El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo veintiuno #2
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Capítulo veintiuno #2

—Bien. —el jardinero miraba al techo, a las paredes de cristal, a los lechos de flores marchitas, a las plantas musitas, a cualquier lado menos a ella.

—Eso. Sí. Esto… ¿Los ingredientes?

Yarrow se arrodilló al lado del cesto y sacó los elementos de la lista.

—Creo que se tienen que… unir. —Ay, madre, ¿por qué la palabra «unir» le proyectaba imágenes en la mente que no tenían nada que ver con el hechizo del invernadero? Tragó con dificultad—. Sí, ah, mezclarlos. — Piensa en algo aburrido. Algo aburrido. En el desayuno, por ejemplo .

Pensó en despertarse cerca de Yarrow, en el sabor de los bollitos de miel, en la manera en la que la luz del sol bañaba la madera de la casita…

Vale, no, eso no es aburrido. ¿Y la tierra?

La tierra es aburrida. Menos cuando estaba adherida a las manos de Yarrow después de un día de trabajar en el invernadero y se las lavaba en el fregadero, donde se frotaba meticulosamente cada uno de sus dedos dorados.

¿Y las tortugas? Las tortugas no tenían nada atractivo, ¿verdad?

Pensó en las tortugas durante un rato.

Para cuando terminó de combinar los ingredientes formando una mezcla arenosa, Terlu se había calmado lo suficiente para que se la diera. Paseó por el perímetro del invernadero mientras la repartía por el suelo, con cuidado de que no mediara más que unos pocos centímetros entre los granos.

Terlu sintió los ojos de Yarrow posados en ella mientras caminaba, pero no sabía en qué podía estar pensando. ¿En el beso que acababan de compartir o en tortugas? Regresó y le devolvió el cuenco vacío.

—¿Te gustan más las tortugas de tierra o de agua?

—¿Qué? Eh… ¿Las de agua? Tenemos una, con las plantas marinas.

—He leído que algunas especies de tortugas marinas pueden vivir hasta los quinientos años —añadió Terlu—.

Hay una isla, llamada de manera muy acertada Isla Tortuga, donde las tortugas marinas más longevas van a poner los huevos cada año sin falta.

Sus habitantes celebran un festival cada año para festejar la eclosión de los huevos y cuentan un montón de mitos increíbles sobre la Gran Tortuga, Marzipul, que creó las Islas Crecientes al eclosionarlos de los huevos que…

—Terlu. —Yarrow la miraba con rostro incrédulo.

—El hechizo. Sí. —Bajó la mirada al papel y respiró hondo.

Intentó que solo las sílabas llenaran sus pensamientos.

Le resultaba más fácil cuando miraba las palabras.

Siempre se había refugiado en las palabras cuando debía enfrentarse a una situación difícil, desconcertante o cuando algo la superaba.

Eran tanto su vía de escape como su escudo.

Más tranquila, Terlu leyó las palabras del hechizo.

A su alrededor, el aire resplandeció y se estremeció como el calor que desprende una estufa, pero colorido: reflejos ambarinos y esmeralda. Terlu alargó una mano; era tan vívido que sintió que podía tocarlo. Yarrow la agarró de la muñeca.

—No sabes si es seguro —la advirtió.

Retiró la mano. Él siguió sujetándole la muñeca con suavidad desde atrás y con el brazo rodeándole ligeramente la cintura. Por todo el invernadero el aire ondulaba.

Si Laiken siguiera con vida, Terlu habría mantenido con él una discusión bastante acalorada sobre dejar anotaciones incompletas.

Cuando hubiese terminado de desahogarse, el hechicero podría haberle descrito cómo era un hechizo que diera buenos resultados de un experimento fallido para que ella pudiera saber la diferencia.

El aire resplandeciente empezó a formar esferas. En un visto y no visto, el invernadero se llenó de pompas iridiscentes. Pasaron flotando por al lado de Terlu y de Yarrow. Una se elevó hasta el techo y estalló. Otras la siguieron, formando una cascada de suaves estallidos.

—No es lo que esperaba —dijo Terlu.

Yarrow la soltó y rebuscó en el cesto para reunir otro conjunto de ingredientes, mientras Terlu se paseaba envuelta por el montón de burbujas. Tocó una y esta estalló. Captó un olor a fresa. Hizo estallar otra y creyó oler a algo cítrico.

—Yarrow, tienes que probar esto.

El jardinero se detuvo, se puso en pie y tocó una burbuja.

