El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo veinte #2
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Capítulo veinte #2

Estaba actuando con precaución. Estaba agrietado, pero no roto, y no tenía cantos afilados.

Le importo . Eso tenía que significar algo.

No la había besado solo porque la tenía cerca, ¿verdad?

Lo dudaba, pero no era una pregunta que estuviera preparada para hacerle.

Terlu terminó de embadurnar la grieta hasta donde le alcanzaba el brazo y se quedó sin pasta.

Turno de las palabras.

Era un hechizo sencillo: un nombre con descriptores para identificar el objetivo, un verbo («fortalecer», con la connotación de curar), y luego la invitación dirigida a la magia del mundo para que fluyera a través del verbo hacia el nombre.

De eso iba la magia, de persuadir al inefable espíritu de la energía mágica del mundo para que siguiera un camino concreto.

En realidad, no había leído demasiado sobre teoría mágica; eran textos densos, pensados para servir de acompañamiento a las lecciones, y como ella no estudiaba magia, solo los había hojeado por encima.

Le llamaba mucho más la atención cómo se usaba la lengua.

La precisión de su poesía era un remanso de belleza.

—¿Terlu? —preguntó Yarrow.

—Sí, perdona. —Respiró hondo y pronunció las palabras—. «Svaniga vi rayna, ami pri nessava, biana te biana me vi pri rinaka».

Terminó.

Se extendió el silencio.

—¿Ya está? —preguntó Lotti.

Yarrow le chistó.

—Ya está —confirmó Terlu—. Puede que no sea suficiente, sin el conjuro completo de Laiken…

El cristal crujió. Terlu observó mientras la pasta emitía un brillo ambarino, cálido y soleado. Burbujeó mientras se licuaba y luego se disolvió en el cristal, extendiéndose en forma de neblina amarillenta.

La grieta del cristal se juntó mientras el brillo amarillo se extendía y disolvía. En cuestión de minutos, el cristal presentaba un aspecto liso y transparente. Terlu puso una mano encima. Le vibró bajo la palma.

Solo era un panel. Pero ha funcionado .

Sonrió y se dio la vuelta.

—Sé que no es nada espectacular ni emocionante, y que solo es una grieta de las miles, decenas de miles que hay, y que a este ritmo harán falta semanas de trabajo, muchas semanas, dado el número de invernaderos muertos, pero…

—Es increíble —dijo Yarrow sin titubear.

Terlu notó que se le acumulaba la sangre en la cara.

—Tú eres increíble —añadió.

Se ruborizó más si cabe.

—Si elaboramos más pasta…

Yarrow asintió y empezó a porcionar más ingredientes que metió en el mortero. Terlu echó la cabeza hacia atrás y examinó el invernadero. Había una cantidad infinita de grietas que recorrían todos los paneles hasta el techo.

—Lotti, ¿qué te parece trepar?

—Soy una trepadora excelente.

—¿Podrías llegar a las grietas del techo?

—Mira y verás.

Se pusieron manos (y hojas) a la obra: Yarrow se encargó de elaborar la pasta, Lotti de corretear por las paredes del invernadero para embadurnar las grietas y Terlu de recitar el hechizo a cada una.

¡Está funcionando!

Empezó el cántico del siguiente hechizo y se tropezó en una sílaba, pronunciando «nessava» en vez de «nessavara».

En vez de sellar la grieta, esta se expandió y se extendió como las nervaduras de una hoja.

Lotti, colgada bocabajo de una de las vigas, giró sus pétalos hacia ella.

Si la rosa hubiese tenido ojos, la habría estado fulminando con la mirada.

Renovando la concentración, Terlu repitió el hechizo.

No cometió ningún error más.

Pasadas tres horas seguidas sin parar de lanzar conjuros, Terlu se sintió como si hubiese estado tragando arena. Por desgracia, cada iteración del hechizo solo arreglaba una porción de cristal roto, así que había tenido que recitar el hechizo una y otra vez.

—¿Un poco de té? —pidió con la voz rasgada.

—A mí tampoco me iría mal un descanso y un bañito —dijo Lotti desde el techo.

Yarrow alzó la mirada y Terlu vio que estaba contando las grietas que quedaban por arreglar. A duras penas habían cubierto una sexta parte del invernadero. Si seguían a aquel ritmo… No es lo bastante rápido . Sabía que él también lo pensaba, pero no lo dijo.

—Apenas quedan ingredientes —agregó, sin embargo—. Es un buen momento para tomarnos un descanso.

Desfilaron por los invernaderos muertos hasta que llegaron al calor de la sala de los rosales. El dulce aroma del aire los embriagó. Terlu se sentó al borde de un parterre circundado por rosas amarillas y Yarrow llenó un cubo de agua y se lo llevó a Lotti.

La rosa reviviscente se zambulló en el cubo y soltó un suspiro, mientras se aguantaba con las hojas al borde y hundía las raíces en el agua.

—Ay, qué gustito.

—¿Cuántos ingredientes nos quedan? —A Terlu se le quebró la voz al pronunciar «ingredientes». Tragó saliva para recuperarse.

