El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

R isa se presentó voluntarie para organizar la recogida de los ingredientes necesarios una vez que Yarrow les mostró cuáles necesitaban.

Reclutó a otras dos plantas —la orquídea y la margarita— para que la ayudaran.

Hosha, le nopal, se ofreció a preparar los ingredientes.

Podía aplastarlos y convertirlos en una pasta con sus cladodios llenos de espinas.

La cala ayudó, usando la parte en forma de espiga de su flor a modo de mazo y el atrapamoscas usó sus lóbulos.

Dendy, el sardonia, le cardo y el crisantemo accedieron a aprender las sílabas del hechizo.

Terlu les enseñó las frases y los hizo practicar una y otra vez hasta que pudieron recitarlas a la perfección con la entonación precisa.

Ahora que las demás plantas habían dejado los aullidos a un lado, Lotti estuvo dispuesta a liderar un grupo de sus congéneres —la campanilla, la espuela de caballero y le helecho— a trepar por las paredes para embadurnar de pasta las grietas.

Cuando todo el mundo se hubo preparado, y estuvieron listos y ansiosos, empezaron.

Cuando cayó la noche, Terlu estaba tan cansada que se quedó dormida en su propia cama y no se despertó ni una sola vez.

Yarrow roncaba suavemente a su lado. Por la mañana, solo hablaron de los planes del día: En cuál de los invernaderos se centrarían a continuación, qué cantidad de cada ingrediente necesitaría y cómo se asegurarían de que todo saliera bien y sin contratiempos.

—No sé si terminan de comprender el riesgo al que se están exponiendo —se preocupó Terlu mientras mascaba una de las magdalenas del día anterior.

No solo había estado quebrantando la ley al lanzar hechizos, sino que además estaba alentando a unas plantas inocentes a hacerlo también…

Era una idea terrible. No sabía qué efecto sobre las leyes podía tener la noticia que le había transmitido Marin sobre la caída del imperio, y sería un error garrafal dar por hecho que las plantas estarían a salvo.

Él resopló.

—Lo saben. Llevan dormidas décadas.

—Podrían inducirles la hibernación otra vez como castigo —apuntó Terlu—.

O algo peor. —La magdalena no había perdido la suavidad ni el dulzor y tenía el equilibrio perfecto de fruta y azúcar.

Yarrow le había espolvoreado canela por encima.

Al terminar, Terlu se chupeteó los dedos.

Le resultaba difícil mantener un nivel elevado de preocupación mientras saboreaba la canela azucarada, pero sentía que debía estar preocupado, puesto que nadie más parecía estarlo.

—Les diste a elegir.

Terlu se percató de que Yarrow tenía los ojos fijos en sus dedos.

—Sí, pero…

El jardinero le tendió su abrigo.

—Tú sabes el riesgo al que te expones. ¿Por qué lo estás haciendo?

Terlu aceptó la prenda y lo miró con mala cara.

—Cierto. Pero si nos convierten a todos en estatuas, espero que plantes unas flores preciosas a nuestro alrededor. —Salió al exterior mientras se envolvía el cuello con su mullida bufanda.

—No voy a poder plantar nada si a mí también me convierten en estatua —dijo él con tono apacible mientras la seguía.

Fue el turno de Terlu de resoplar.

Avanzaron a trompicones por la nieve hasta el invernadero.

Esperaba encontrarse a las plantas sintientes con las plantas cantarinas, pero en ese invernadero solo cantaban las plantas encantadas musicales.

Sus dulces armonías subían y bajaban, y resonaban por las paredes de cristal en una oleada de notas, sin una sola voz discordante que se sumara al coro.

De igual manera, la sala de las rosas estaba vacía, a excepción de las rosas.

—¿Dónde están? —refunfuñó Yarrow.

—¿A lo mejor ya han empezado?

—A duras penas ha salido el sol.

Avanzaron hasta los invernaderos muertos y encontraron a las plantas sintientes.

En una esquina de la sala marrón y gris, Lotti estaba untando la pasta en las grietas, mientras le nopal machacaba más ingredientes en un mortero.

A media altura de una de las columnas, Dendy recitaba el hechizo a la grieta embadurnada de pasta que tenía más cerca antes de desplazarse a la siguiente.

En otra esquina, le cardo preparaba más pasta machacando los ingredientes con su bulbo floral mientras le helecho la extendía por las grietas con su fronda.

El crisantemo recitaba el hechizo con voz clara y alta.

Cerca, la campanilla colgaba de una viga con todas las flores azules abiertas mientras esparcía pasta en otra fisura.

Las plantas se habían dividido en equipos, y a lo largo de la sala, cada conjunto de plantas estaba llevando a cabo las mismas acciones: preparar los ingredientes, cubrir las grietas y conjurar los hechizos.

El aire chisporroteaba, cargado de magia, tan palpable que a Terlu se le erizó el vello de los brazos.

—Tenías razón —murmuró Yarrow.

—Les importa —repuso Terlu con un hilo de voz.

No se atrevió a interrumpirlas. Todas estaban trabajando en sintonía, y no se pronunciaba ninguna palabra que no fueran los hechizos, eficientes y efectivos. Al lado de Yarrow, se maravilló ante la escena que tenían delante durante unos cuantos minutos más.

