El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo diecinueve
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Capítulo diecinueve

T erlu estaba calada hasta los huesos para cuando llegaron a la casa de Yarrow. Dentro de los calcetines, notaba los pies como dos bloques de hielo. Tras entrar, se quitó el abrigo.

—Puedes tender la ropa mojada al lado del fuego —le indicó él mientras añadía más leños para avivar las llamas. El fuego siseó cuando le cayeron encima las gotas de su cuerpo empapado. Al instante, dio un paso atrás y se quitó la camisa húmeda.

Antes, siempre que se cambiaba, Terlu apartaba la mirada por cortesía o estaba en el cuarto de baño, pero esa vez, el jardinero actuó con tanta presteza que la chica lo estaba mirando de frente.

Su cuerpo era… Vaya. Muchos músculos. Hombros anchos, sí, de eso se había dado cuenta con la ropa puesta, pero no le había visto el pecho desnudo ni los brazos.

Se quedó mirando cómo los músculos de sus brazos se flexionaban mientras sacudía la camisa y la colgaba en el respaldo de una silla cerca del hogar.

Terlu no dio cuenta de que había hecho un sonido —algo parecido a un trino— hasta que él desvió la mirada hacia ella. Poniéndose roja como un tomate, se giró para mirar la cama y acariciar el gato alado.

—Buen gatito.

Acurrucado en la colcha, Emeral ronroneó. Terlu notó que el rubor se le extendía de la cara hasta el cuello. «¿Buen gatito?». Ay, madre, ¿por qué no podía simplemente…?

Notó la mano de él sobre el hombro. Cálida. Sólida.

Terlu se volvió y lo miró a los ojos. Tenía motas doradas en los iris, que nadaban en su profundidad verde esmeralda. Se le atoró la respiración en la garganta. Yarrow poseía el tipo de ojos en los que te podías zambullir.

—Le estás goteando encima al gato —apuntó él.

—¡Ay! —Se apartó de la cama de un salto. Se apresuró hacia el fuego, se quitó la ropa y se puso una túnica seca que él le pasó. Estaba hecha de la lana más suave y le abrazó el cuerpo. Actúa con normalidad .

—¿Calentamos sopa?

—Voy a hornear algunos panecillos —se ofreció él—. La masa debería haber leudado ya.

—¿Cuándo has tenido tiempo para preparar la masa?

Se encogió de hombros.

—Me relaja.

—Ah. ¡Ah! No quería decir que no deberías emplear el tiempo en preparar masa. —Ojalá se atreviera a decir que se le ocurría otra manera de relajarse… También deseaba poder ordenar a sus mejillas que dejaran de sonrojarse.

Yarrow dividió la masa y empezó a bolear cada porción. Se detuvo a medio proceso y arrugó la frente.

—Mantequilla de miel —musitó mientras se volvía hacia el fregadero para lavarse las manos.

—Ya voy yo —se ofreció Terlu.

Abrió el armarito frío y encontró un tarro lleno de mantequilla de miel.

Cuando se estaba acercando a él para dárselo, se percató de que el jardinero no le quitaba el ojo de encima.

Probablemente sea porque piensa que soy rara, no porque piense…

cualquier otra cosa . Estaba segura de que ya no la aborrecía, pero eso no era lo mismo que querer besarla.

Procuró no fijarse en sus labios y en su lugar esbozó una sonrisa mientras le daba la mantequilla.

—Una cucharada en cada bollito —le indicó.

No se apartó de ella cuando se acercó para echar una buena cucharada de mantequilla en cada uno de los bollos crudos.

Sin mirarlo, Terlu era muy consciente de su cercanía.

Su piel lo percibía tan claramente como el calor del fuego.

Escuchó su respiración mientras extendía la mantequilla.

Le temblaba un poco la mano, y esperó que él no se diera cuenta.

Déjate ya de paparruchas. A duras penas me aguanta, y eso es solo porque sé leer hechizos . Terlu se apartó cuando hubo terminado y Yarrow metió la bandeja con los bollitos en el horno de ladrillos.

—¿Cuál es tu recuerdo favorito? —le preguntó ella.

Yarrow empezó a encoger los hombros por enésima vez.

—No hace falta que respondas. —No tenía del todo claro por qué lo había preguntado, solo que quería saber más de él, saber en qué pensaba y qué sentía.

Tal vez si consiguiera comprenderlo… y si él pudiera comprenderla a ella…

el ambiente enrarecido se disiparía—. Mi recuerdo favorito es de una naranja.

—¿Una naranja?

—Me crie en Eano —le explicó Terlu—. Tiene un montón de playas de arena.

Un montón de zumo de guayaba y bayas dulces.

Ni rastro de nieve. Mi abuela tenía un naranjo, un naranjo muy especial que había vivido más de trescientos años, al menos eso decían las historias de mi familia.

No estoy segura de si es verdad; podría fácilmente haber sido como la carpa koi de mi primo, que mi tío iba sustituyendo por un pez nuevo cada vez que se moría.

Bueno, a lo que iba. El naranjo de mi abuela sacaba fruta muy de vez en cuando, tres naranjas al año, si se sentía generoso, pero sabían a los rayos del sol.

Los rayos del sol al alba en un día perfecto.