—Descansa la voz —le dijo Yarrow. Se acercó a la estufa encantada en el centro del invernadero y puso una tetera a hervir—. ¿Va bien un té de rosas?

Ella asintió sin hablar.

Se quedó sentada en silencio mientras Yarrow deambulaba por el invernadero y cortaba algunos capullos de los rosales en lo que esperaba a que hirviera la tetera.

Lotti también permaneció en silencio, en remojo dentro del cubo.

Desde un invernadero cercano, a Terlu le llegó el sonido amortiguado de unas voces desafinadas.

Cuando la tetera silbó, Yarrow preparó el té, usando botones de rosa y pétalos. Le llevó la taza y Terlu abrió la boca para darle las gracias.

El hombre le puso los dedos en los labios.

—Descansa.

Se vio tentada de besarle los dedos, pero los retiró demasiado rápido.

Además, no estaba segura de cómo reaccionaría a algo así.

Con la taza bajo la nariz, inhaló el vapor.

Desprendía un fuerte aroma a rosas y tal vez alguna especia…

No sabía qué más le había añadido, y no valía la pena forzar sus cuerdas vocales para preguntárselo.

Le dio un sorbo al té y contrajo el rostro cuando un cantante en la lejanía entonó una nota que era más un chillido desgarrado que una canción.

—Ay, ¿alguien puede hacer que paren? —pidió Lotti.

Mientras otra planta chillaba en dudosa armonía, Terlu le dio otro sorbo al té y notó cómo le escaldaba la garganta, aliviándola al mismo tiempo que le escocía.

Tras unos pocos sorbos más, empezó a sentirse mejor.

No obstante, no estaba segura de cuántas horas más podía seguir con aquella labor, si notaba la voz tan cansada después de haber arreglado solo una cuarta parte de un invernadero.

—Necesitamos ayuda —dijo ella. La voz le salió afónica. Tragó saliva y lo intentó de nuevo—. No podemos hacerlo solo nosotros tres.

—Enviaste la carta —intervino Yarrow—. No ha respondido nadie. O no han querido regresar o no han podido. El hecho es que nadie va a venir.

—Eso no lo sabes. Puede que el viaje sea muy largo.

—O tal vez él tenía razón. Podía ser que Marin no hubiese encontrado a su familia.

El caos podía haberse extendido hasta dondequiera que estuviera su floristería.

No lo expresó en voz alta. Era igual de probable que simplemente el barco fuera lento.

Se iba a mantener firme en esa explicación hasta que se demostrara lo contrario—.

El hecho es que no sabemos si alguien va a venir o no.

Él resopló.

—Estaba pensando en pedírselo a las plantas.

Un gruñido, aunque menos escéptico. Se lo estaba pensando.

Por supuesto, alistar a todas las plantas sintientes para que ayuden a conjurar hechizos ilegales haría que cualquier mudara el gesto.

Pero bueno, Terlu ya había quebrantado la ley de manera flagrante al despertarlas, y lo había acabado de rematar al aprender y lanzar un hechizo nuevo varias veces.

¿Podía ser mucho peor que arrastrara a una docena aproximada de seres vivos a una vida de crimen junto a ella?

Yarrow y Lotti ya eran sus cómplices, a fin de cuentas.

Si un inspector imperial descubre lo que he hecho aquí…

Con suerte, estaban todos muy ocupados con la revolución como para preocuparse por una antigua bibliotecaria de tres al cuarto en una isla distante mayormente abandonada.

Si la fortuna le sonreía, los habrían disuelto cuando había caído el imperio, aunque eso le parecía que era tener demasiadas esperanzas.

De todos modos, no pensaba dejar de ayudar.

Sin embargo, quizá había una manera de no involucrar a las demás plantas en actos delictivos.

¿Y si se dedicaban solo a reunir los ingredientes y no conjuraban el hechizo en sí?

Por supuesto, eso la seguía obligando a repetir el hechizo miles de veces, lo cual no terminaba de resolver el problema.

Debería pedírselo. Dejar que sean ellas las que elijan .

Siempre y cuando les explicara con claridad el riesgo al que se exponían…

—Si lo deciden por cuenta propia… —dijo Yarrow, haciéndose eco de sus pensamientos.

—Hablaré con ellas —decidió Terlu.

—Será mejor que te lleves unos tapones para los oídos —dijo Lotti.

Con la taza de té de rosas en una mano, abrió la puerta que separaba los invernaderos y entró en la sala donde estaban las plantas y árboles cantarines.

La envolvió una oleada de sonido —las encantadoras armonías de las flores encantadas, pero por encima destacaban unos aullidos que sonaban como unos mapaches que discutían por quién se quedaba con un árbol. En cuanto a las plantas sintientes…

Le hiedra, Risa, colgaba de una de las vigas. Envolvía la margarita en un tirabuzón de su enredadera y la balanceaba como a una niña que jugara en el parque infantil más peligroso del mundo, mientras la flor gritaba: «¡Más alto!».