Capítulo veintiuno #3
—Y tengo la sensación de que hay muchas cosas que no sé de ti —siguió Terlu—.
¿Alguna vez has estado enamorado? ¿Quieres enamorarte?
Que no es que yo lo esté. — Todavía , le susurró una vocecita en la cabeza—.
Como te he dicho, hay muchas cosas que no sabemos el uno del otro, pero no se me da bien besar sin que alguien me importe.
Esto debes tenerlo claro desde un principio.
Se me mezclan todas las emociones, y si no quieres sentirte como yo…
Me refiero potencialmente, no ahora mismo, pero al menos que estés abierto a ello en un futuro…
entonces no deberíamos ni iniciar ese camino, porque dificultará mucho que podamos trabajar juntos y aquí hay mucho trabajo por hacer si vamos a salvar los invernaderos.
Yarrow parecía un tanto atolondrado.
A Terlu le habían dicho sus amantes del pasado que a veces era demasiado intensa, y allí estaba haciéndolo otra vez, agobiando. Pero si no es capaz de soportar mi intensidad, entonces quizá esto no llegue a funcionar nunca.
O quizá le estaba dando demasiadas vueltas a las cosas.
Con el tiempo, acabarían por conocerse, y entonces decidirían si se gustaban o no.
Eso no significaba que no se pudieran besar en ese momento.
Claramente poseía la suficiente madurez emocional para saber separar el trabajo de lo que fuera que pasara o no entre ellos, sobre todo con una tarea tan vital como era el de preservar los invernaderos.
—Perdona —se disculpó—. A veces pienso las cosas demasiado.
Yarrow negó con la cabeza.
—Jamás había conocido a alguien como tú.
Terlu no estaba segura de si se trataba de un cumplido, de una crítica o de una mera observación. Se obligó a sonreír.
—Bueno, para empezar, no soy una planta.
—No lo eres —dijo él con voz grave.
Su intención era decirlo como una broma.
—Vamos a intentarlo… Otra vez.
Se centró en sus anotaciones y Terlu seleccionó el siguiente hechizo que probaría.
Era mucho más fácil estudiar las palabras que intentar leer la expresión que ponía él.
Ojalá pudiera dar marcha atrás y empezar la conversación de nuevo.
Debería haberme limitado a besarlo . No era su intención complicarlo todo, pero si se encariñaba con él (y con sus tartas de miel, bollitos de miel y besos melares) mientras que a Yarrow solo le gustaba por tenerla cerca…
No quería experimentar ese tipo de debacle amoroso.
Era mejor que siguieran siendo solo amigos, si es que eso es lo que eran.
—¿Quién te hizo daño? —preguntó el hombre en voz baja.
Ella se quedó pasmada y levantó la mirada hacia él.
—No he dicho nada de… —Cerró la boca y tragó saliva.
No sabía cómo dar respuesta a eso. No era que alguien le hubiese roto el corazón.
No contaba con ningún trauma real que diera explicación a por qué era como era.
Era más bien una acumulación de pequeñas grietas en el corazón que se habían ido haciendo con el transcurso de los años, como en los paneles de cristal de los invernaderos colapsados.
Su familia la quería, pero jamás terminó de encontrar su sitio con ella en Eano.
Y la biblioteca… Tampoco acabó de encajar allí.
Vagaba por la vida, con deseos que intentaba colmar pero que nunca lograba satisfacer, sintiéndose siempre un poco perdida, un poco vacía, un poco sola.
—Soy demasiado sensible.
Yarrow gruñó.
—No sé qué significa eso.
—Las cosas me hacen daño cuando no deberían.
—Si te hacen daño, te hacen daño. No importa si alguien piensa que no tienes un motivo de suficiente peso. El dolor no requiere la aprobación de nadie.
Terlu abrió y cerró la boca. Nadie le había dicho nunca algo así.
Le dio vueltas a las palabras mentalmente y decidió que decirlo era muy fácil, pero él no había estado presente cuando había estallado en llanto después de que uno de los usuarios de la biblioteca le dijera que le había llevado un libro que no era.
El hombre había puesto en tela de juicio su capacidad y Terlu le había dado demasiada importancia a lo que pensara de ella.
O la vez que se había puesto una bufanda de seda con un brillante vestido colorido para ir a lo que se creía que era una cena romántica y descubrió que su cita lo único que quería era obtener acceso a un libro de hechizos de las estanterías para que la ayudara a hacer trampas en un examen de la universidad.
Eran experiencias insustanciales que debería haber olvidado pero que, sin embargo, se le habían quedado incrustadas en el corazón.
—Siempre quiero caerle bien a todo el mundo.
—A mí…
Terlu quería que le dijera «a mí me caes bien».
O algo reconfortante. Quizá al hombre le gustaba que ella no roncara por la noche o le gustaba que siempre dejara su toalla colgada para que se secara o que hubiese despertado a las plantas o que no silbara de una manera molesta.
Pero no tuvo la oportunidad de decir lo que fuera que tuviera pensado decir.
Varias plantas irrumpieron por la puerta, lideradas por Lotti, que avanzaba la primera bamboleando sus raíces y hojas.
—¡Hay gente en la isla! —anunció la rosa.