Todo el mundo competía para ganarse una de esas naranjas del alba, y las terminaba repartiendo como premio por logros especiales.

Como un año, que un niño del final de la calle salvó a su hermana de morir ahogada por una contracorriente.

Se ganó una naranja. Mi tía dio a luz a gemelos.

Se ganó una naranja. Al caso, mis padres querían que me pasara el verano trabajando en su tienda, aprendiendo lo que era ganarse el pan, pero en vez de reabastecer las estanterías, que es lo que se suponía que debía estar haciendo, me pasé el rato leyendo…

Me había encontrado un viejo libro en la casa de mi abuela, y estaba escrito en un antiguo dialecto de Eano que hoy en día no habla nadie.

Los isleños sabían algunas palabras sueltas, pero a nadie le enseñaban a leerlo.

Así que lo aprendí por mi cuenta. —Era el primer idioma que había aprendido por su propia cuenta, la primera vez que se había percatado de que tenía madera para las lenguas.

Sus padres opinaron que eso era perder el tiempo.

Una lengua casi olvidada. ¿De qué servía?

—. Durante el cumpleaños de mi abuela, le leí algunas historias del libro como sorpresa.

Se trataba de un viejo libro de cuentos que sus padres solían leerle cuando ella era pequeña.

No sabía leer el idioma, aunque podía hablarlo.

No había vuelto a oír aquellos cuentos desde que había fallecido su padre.

—Aunque los padres de Terlu no lo habían entendido, de hecho, la castigaron con no pagarle por el tiempo que había pasado en la tienda (algo que le pareció justo, puesto que no había hecho el trabajo que se suponía que debía hacer), había valido la pena—. Mi abuela me dio una naranja ese día.

—¿Y sabía a los rayos del sol?

—Como el sol al alba. —Terlu sonrió al recordarlo. Hay sabores que se te quedan grabados a fuego porque están cargados de recuerdos—. Fue la primera vez que me di cuenta de que se me podía dar bien algo. Antes de eso… bueno, fue un momento memorable. Vale, te toca.

—Mmm… —Yarrow cambió el peso de un pie al otro, incómodo.

—No tienes por qué contarme nada. —No quería obligarlo a compartir una anécdota si lo incomodaba. Simplemente había pensado… —Está bien. Creo que la sopa está lista.

Yarrow examinó los bollitos.

—Unos minutos más.

—Vale. —Se ocupó de llenar los vasos de agua y colocar cuencos y cucharas. En la cama, Emeral se estiró, extendió sus alas y las replegó sobre el lomo.

—Cuando tenía unos seis o siete años, me dieron una planta para que la cuidara —Yarrow le habló al vacío—.

Pasadas unas semanas, sus hojas amarillearon, le salieron manchas en el tallo y se le empezaron a pudrir las raíces.

Creía que había contraído algún tipo de enfermedad.

—Se quedó callado unos segundos—. Espera, me has dicho mi recuerdo favorito. No sé si este vale.

Estaba hablando. Era lo único que ella quería.

—Está bien, sigue.

—Es un recuerdo bonito, supongo, al final.

Le consulté a mi padre y me dijo que la había regado demasiado.

No sabía que eso era posible. Lo único que sabía era que las plantas necesitaban agua, así que creía que estaba haciendo lo correcto.

—Se quedó callado y sacó los bollitos del horno de ladrillos.

La casita se llenó del aroma a pan recién horneado.

Terlu sirvió la sopa en los cuencos y llenó un bol con un pedazo de urogallo para Emeral. Este se lanzó al aire y cruzó la casa volando, mientras Terlu y Yarrow se sentaban a la mesa.

En la biblioteca había echado de menos aquello: compartir la comida con alguien. No pienso arriesgarme a pifiarla echándome encima de él. No necesitaba amor. Solo necesitaba sopa, pan recién hecho y alguien con quien hablar. Y, milagrosamente, Yarrow estaba hablando.

—Yo estaba llorando a moco tendido, y fueron mis lágrimas la que convencieron a mi padre de que estaba preparado, de que me importaba lo suficiente como para querer aprender.

Empezó a darme lecciones ese mismo día sobre cómo cuidar las plantas.

—Continuó con la historia mientras comían—.

Fuimos revisando todo un invernadero, y me identificó cada una de las plantas y me dijo cómo podarla, trasplantarla y regarla.

Al día siguiente, me pidió que lo guiara y que le repitiera lo que me había enseñado como un loro.

Cuando hubo algo que no recordaba, me lo volvió a enseñar.

Los bollitos calientes sabían a nubes empapadas de miel y la sopa estaba incluso más rica que el día anterior después de que el caldo se hubiese infusionado con las hierbas. Terlu dividió su atención entre las palabras de Yarrow y la sopa.

—Cuando me sabía el contenido de uno de los invernaderos de pe a pa, procedíamos con el siguiente.

—Aprendiste planta por planta, ¿todas?

Él se encogió de hombros. —Al final sí. Tardé varios años. Pero solo me hizo falta un mes para que la planta, la que había regado demasiado, volviera a estar lo bastante saludable para florecer.

—Tu padre debía de estar muy orgulloso de ti —apuntó Terlu.

—Fue un buen día. Ojalá… —Dejó la frase en el aire.

—¿Qué? —insistió ella.

—Espero que esté bien. Que todos estén bien.