El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo veinte
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Capítulo veinte

T erlu había besado y la habían besado antes en su vida, pero nunca de aquella manera, como si fuera la joya más preciada de todas las Islas Crecientes.

Los labios de Yarrow eran cálidos, suaves y sabían a miel.

¿Cómo podía alguien saber a miel nada más despertarse?

Él tenía apoyadas las manos en la espalda de ella, y la arrimaba a su cuerpo con tantas ganas que podía notar su corazón latiendo a través de la tela de sus camisas, y ella quería estar aún más cerca, sentir que él la envolvía…

Se oyó un golpe en la puerta.

—¡Yarrow! ¡Terlu! —gritó Lotti desde fuera.

Se separaron al instante.

Yarrow se liberó de las sábanas y salió de la cama. Terlu se sintió como si acabaran de echarle por encima de la cabeza un cubo lleno de nieve.

—¿Qué pasa? ¿Está fallando otro invernadero? ¿Cuál? —preguntó Yarrow tras abrir la puerta de un tirón.

—No. No es eso. —Lotti entró dando brincos y se sacudió los pétalos y las hojas. Los copos de nieve salieron despedidos a su alrededor—. ¡Puaj! ¡Un gato!

Casi cayéndose de la cama, Terlu se abalanzó a por Emeral antes de que pudiera salir volando hacia la pequeña rosa. Lo abrazó mientras lo llevaba al armarito frío, donde le ofreció algo de urogallo. El felino se olvidó de la planta y centró la atención en mordisquear aquel inesperado desayuno.

—Dime qué ocurre —le exigió saber Yarrow.

Se estaba quitando el pijama y poniéndose la ropa de trabajo: unos gruesos pantalones con muchos bolsillos y una camisa ajustada, y Terlu intentó no recordar cómo se había sentido al estar arrimada a él.

Ese momento había pasado, y no tenía ni idea si volvería a tener lugar un error como aquel o si ni siquiera él quería repetirlo.

Lotti suspiró teatralmente.

—Son las otras plantas.

—¿Se han hecho daño? —preguntó Yarrow.

—No.

—¿Se han vuelto a dormir?

—No.

Terlu intentó no desviar la mirada hacia Yarrow mientras este se abotonaba la camisa. El pelo de su pecho era dorado y se le aplastaba entre sus músculos.

—¿Se están portando mal contigo? Puedo hablar con ellas —preguntó Terlu tras aclararse la garganta.

—No es eso —respondió Lotti—. Están… cantando.

Yarrow ralentizó sus movimientos mientras se ponía el cinturón y miró a la rosa con la frente arrugada.

—Se supone que deben cantar. Laiken las hechizó para que cantaran.

—No, no, no las plantas musicales encantadas. Esas son fenomenales. Son las otras, las que son como yo. Están intentando cantar con ellas, y se les da de pena. Bueno, Dendy no, él es bastante bueno, pero las demás…

Yarrow gruñó.

—Eso no es una emergencia.

Lotti se dejó caer con gesto dramático sobre el suelo de madera.

—Lo es para mí. ¡Mis oídos!

—¿Tienes oídos? —preguntó Terlu, llena de curiosidad.

No había examinado de cerca los pétalos de Lotti para ver si estaba formada de una manera distinta a las plantas que no hablaban.

Por lo que sabía, Lotti no tenía orejas, ni ojos, ni nariz, ni boca.

Sus pétalos se movían cuando hablaba, pero no porque fueran labios.

¿Quizá fuera por la vibración del aire? Terlu evitó deliberadamente volver a mirar a Yarrow, aunque ya estaba completamente vestido.

Lotti agitó sus hojas en el aire con gran dramatismo.

—Claro que no, pero sé afinar perfectamente, una habilidad de la que carecen la gran mayoría de mis compañeras plantas sintientes.

Con el rostro contraído, Terlu intentó recordar las palabras exactas del hechizo que había creado a Caz.

Todo podría haberse resumido en la palabra «ansara», que contenía la raíz de la palabra que significaba «vida», pero no se trataba de la vida como en respirar y existir —eso estaba relacionado con «rwyr»—, se trataba con experimentar la vida…

Si la magia lo interpretaba como experimentar con los cinco sentidos…

—¿Y qué quieres que haga yo? —preguntó Yarrow con amabilidad.

—Llevadme con vosotros hoy —suplicó Lotti—.

Les he dicho a los demás que necesitáis mi ayuda con la magia.

Por favor, Terlu, déjame ayudarte con los hechizos.

Haré lo que sea. Clasificar ingredientes.

Sujetarte las hojas. Quedarme sentada en silencio en una esquina y fingir que soy invisible. Lo que necesites.

Terlu miró a Yarrow para ver qué pensaba al respecto, pero él le devolvía el gesto y esperaba que fuera ella quien decidiera, como si la opinión de Terlu fuera más importante que la suya. Le importa lo que pienso. Lo valora. Ni le venía a la mente nadie más que hubiese…

—Ay, espera… ¿Os he cortado el rollo? —preguntó Lotti. Avanzó dando saltitos y se plantó delante de los dos. Dobló sus hojas como si fueran múltiples manos sobrepuestas por delante de su capullo—. ¿Qué me he perdido? Venga, quiero todos los detalles.

Terlu sintió que se ponía roja como un tomate.

—Qué va, aquí no ha pasado nada. — Céntrate, Terlu Perna .

