El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo diecinueve #2
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Capítulo diecinueve #2

—Me dijiste que ahora son floristas, ¿verdad?

Asintió.

—Entonces no tienes motivo para preocuparte. Una floristería no estará en ningún lugar cerca del palacio ni en un sitio que atacarían los revolucionarios. —Lo dijo con toda la convicción de que fue capaz—. Estoy segura de que tu familia está bien y recibiremos una respuesta en cualquier momento.

Yarrow exhaló una sonrisa extraña que se extendió por sus labios.

—Gracias.

Ella sintió que se ruborizaba.

Cuando se terminaron la sopa y el pan, limpiaron la mesa juntos y Terlu, por una vez, no sintió la necesidad de llenar el silencio con palabras.

Era un silencio agradable, uno al lado del otro.

Sería más agradable incluso si nos estuviéramos besando .

Pero no, no iba a permitir que aquellos pensamientos arruinaran aquel instante tan encantador.

Se ha sincerado sobre un sentimiento. Y me ha hablado de sí mismo . Eso ya era una gran victoria.

Tampoco era un detalle sin importancia. Le había enseñado algo. Planta a planta, había aprendido a cuidar de aquel sitio… Quizá esa sea la manera de arreglarlo . Había estado intentando recrear los hechizos de Laiken, pero él había sido un maestro hechicero.

—Tal vez… Deba reducir mi ambición.

Yarrow alzó las cejas, atento, esperando que dijera algo más.

Terlu sacó las hojas con los hechizos y la extendió sobre la cama para analizarlas.

Podía identificar algunas de las partes dispares.

¿Y si extraía algunas líneas del hechizo por vez y se centraba en arreglar solo una pequeña parte del invernadero, en vez de intentar abordar la estructura entera?

Si intentaba trabajar con una cantidad de magia más pequeña, entonces a lo mejor no terminaría con unos resultados pasados por agua.

—El hechizo es demasiado largo, al menos para mí.

Es como cuando intentaste cuidar de una planta sin saber cómo.

No poseo los conocimientos suficientes para comprender qué hay que hacer y cuándo, al menos no como lo haría un hechicero con una cantidad ingente de práctica, y hay demasiadas cosas que podrían salir mal.

Si lo descompongo en partes… Como aquí, por ejemplo.

—Señaló con el dedo a una sección del texto—.

Esta frase es para fortificar un único panel de cristal.

En el contexto del hechizo completo, Laiken lo hizo todo de una sola vez, sellando así el invernadero entero con un único esfuerzo espectacular, pero…

creo que puedo adaptarlo para centrarme en arreglar una grieta de una sola ventana, que puede que sea un objetivo más razonable, al menos al principio.

—Negó con la cabeza—. Pero ¿y si colapsa otro invernadero mientras me tomo las cosas con calma?

Él se encogió de hombros.

—Es mejor que te tomes tu tiempo que no lo intentes.

Terlu miró los hechizos con el ceño fruncido, intentando reorganizar las frases en su mente.

—¿Tienes algún lápiz de carbón aquí? —Había dejado el set que había estado usando en el taller de Laiken.

Yarrow abrió un cajón de su escritorio y sacó un set de escritura. Ella se sentó con las piernas cruzadas en su cama y empezó a trabajar. Fuera, la luna subía por el firmamento y derramaba una pálida luz azulada sobre el bosque nevado. Dentro, el gato alado estaba aovillado al lado del hogar.

—Deberías dormir.

—Eres tú la que debería descansar —replicó él—. Sobre todo si vas a hacer magia.

Desestimó la idea con un gesto vago de la mano. Se le estaba a punto de ocurrir algo.

—En cuanto termine esto…

Terlu se quedó dormida con la cara amorrada a sus anotaciones. Cuando se despertó, pestañeó con la luz de la luna que se filtraba por la ventana. No había usado la letrina antes de quedarse dormida y ahora necesitaba ir desesperadamente. Dejó las hojas sobre la mesa cuando pasó por su lado.

Usó el baño, se lavó rápidamente los dientes y salió trastabillando. Notaba las piernas pesadas y tenía los ojos solo medio abiertos. Regresó a la cama, refunfuñó por lo bajini por la cantidad de espacio que ocupaba el gato alado y se quedó dormida al instante.

Unas horas después, cuando la luz del sol se filtró por la ventana, Terlu se dio cuenta de que se había metido en la cama equivocada.

Tardó un instante en que esa realidad penetrara su cerebro obnubilado por el sueño: estaba más cerca de la ventana de lo normal, el gato estaba despatarrado sobre la otra cama y tenía el brazo de Yarrow rodeándole el cuerpo.

Era una sensación agradable.

Muy agradable.

Y estaba claro que no debería estar en su cama sin que se lo hubiese pedido.

Pero si se movía, ¿lo despertaría? ¿Cómo reaccionaría él? ¿Ya se había percatado de su presencia? ¿Iba a pensar que se había metido en su cama a propósito? ¿Sería eso malo?

Sí, definitivamente lo sería. Si iban a ser algo más que amigos —¿acaso eran amigos ya?— con Yarrow, no lo iba a conseguir con esas tretas. Él merecía poder decir la suya.

Yarrow se movió en sueños y se acurrucó contra ella. Su respiración le calentó la nuca. Terlu sintió que encajaba a la perfección entre los brazos de él, como un libro bien puesto en una estantería.

Discurrió tanto rato entre si quedarse como estaba o moverse que Yarrow se despertó.

—Ah, ¿hola? —dijo él.

—Hola.

—Estás en mi cama.

—Sí, es verdad. —Terlu puso una mueca—. Me desperté en mitad de la noche y… mmm… me equivoqué de cama.

—Ah.

No apartó el brazo del cuerpo de ella.

Terlu rebuscó en su interior qué decir.

—¿Has dormido bien?

—Sí, muy bien —contestó él con voz grave—. ¿Y tú?

—Muy bien —dijo con voz más aguda de lo habitual.

—Genial.

—Me alegro de que tú también hayas dormido bien —balbuceó Terlu—.

He estado… más calentita así, aunque haya sido un error.

Por el frío que hace fuera. Debe de entrar alguna corriente por la ventana, pero no la he notado.

Porque se está más calentito si somos dos.

— Ay, por el amor del mar, ¡cierra el pico!

—Es verdad que se está más calentito —convino él. Al cabo de unos segundos añadió—: ¿Ha sido un error?

—Sí.

¿Debería haber dicho que no?

Empezó a retirar el brazo.

—No —le pidió ella y acto seguido puso una mueca—. Quiero decir… Sí, ha sido un error, pero un error agradable.

—¿Un error calentito?

—Eso es.

Yarrow volvió a rodearla con el brazo y ella se preguntó qué significaba todo aquello. Entonces, se cuestionó si se estaba comportando como una idiota, y decidió que, aunque se estuviera comportando como una idiota, eso no significaba que tuviera que seguir actuando como una.

Se removió hasta estar de cara a él, envuelta en sus brazos, sus pechos apretados contra el pectoral de él. Tenía los ojos muy abiertos y las motas doradas brillaban más de lo que ella recordaba.

—Me gustaría besarte —le dijo Terlu—, si es que te parece…

Yarrow la besó.