Capítulo veintidós
¿G ente? ¿Quién…? Antes de que Terlu pudiera preguntarlo en voz alta, Yarrow salió como una exhalación del invernadero. Ella les echó un vistazo a las plantas. Lotti alzó las hojas, como si fuera un bebé, y Terlu la alzó en brazos y se apresuró tras Yarrow.
—¿Dónde? —preguntó mientras resollaba. Ser bibliotecaria había supuesto correr mucho menos que ser jardinera/hechicera de pega.
Lotti se aferró a la tela de su camisa.
—En el muelle.
—¿Es un barco?
—Sí. Te estás moviendo mucho.
Echó la vista atrás y Terlu vio que las demás plantas las estaban siguiendo dibujando un lazo verde en la nieve blanca.
Se preguntó si era sensato que acudieran las plantas parlantes a darle la bienvenida a los recién llegados.
Por supuesto, las había creado hacía años un hechicero legítimo, y no había ninguna necesidad de que nadie supiera que ella las había despertado recientemente, pero no había manera de saber si las personas que acababan de llegar no sacarían conclusiones precipitadas y causarían unas complicaciones que no querían ni para las que tenían tiempo.
—¿Quiénes son? —preguntó Terlu—. ¿Qué quieren?
—No lo sé —contestó Lotti—. Hemos venido a buscaros en cuanto Dendy ha visto a los pasajeros listos para desembarcar en cuanto el barco amarró en el muelle.
Terlu redujo el ritmo de sus pasos y esperó a que Dendy la alcanzara.
—¿Quieres subirte?
El filodendro trepó por su pierna y se enrolló alrededor de su cintura.
—¡Yo también! —exigió Risa.
Terlu se quedó quieta mientras varias plantas más le escalaban el cuerpo.
Algunas de las más pequeñas metieron los cepellones en los bolsillos de su abrigo.
Cuando todas se hubieron enrollado a su alrededor o hubieron hallado otras maneras de aferrarse (la orquídea se asió a los cordones de sus botas, le cardo hincó sus pinchos en la tela de la manga del abrigo y la margarita colgaba de los rizos de Terlu como si fuera un tocado viviente), ella volvió a correr tras Yarrow.
Lo había perdido de vista por entre los pinos, pero no importaba porque sabía hacia dónde se dirigía.
Mientras trotaba por el caminito cubierto de nieve que conducía al mar, le llegaron voces procedentes del muelle; múltiples voces, masculinas y femeninas, jóvenes y ancianas.
Intentó aplastar la tentación de girar sobre los talones y huir hacia el bosque para llevar las plantas a un lugar seguro.
¿Cuántas personas acababan de llegar? Y ¿qué pensarían de las plantas, de ella, de Yarrow, del invernadero y de la isla de Belde?
Notó que el miedo se le enrollaba alrededor del cuello como un zarcillo y la asfixiaba.
¿Por qué están aquí?
Más adelante, cuando se despejaron los pinos, vio la silueta de Yarrow recortada contra el mar y el cielo.
Estaba con la cabeza gacha, mirando el muelle, el barco de velas plateadas y un puñado de personas que desembarcaban.
Resoplando, llegó a su lado. El sol arrancaba destellos al océano y Terlu tuvo que entornar los ojos para discernir las caras.
A excepción de la marinera Marin, no reconoció a nadie, pero supuso que eso no debía sorprenderla, puesto que había un montón de desconocidos en el mundo.
De verdad, la posibilidad de que conociera a ninguna de aquellas personas era desmesuradamente baja.
—¿Quiénes son? —preguntó ella. Y ¿dónde estaba Ree, el mirto que adoraba el mar y se había marchado con la marinera?
Yarrow desvió la mirada hacia ella y puso unos ojos como platos.
—Mmm…
Terlu se miró el cuerpo, recubierto de verde.
Dendy meneó una hoja hacia Yarrow.
—Eeeey. ¿Cóoooomo va?
Tal vez aquella no fuera la mejor manera de recibir a aquellas personas, sobre todo hasta que no supiera qué le había pasado a Ree, si aquella gente sabía de la existencia de las plantas sintientes de Belde y si alguna de ellas la iba a denunciar al inspector imperial más cercano para que la volvieran a convertir en estatua.
—¿Qué os parece si os marcháis a la torre de Laiken hasta que determinemos si vienen en son de paz?
—sugirió Terlu. Dejó las plantas en el suelo y estas se apresuraron por la nieve hacia la torre.
Observó cómo Dendy se impulsaba sobre su cepellón para abrir la puerta con las hojas antes de preguntarle a Yarrow:
—¿Crees que son amistosos?
—Ya lo creo —respondió Yarrow con voz sombría—. Son amistosos.
Por como lo decía parecía justamente lo contrario.
Oyó el recuerdo del redoble de tambor de la sala de juicio, tan rápido como los latidos de su corazón.
En el muelle, el barco de las velas plateadas estaba descargando una persona tras otra.
Marin estaba a horcajadas entre el muelle y el barco y las ayudaba a bajar.
Un segundo marinero, un hombre con un sorprendente pelo morado y dos cuernos cristalinos que se curvaban dibujando espirales sobre la cabeza estaba levantando cajas, bolsas y maletas.
Como mínimo ya había media docena de personas en el muelle, con arcones y maletas amontonadas a su alrededor.
