qué bueno verte! Tienes buen aspecto. ¿Te acuerdas de mí? ¿De tu tío Rorick?

—¡Yarrow! —Una de las mujeres mayores se acercó corriendo con lágrimas en los ojos—.

¡Ay, cuánto has crecido! ¡Mírate! —Lucía unos tatuajes en forma de flores sobre las mejillas doradas y los pétalos de tinta le enmarcaban las lágrimas—.

Te acuerdas de mí, ¿verdad? ¿De tu tía Rin?

¡Ay, el pequeño Yarrow ya es todo un hombretón! ¡Mírate!

Y eso desencadenó el caos: los recién llegados avanzaron en masa por el muelle mientras graznaban su nombre. Terlu atisbó el pánico en los ojos del jardinero y se colocó delante de él. Se impostó una enorme sonrisa falsa en la cara y dijo:

—¡Hola! Me llamo Terlu. ¿Qué os parece si damos todos un paso atrás para que Yarrow pueda respirar? —Hizo gestos para ahuyentarlos, como si fueran unas gallinas que se agolparan alrededor del comedero.

Detrás de ella, Yarrow colocó una mano sobre su hombro. No estaba segura de si era en señal de advertencia o de agradecimiento, pero no pensaba permitir que lo avasallaran en su propia isla.

—Es una maravilla que hayáis venido todos —dijo Terlu.

—¿De veras? —murmuró Yarrow cerca del oído de ella.

—No nos esperábamos que vinierais tantos.

¿Todos sois jardineros? —Miró al niño pequeño que se aferraba a la mano de una mujer y tenía la otra metida en la boca.

Por su piel verde claro y pelo blanco, no parecían tener relación con los demás—.

No creo que tengamos espacio para todos para pasar la noche. Marin, ¿podrías…?

Marin dejó una última caja en el muelle.

—Uy, no, no me puedo quedar —anunció por encima de la muchedumbre—. Tengo que hacer otra parada antes de la puesta de sol. Son todo tuyos.

—¡El mar nos llama, y debemos partir… hacia los confines del horizonte bajo el cieeeelo! —cantó Ree.

—¡Bajo el cieeeeelo! —repitió el segundo marinero en armonía. Afinaba con tanta perfección que Terlu sonrió y pensó que las demás plantas podían tomar algunas notas de aquellos dos.

Una mujer de pelo plateado y una amplia sonrisa le dio unas palmaditas a Terlu en el hombro. Tenía la mano huesuda y llevaba puesto un vestido del estilo de la ciudad que tenía unas flores bordadas. No guardaba ningún parentesco con el resto, ¿quizá se había casado con alguien de la familia?

—No te preocupes por el espacio, querida. Arreglaremos nuestras casas, y estaremos bien. A fin de cuentas, aquí es donde pertenecemos.

—¿En serio? —le largó Yarrow.

Ignorando el comentario, el hombre que había dicho que se llamaba Rorick aspiró profundamente por la nariz.

—¡Ay, huele a hogar! —Entonces le sonrió a Terlu de oreja a oreja—. ¿Eres la esposa de Yarrow?

Una mujer que estaba hacia el final del grupo soltó un grito ahogado que casi parecía una risotada. Se trataba de la mujer que Yarrow había dicho que era su hermana, la del pelo trenzado negro y dorado.

—Vaya, ¿Yarrow se ha casado?

Embargada por el entusiasmo, la multitud se congregó alrededor de Terlu, guiada por la mujer de la amplia sonrisa, y tuvo que explicarse: no, no era su esposa. Eran amigos. Lo estaba ayudando con los invernaderos. Ella había escrito la carta en su nombre…

—¿Qué hacéis aquí? —cortó en seco la charla Yarrow.

Sus familiares se quedaron de piedra.

—Tú nos invitaste, Yarrow —dijo una voz masculina.

La multitud abrió paso para que quien había hablado se pusiera delante de Terlu y Yarrow.