—Huele a canela.

Se pasearon por el invernadero, haciendo estallar las burbujas.

—Ay, esta… ¿qué era? —Terlu no reconoció el aroma. Se desvaneció casi tan rápido como las burbujas, pero Yarrow se inclinó hacia delante y olfateó.

—Anís. —Hizo estallar otra—. Vainilla.

—Me encanta la vainilla.

—Viene de una orquídea trepadora —le dijo Yarrow—. Necesita un clima cálido, el frío ralentiza su crecimiento. La planta tarda tres años en empezar a dar vainas.

—Deberías dejar todo ese conocimiento de jardinería escrito en un libro y preservarlo para la siguiente generación —le propuso Terlu—. Mejor si no está en código.

Él se encogió de hombros.

—No tengo tiempo.

Quizá tendría tiempo si era capaz de arreglar los invernaderos. O si contaran con más ayuda. Pero ya había intentado enviar la carta, y no estaba segura de cuál debía ser su siguiente paso.

No lo iba a decir en voz alta, pero se sentía agradecida porque ninguno de los parientes de Yarrow hubiese regresado.

Sí que deseaba que hubiesen contestado para que al menos él supiera que estaban bien.

Sabía que estaba preocupado por ellos, aunque no lo expresara a menudo.

Pero no deseaba que vinieran. Si un miembro de su familia hubiese hecho acto de presencia, no estaba segura de cómo habría reaccionado al ver que intentaba (y fracasaba) en el empeño de ocupar el puesto del difunto hechicero.

No había manera de ocultar aquella cantidad de magia.

Eso significaba que tendría que idear otra solución para cómo cuidar del inmenso invernadero de Belde.

—¿Crees que les podrías enseñar a las plantas sintientes a ser jardineras?

—Los habían ayudado con el invernadero moribundo y los estaban ayudando en aquel preciso instante sellando las grietas de los cristales en los invernaderos que ya habían muerto.

Terlu creía que estarían dispuestas a ir un paso más allá.

—Solo si quieres que les enseñe —respondió Yarrow—. Ellas no pidieron que las crearan. Deberían poder decidir libremente qué quieren hacer con sus vidas.

—Algunas puede que elijan ayudar si se lo pedimos. Mira lo dispuestas que se han mostrado para arreglar el cristal. —Todo el mundo quería tener un propósito, fueran flora o fauna—. Y para las que no quieran… quizá les podrían enseñar a cantar un poco mejor.

Yarrow se rio.

En cuanto los ingredientes estuvieron listos de nuevo, Terlu intentó la siguiente variante del hechizo. Observó cómo el aire volvía a resplandecer. Esa vez, se fundió a su alrededor y se hinchó en una enorme burbuja.

—Mucho mejor —dijo ella.

Se encaminó al límite del invernadero y la hizo estallar. La burbuja se dispersó a su alrededor formando pequeños fragmentos de arcoíris. Una lluvia de arcoíris. Al volver la vista hacia Yarrow, vio que se le habían pegado algunos fragmentos de arcoíris. Sonrió y se acercó a él.

—Tienes un poco de… —Le quitó un trocito de arcoíris de la mejilla.

—Tú también. —Le quitó una porción de nube colorida del hombro que se disipó en el aire. Le retiró otra del pelo, y ella le apartó más volutas de colores del brazo.

Entre risas, Terlu se inclinó hacia delante y apartó de un soplido una nubecita que tenía adherida al cuello.

Una expresión seria le surcó el rostro, y Terlu lo miró a los ojos y se dio cuenta de que volvía a estar a escasos centímetros de él.

—Tienes otro arcoíris… —Le rodeó la cara con una mano y le acarició la mejilla con el pulgar— aquí.

—¿Mmm?

—Y aquí. —Le tocó los labios.

—Quieres besarme de nuevo —constató Terlu.

Él retiró la mano—. No pasa nada. Yo también quiero.

Pero ¿es solo porque soy la única que hay aquí o porque te gusto de verdad?

Porque no me dio la impresión de que te cayera demasiado bien, y no quiero estar besando a alguien que devuelve el beso únicamente porque tengo labios.

—Ah…

—No pasa nada si no te gusto, siempre que pueda ser útil. Es verdad que las burbujas y los arcoíris no son útiles, pero tengo el potencial de serlo y tú necesitas ayuda. Pero que me necesites y que yo te guste no son lo mismo.

Yarrow reculó un paso.

—Yo no…