Capítulo veinte #3
El hierba de fuego, Nif, estaba espurriando chispas al aire como si estuviera intentando emular un espectáculo de fuegos artificiales, mientras que el atrapamoscas, Sut, intentaba alcanzar las chispas entre los lóbulos de su trampa. La cala los jaleaba.
En el centro del invernadero, Dendy tenía las hojas alzadas y las mecía de lado a lado mientras cantaba con su voz agradable y placentera:
«Por la mañana, veo el azul del cieeelooo,
Y los pájaros caaantan sin receloooo,
Vuelan alto, alto sin mieeedooo
Y se pierden en la inmensidad del cieeelooo…».
Estaba claro que aquella estampa parecía un poco un circo, pensó Terlu, pero no era tan terrible. Dendy tenía una voz bonita, de un barítono grave, mientras que las plantas encantadas canturreaban un coro de…
Tres de las otras plantas sintientes se unieron, cada una desafinada de una manera distinta.
—¡Sin miedo! —se unió el cardo con un estridente arpegio que no se correspondía con ninguna nota que pudiera producir ningún instrumento conocido. Cerca, la espuela de caballero gorjeó de manera disonante.
Terlu puso una mueca. Lo retiro. Esto es un infierno .
—Mmm, ¿Dendy?
Siguió cantando mientras el coro polifloral armonizaba (o más exacto sería decir que no atinaba a armonizar) con su melodía:
«Los peces naaadan causando revueeeloo
En el océano que es taaan azul como el cieeelooo».
—¿Dendy? —repitió Terlu subiendo la voz.
—¿Mmm? —Dejó de cantar y de mecerse—. Ah, hola, Teerlu. Espera, ¡eso no rima! ¿Quieres que te busque una rima y que te cante aaalgo?
—No te molestes, lamento interrumpir tu persecución creativa, pero nos vendría bien tu ayuda y la de las demás plantas, si estáis dispuestas.
Nif lanzó una llama de unos siete centímetros al aire y el atrapamoscas la apagó.
—Ignóralos —le dijo Risa—. Te escuchamos.
Les explicó lo del hechizo, cómo reparaba las grietas pero que era un proceso extremadamente lento.
Habían probado a untar más pasta sobre las fisuras, pero, independientemente de la cantidad de ingredientes que usaran, cada vez que recitaba el hechizo, este parecía funcionar solo hasta que se topaba con una ramificación de la grieta, lo que significaba que, en el caso de un cristal muy astillado, había que repetirlo varias veces para que quedara liso.
—Es el primer paso para arreglar los invernaderos.
Si podemos hacer que el cristal sea resistente, entonces podemos centrarnos en cómo aislar el invernadero y cómo regular la temperatura, proporcionarle agua y lidiar con todas las demás necesidades.
—Sin embargo, no podía pasarse el tiempo investigando en busca de otros hechizos esenciales si lo único que hacía era pasarse horas y horas reparando las grietas de los cristales—.
Pero tenéis que hacerlo por voluntad propia —continuó Terlu—.
Según la ley imperial, solo los hechiceros formados tienen permiso para hacer magia.
Lo que os estoy pidiendo… Bueno, en realidad no os lo tendría ni que pedir.
Es ilegal, y si alguien se entera, las consecuencias podrían ser graves.
Deberíais negaros sin tapujos si no os sentís cómodas.
Interrumpieron su cacofonía y las plantas sintientes empezaron a susurrarse las unas a las otras. Las flores y árboles encantados que pertenecían a la sala siguieron canturreando en voz baja. Risa bajó la margarita al suelo y el hierba de fuego escupió sus últimas chispas.
—Pensáoslo —les dijo Terlu mientras se alejaba. No quería presionarlas para que tomaran una decisión. Podía seguir reparando las grietas ella sola, si no le quedaba otra—. No tenéis por qué darme una respuesta ahora mismo…
—No pueeedo hablar en nombre de los demás —dijo Dendy—. Pero cueeenta conmigo.
—Existe un riesgo considerable…
—Tooodos viiimos morir el invernadero —la interrumpió Dendy—. Si pueeedo ayudar, entonces por supuesto que quieeero ayudar. —Las demás plantas se agolparon hacia delante y todas unieron sus voces para expresar su acuerdo con el filodendro.
La campanilla, Zyndia, se alzó sobre una de sus ramas y proclamó:
—¡Por la luz y la vida!
Los demás la vitorearon.
—¡Por la gloria y el amor! —añadió a voz en grito.
Más vítores.
Terlu sonrió. No se esperaba recibir tanto entusiasmo. Había pensado que quizá algunas de ellas accederían… pero todas parecían más que dispuestas.
—¡Por…! —empezó a decir Zyndia.
—Ya basta, querida —la interrumpió le helecho, Mirr—. Pero sí, ayudaremos.
—No es un trabajo glamuroso —los advirtió Terlu—. Y puede que nos lleve un tiempo… hay un montón de invernaderos fallidos, y cada uno contiene cientos, si no es que son miles de grietas. Pondréis en riesgo vuestra libertad, incluso vuestras vidas, a cambio de una tarea tediosa.
—Una tarea necesaaaria —dijo Dendy—. ¿Me equivoco?
—Bueno, sí, si no se repara el cristal, el invernadero no se puede usar —contestó Terlu.
Le hiedra se enroscó alrededor de los pies de Terlu y le subió por la pantorrilla hasta la rodilla.
—Entonces lo haremos —le aseguró Risa—. Está bien estar vives, pero también queremos tener un propósito. Además —añadió mientras se deslizaba hacia abajo y se enroscaba formando un montón—, odio cantar.