No nos necesitan .

Yarrow tiró de la manga de ella y Terlu lo miró a los ojos. El jardinero señaló la puerta con una inclinación de la cabeza y los dos se retiraron del invernadero.

—Nos están ayudando —se maravilló Yarrow—. Y el hechizo está funcionando.

—Lotti debe de estar encantada con que no canten, aunque técnicamente podrían cantar el hechizo, y debería funcionar, si acentúan las sílabas correctas con ritmo…

—No se lo digas donde Lotti pueda oírte.

Terlu sonrió.

Yarrow le devolvió la sonrisa y ella por poco se derrite y forma un charco al verlo.

El hombre le extendió la mano y ella se la tomó.

—Ahora que las plantas lo tienen todo bajo control en cuanto a los cristales rotos, ¿qué hechizo quieres probar a continuación? —preguntó.

—Tengo algunas ideas, si estás dispuesto a correr el riesgo…

—Lo estoy.

Juntos, medio caminaron medio corrieron hacia un invernadero muerto vacío.

Terlu no quería soltarle la mano, pero lo hizo cuando entraron, para sacar las anotaciones sobre los hechizos.

Había sido capaz de extraer otro potencial hechizo, pero no tenía claro dónde exactamente debía terminar la frase.

—Para este, hay tres maneras posibles de variar las palabras de la tercera línea. —Extendió el papel para que pudiera verlo—. Pero lo que no sé es cuál va a generar los resultados que queremos. Cada una transmite un significado ligeramente distinto, como este…

—Terlu, confío en ti. Elige el que quieras y lo intentaremos.

—Ah. Sí… Vale. —El último hechizo había funcionado…

bueno, como por arte de magia, así que eso debería darle confianza.

Pero aquel había sido mucho más sencillo de diseccionar que el que tenía delante en aquel instante.

Señaló la lista de ingredientes—. Estos son los únicos elementos que necesitamos para el hechizo, o al menos para el primer intento.

—¿Qué efectos tiene este hechizo? —preguntó Yarrow.

—El primer paso para arreglar la integridad física de los invernaderos es reparar el cristal roto, que es lo que están haciendo las plantas —explicó Terlu—, pero el segundo paso es establecer una capa de protección, básicamente un escudo que se adhiere sobre las ventanas.

Esa pátina aislante es lo que hace posible que se mantenga el medio ambiente de dentro.

Es la clave de los invernaderos encantados de Laiken.

Así es como consiguió convertir a cada uno de ellos en su propia burbuja de verano.

—¿Un escudo?

—Sí, como una burbuja invisible que se expande justo hasta adherirse al cristal.

—Ah.

Le mostró el hechizo. Había garabateado algunas anotaciones en el margen, pero había copiado las sílabas necesarias en letra clara para evitar cometer cualquier error por falta de legibilidad.

—Creo que he aislado del resto la parte del hechizo que crea la burbuja. Posiblemente.

—¿Posiblemente? —Yarrow arqueó las cejas. Terlu se había dado cuenta de que tenía unas cejas muy expresivas—. ¿Qué pasa si no funciona?

—Eso es lo que no tengo claro. Verás, la palabra para protección… Hay un par de variaciones distintas, dependiendo de cómo la relaciones con la palabra de activación, que básicamente es el verbo. Sinceramente, lo mejor sería que este lo conjurara yo sola y tú esperaras fuera. ¿Qué te parece?

Estaba segura de que no iba a acceder a algo así, y no se equivocaba.

—No.

Esperaba que le diera una explicación, pero es todo cuanto dijo.

—¿No?

—No. Me quedo contigo.

—Es muy amable por tu parte, pero si algo se tuerce…

—Entonces estaré aquí a tu lado —dijo Yarrow—. Ya lo hemos hablado.

—Sí, pero este es un hechizo distinto. Un hechizo mucho más volátil. —Terlu intentó mostrarle las palabras otra vez, señalando las que no tenía del todo claro—. ¿Ves aquí? Podría crear un efecto completamente distinto si acentúo el final de la sílaba de la tercera línea, en contraposición a si…

Yarrow dejó el papel a un lado y le rodeó la cintura con un brazo para atraerla hacia sí. Entonces la besó, con más fogosidad que nunca. Terlu sintió su lengua contra sus labios y abrió la boca. El aliento de Yarrow era el aliento de ella.

Sus pensamientos se dispersaron y la hoja con el hechizo se le deslizó de los dedos. Cayó al suelo, pero no le importó. Hundió los dedos en su pelo. Él apoyó una mano en su espalda y la otra en su nuca. La chica saboreó el calor con sabor a miel de su beso.

Unos pocos segundos, minutos, una eternidad, después, Yarrow se apartó y Terlu pudo volver a respirar por sí sola.

—Lanza el hechizo —le conminó él con voz áspera.

—Vale. Sí. Eso puedo hacerlo. —Terlu dio un paso atrás, alejándose de sus brazos, y esperó a que su cerebro empezara a funcionar de nuevo. Recogió la hoja con el hechizo del suelo—. Eh, eso ha sido para que me callara o… No importa. En realidad, prefiero no saberlo. Ha sido… agradable.