Tiene los ojos de Yarrow . Parecía estar mirando a una versión de él, pero envejecida varias décadas.

Era de constitución atlética, aunque las arrugas le surcaban los brazos y la cara.

Llevaba la espalda erguida, a pesar del bastón.

Yarrow miró a Terlu con ojos fulminantes.

—¿Qué diantres pusiste en esa maldita carta?

Ella le devolvió la mirada desafiante. No era culpa suya.

—Exactamente lo que te dije que había puesto. —Vale, sí que en parte era su culpa puesto que la idea de la carta había sido suya, la había escrito, y la había enviado… Bueno, mayormente es culpa mía .

—Entonces lo volveré a preguntar —dijo Yarrow. No había ni rastro de calidez en su voz—. ¿Qué hacéis aquí?

—¿No has oído las noticias de la capital? —respondió Rorick—. Ha habido una revolución. Mataron al emperador y la mitad de Alyssium fue pasto de las llamas. El imperio ha caído. Hasta que recibimos tu carta…

—Creíamos que por eso nos escribías —dijo el padre de Yarrow—. Para salvarnos.

—Estamos aquí —intervino la hermana de Yarrow, con los brazos cruzados y los ojos entornados como si no le hicieran ni pizca de gracia las palabras que estaba diciendo— porque no tenemos ningún otro lugar al que ir.

Hablando unos por encima de los otros, los familiares de Yarrow describieron el caos en Alyssium.

Terlu ya sabía que había tenido lugar una revolución y que habían defenestrado al emperador. Lo que no sabía era que después, durante el consiguiente caos, la biblioteca había ardido.

A Marin se le había olvidado mencionar ese detalle.

No había ardido entera, por suerte, pero sí una parte.

Había muchos libros que seguían en paradero desconocido, y Terlu esperaba que los hubieran robado antes de que hubiesen terminado destruidos.

Un libro robado se podía recuperar, o al menos quienquiera que lo tuviera podría apreciarlo, pero si todos los libros habían ardido o habían terminado en las profundidades de los canales…

Consiguió obtener suficiente información como para saber que la Sala de Lectura Norte, así como una parte del ala norte, se habían perdido.

Si hubiese estado en la Sala de Lectura Norte cuando estalló la revolución…

Terlu se estremeció.

Y entonces se dio cuenta de la verdad: Estaba allí . Así era como se había salvado. Rijes Velk debía de haber aprovechado el caos de la revolución para sacar a Terlu.

Aquella epifanía le quitó el aliento, y mientras concebía la realidad, las voces de los familiares de Yarrow se desvanecieron.

Terlu intentó imaginarse el tipo de caos en el que se había sumido la Gran Biblioteca…

De algún modo, en medio del alboroto, Rijes Velk había pensado en una bibliotecaria de tres al cuarto que había quebrantado la ley y había actuado para salvarla. Era un obsequio extraordinario.

Jamás le voy a poder devolver un favor como ese .

De repente, supo lo que tenía que hacer.

Se separó de la familia de Yarrow, zigzagueó por entre sus miembros mientras se disculpaba y corrió hacia el muelle, donde los dos marineros y el arbusto se estaban preparando para zarpar.

—¡Marin!

Esta estaba desatando la amarra del muelle.

—Te he dicho que no me puedo quedar. Tengo que hacer otra parada y esto ha sido…

Digamos que por algún motivo soy repartidora de suministros y no un maldito transbordador.

Pero me pagaron, aparte de lo que tu jardinero ya me abonó.

Y aquí están, negocio cerrado. —No había perdido la sonrisa, pero parecía tensa.

Para una marinera que siempre viajaba sola, debía de haber sido una travesía incómoda, aunque contara con la ayuda de un segundo marinero y un grumete frondoso.

A sabiendas de que no debía pedir nada más, pero decidida a hacerlo de todas maneras, Terlu se metió la mano en el bolsillo y sacó el rubí del pequeño alijo de los dragoncitos.