No había querido que los acompañara ninguna planta por si acaso algo salía mal, pero ese día tenía planeado experimentar con un tipo de hechicería menos ambiciosa, más localizada.

¿Quizá no había problema? No es que tuviera ninguna razón para querer estar a solas con Yarrow…

—Creía que querrías pasar tiempo con las demás plantas sintientes, al menos con las que no están cantando. ¿Cuál es el motivo real de que quieras venir con nosotros?

Lotti agachó los pétalos.

—No… No comprenden que eche de menos a Laiken. Para ellos… Para ellos es distinto. Con ellos actuaba de otra manera. Y yo… Necesito un descansito.

Terlu quiso darle un abrazo. No importaba qué tipo de hombre había sido Laiken, qué problemas y flaquezas poseía, había sido una figura importante para Lotti. Por supuesto que lo echaba de menos.

—Si me prometes que estarás callada cuando lance el hechizo…

—¡Puedo estar callada! Seré tan sigilosa como un gato, que, ahora que lo pienso, es una expresión extraña, puesto que maúllan, ronronean, y tienen esas diabólicas zarpas que…

—Déjame que me cambie y nos podemos ir. —Terlu se metió en el cuarto de baño para lavarse y ponerse una recia falda de lana y una blusa.

Se tomó un minuto de más para convencer a sus mejillas que dejaran de ruborizarse con un tono rosado tan subido.

Solo ha sido un beso , se dijo con vehemencia.

Lo más probable es que no vuelva a ocurrir .

Cuando salió, Lotti seguía hablando, describiendo las melodías de sus compañeras plantas en tonos de terror. Por lo visto, algunas estaban intentando añadir letra a la música de las plantas cantarinas y las rimas eran insoportables.

Terlu se puso los zapatos y el abrigo y tomó el hechizo en el que había estado trabajando la noche anterior.

Era un escrito corto —solo contenía tres líneas— y cabía la posibilidad que no funcionara, después de haberlo extirpado del contexto del hechizo más amplio de creación del invernadero encantado, en cuyo caso, Lotti no correría ningún peligro.

—Llévame —ordenó la rosa y Terlu la alzó en brazos.

—¿Podemos llevarnos también una mano y un mortero?

—le preguntó Terlu a Yarrow—. Creo que esta vez deberíamos majar los ingredientes y convertirlos en una pasta.

Si voy a conjurar magia más sencilla, tendrá que estar concentrada.

—O al menos aquella era su teoría, que parecía encajar con su experiencia reciente.

El jardinero fue en busca de una mano y un mortero en sus utensilios de cocina y los añadió al cesto que contenía los ingredientes del hechizo. Entonces le pasó uno de los bollitos que habían sobrado de la cena de la noche anterior.

—¿Para desayunar?

—Gracias. —Sus dedos se rozaron cuando aceptó el bollito y ella se quedó mirando sus manos durante un instante (las de él doradas y las suyas lavanda), y se preguntó si él sentía lo mismo que ella, pero para cuando levantó la mirada hacia la cara de Yarrow, este ya se había dado la vuelta y estaba abriendo la puerta.

Fuera, el aire de la mañana era fresco y arrastraba el olor del mar.

—Quieres, eh, ¿hablar? ¿Sobre lo que ha pasado antes? —preguntó Yarrow.

¿Delante de Lotti?

—¿Más tarde? ¿Quizá? —O nunca. Si le iba a decir que había sido un error, entonces prefería el silencio, al menos de momento, al menos hasta que la sensación de la boca de él sobre la suya se desvaneciera de sus labios.

—Bien —dijo Yarrow.

Siguieron andando.

—Podía soportar que cantaran hasta que empezaron con las rimas —siguió explicando Lotti—. ¿Te haces una idea de la de palabras que riman con «mar»? Muchas. Demasiadas.

Yarrow las guio hasta otro invernadero muerto, lejos del resto.

Mientras él machacaba los ingredientes para formar una pasta, Terlu estudiaba las palabras del hechizo. Lotti brincaba de un lecho de flores muertas a otro.

—¿Eran especies únicas? —preguntó la rosa.

—Únicas en el invernadero de Belde —contestó Yarrow—. Por fortuna, hasta donde yo sé, ninguna de estas especias está extinta en las Islas Crecientes. Fue una tragedia, pero podría haber sido peor.

—¿Puedes pedir que te traigan más semillas y que vuelvan a crecer?

—Si podemos arreglar el invernadero, sí.

—Qué bien. Laiken contemplaba este sitio como un refugio y, al mismo tiempo, como un mecanismo de seguridad. Si el resto del mundo destruye sus plantas, al menos no se habrá perdido todo.

—No tenía muy buena opinión de la gente —observó Terlu.

—Le encantaban las plantas —terció Lotti.

Terlu no le recordó cómo Laiken había permitido que se quedara en estado latente o cómo había encantado a las demás para que se durmieran. Su amor no era el tipo de amor que Terlu quería. No mires a Yarrow , se dijo con firmeza.

Yarrow desvió la atención hacia Terlu.

—¿Estás lista?

No .

—Sí.

Se puso en pie, tomó la pasta que había hecho Yarrow y se acercó a la pared de ventanas más cercana. Las grietas recorrían el cristal. Eligió una, se untó los dedos de pasta y la esparció por la grieta.

—Ten cuidado —dijo Yarrow detrás de ella—. Podrías cortarte.