—Es mi familia —dijo Yarrow—. Toda mi familia.
—¡Ah! Eso es… ¿bueno? ¿No es bueno? ¡Están bien!
Yarrow no se movió.
—Están aquí. No está bien.
Un arbusto se asomó de debajo de la cubierta. Correteó por ella y trepó ágilmente por una de las amarras hasta el mástil. ¡Él también está bien! Terlu sonrió.
—Por lo visto Ree entregó la carta.
No esperaba que tantos acudieran a la llamada.
Uno, quizá, con suerte. Algún primo lejano o una tía desempleada.
La verdad es que se esperaba recibir una carta de respuesta con algunos consejos, o excusas para justificar por qué no podían renunciar a sus vidas por las buenas, cruzar el mar y abandonar sus hogares, trabajos y sueños solo para ir a salvar unas plantas que ya habían dado por perdidas, sobre todo en mitad de una agitación política.
Observó cómo Marin descargaba un espejo, una silla y un perchero y se los pasaba a los recién llegados.
¿Qué significaba que hubiesen venido todos?
¿Qué había pasado en la capital, exactamente?
—Eh, pues no parece que estén aquí de visita.
—Parece una invasión —masculló Yarrow.
Apiñados en el muelle, el grupo comprendía todas las edades, desde un bebé que llegaba a la rodilla hasta un hombre anciano que portaba un bastón.
Una mujer ayudaba al hombre del bastón a avanzar por el muelle.
Tenía un pelo negro y dorado trenzado y recogido en la cabeza, del mismo impresionante color que Yarrow.
Terlu miró al jardinero; tenía el gesto contraído, como un oso, pero pudo ver el parecido familiar.
Se preguntó si compartían los mismos ojos verdes profundos como el mar.
—Es mi hermana —dijo Yarrow—, y mi padre.
Eso debería ser algo bueno, ¿no? ¿Por qué no lo decía como si fuera algo bueno?
Creía que los echaba de menos, por las reacciones que había tenido en las casitas y, bueno, por cada vez que los había mencionado…
¿O quizá simplemente había estado proyectando sus propios sentimientos en él?
No era un hombre precisamente fácil de interpretar.
—Creía que estabas preocupado por ellos.
—Y lo estaba, pero podrían haber enviado una nota. Con eso me bastaba.
Pero ¿no era mejor así? ¿No quería verlos? ¿Hablar con ellos? Decirles cómo se sentía al saber que estaban a salvo… Por otro lado, estaba hablando de Yarrow.
—Ah. Vale. ¿Vas a…?
Tenía la cara tensa y los puños apretados.
Ahora sí que lo interpretaba a la perfección.
—¿Por qué no quieres ir a saludarlos? —preguntó Terlu con un hilo de voz—. ¿Hay algo que no sepa?
Yarrow negó con la cabeza.
—Lo sabes todo. Se marcharon.
—Creía que me habías dicho que había sido el hechicero Laiken quien los había despachado.
—¿Acaso no era esa toda la historia? ¿La familia de Yarrow no se había separado de él en buenos términos?
¿No se habían despedido? Sabía que no se habían puesto en contacto desde que se habían marchado.
¿Será eso? —. Les quitó el trabajo, ¿no? No tuvieron otra opción.
—Todo el mundo tiene una opción. —Se dio la vuelta para darle la espalda a su familia y miró con muy mal cara el bosque cubierto de nieve, las cúpulas del invernadero que se alzaban por encima de las copas de los árboles y el cielo.
No se ha machado, pero está claro que no está contento .
Terlu recordó la primera impresión que le había dado Yarrow: un oso, enfadado porque hubiesen interrumpido su hibernación.
Se lo quedó mirando algunos segundos más y desvió los ojos de nuevo al muelle.
¿Ni siquiera le picaba la curiosidad de por qué habían acudido tantos en respuesta a su carta?
¿O se sentía aliviado y simplemente no sabía cómo gestionar todos los sentimientos que se agolpaban en su interior? Eso parecía… probable.
—¿Y si solo esperaban una invitación? —preguntó ella con amabilidad.
Yarrow resopló.
Terlu vio cómo descargaban varios muebles más: un escritorio estrecho, una mesa doblada, un baúl para mantas… No se esperaba aquel tipo de respuesta. «Ayuda temporal», era lo que había escrito. «Hasta que se haya superado la crisis». Daba la impresión de que esperaban quedarse.
—Voy a saludarlos. ¿Quieres venir?
—Si no queda otra.
—No soy tu madre. Haz lo que quieras. —No lo iba a obligar.
Él era quien mejor sabía cómo se sentía y qué podía soportar, aunque a ella le hubiera gustado comprender por qué estaba reaccionando de aquella manera.
Si fuera su familia y ella hubiese estado preocupada por su seguridad…
Bueno, sería raro, pero aun así no cabría en sí de alegría tras verlos.
Y querría saber, sin dilación, por qué habían acudido todos.
Yarrow profirió un sonoro suspiro.
—Por lo visto, se creen que los invité a todos.
—Les dije que necesitábamos un jardinero, en singular, si alguien podía escaparse. Esto… es una sorpresa. ¿No sientes al menos un poco de curiosidad por saber por qué han venido todos?
—Supongo que eres una escritora muy persuasiva.