El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo dieciocho #3
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Capítulo dieciocho #3

—La prímula —respondió sin tener que pensarlo siquiera—.

Hemos usado una prímula de noche, que florece después de la puesta de sol.

—Se arrodilló al lado de los cestos—. Hay varios cientos de variedades de prímulas.

He traído seis de las más comunes. —Abrió el primer cesto y sostuvo en alto un ramillete de flores amarillas—.

Prímula veris. —Otra, de flores moradas y largos tallos—.

Prímula candelabro. Prímula común. Prímula rosa. Prímula elatior…

—¿Cuál de todas florece bajo los rayos del sol?

Le pasó un ramillete de hojas suaves como la lana.

—La prímula común. Sus flores normalmente son de un amarillo claro. Prefiere los lugares en semisombra y húmedos, y tierra suelta, pero puede crecer a pleno sol.

Cambió el botón de prímula de noche.

—¿Lo quieres volver a intentar?

Yarrow levantó la mirada hacia las estrellas un instante y asintió.

Terlu se aclaró la garganta y recitó el hechizo una segunda vez, con los nuevos ingredientes en las manos.

Sobre sus cabezas, el azul oscuro clareó y las estrellas se desvanecieron.

Un resplandor amarillo limón se expandió por el cristal, y en un primer momento no supo decir si procedía del interior o del exterior, pero siguió brillando hasta alcanzar un tono ámbar tan intenso que se vio obligada a entornar los ojos.

—Pues la prímula común va a ser que no. —Yarrow empezó a rebuscar entre los otros botones de prímula.

En el tercer intento atenuaron el amarillo. La luz del sol natural se filtró por el cristal y Terlu anotó lo que habían hecho de forma distinta, indicando la especie exacta de prímula.

—La pregunta clave es: ¿se ha sellado el cristal?

Era algo esencial para restaurar los invernaderos, quizá el paso más importante.

Si podía arreglar y fortificar la estructura, corregir las grietas, sellar y reforzar el cristal y aislar el edificio entero con una barrera que tanto protegiera las paredes de las inclemencias y estabilizara la temperatura interior, entonces podría centrarse en averiguar qué hechizos necesitaba para controlar el calor, el agua y la humedad para que las especies de los diferentes climas pudieran existir dentro, sin que importara el tiempo atmosférico del exterior.

Pero primero tenía que recomponer la estructura en sí.

Yarrow se acercó a uno de los paneles de la pared. Ella lo siguió y observó cómo apoyaba una mano en el cristal… y este se transformó en agua al entrar en contacto con su piel. Se vertió por entre sus dedos y bajó hacia los demás paneles. Y entonces:

Chooof.

Se empezaron a disolver un panel tras otro, que cayeron como una cascada por las paredes…

—¡Los hechizos! —gritó Terlu.

Corrió hacia el centro de la sala, donde había dejado los papeles con todas sus anotaciones y hechizos en el suelo. Los recogió lo más rápido que pudo y se apretó los papeles contra el pecho.

Un segundo después, el techo se disolvió.

Terlu chilló y se encorvó por encima de los hechizos mientras el agua caía a raudales y los empapaba.

Yarrow abrió su abrigo y se inclinó por encima de ella para protegerla con el abrigo y su cuerpo.

Ella se arrimó a él, con los hechizos aplastados entre los dos, mientras el agua, junto con la nieve que se había acumulado en el tejado, les caía a chorro por encima a los dos.

Un minuto después, terminó. Solo quedó un goteo constante. Terlu asomó la cabeza por el lado del abrigo de Yarrow.

—Bueno —dijo con voz temblorosa—, pues no ha salido del todo bien.

Le empezó a temblar el pecho.

Se dio cuenta de que se estaba riendo.

Terlu comprobó el estado de las hojas con los hechizos. Estaban arrugadas, pero secas. En cuanto a los ingredientes… flotaban en el palmo de agua que cubría el suelo del invernadero.

—No tengo la formación adecuada para hacer esto. Te mereces una hechicera de verdad, no una bibliotecaria que cree que puede hallar solución a cualquier problema echándole horas de estudio. Lo siento.

Yarrow la atrajo hacia sí.

—No digas eso.

—¿Qué? Pero si acabo de inundar este sitio.

—Lo has intentado. Nadie más lo habría intentado. Y lo intentarás de nuevo, ¿verdad?

—Sí, claro. —El agua helada le había calado las botas y empapado los calcetines, pero notaba los cálidos brazos de él a su alrededor.

Inclinó la cabeza y lo miró. Le estaba sonriendo, con la misma expresión que le había dedicado el primer día que había llegado a aquel sitio, antes de que él supiera quién era ella, solo que ahora sabía todo lo que ella era y todo lo que había hecho.

—Espera, ¿quieres que lo vuelva a intentar? ¿Después de este desastre?

—Sigo confiando en ti.

Terlu lo miró boquiabierta, ensimismada por la esperanza que irradiaban sus profundos ojos verdes.

Era consciente de que estaba pegada a él y de que sus brazos la rodeaban.

Estaba empapado, el pelo le goteaba sobre el abrigo y el abrigo goteaba sobre el suelo, pero su pecho estaba seco y desprendía un agradable calor.

Nunca había sentido tantas ganas de besar a alguien.

Húmedos, sus labios parecían oro fundido.

—No es demasiado lógico, teniendo en cuenta este estrepitoso fracaso.

Él se encogió de hombros y Terlu notó cómo se movía el cuerpo entero del hombre.

—Has hecho magia. —Yarrow dio un paso atrás y empezó a recoger los ingredientes mojados. De repente, Terlu se sintió fría, y deseó que él no se hubiese apartado—. Mañana lo puedes probar en otro invernadero. Con ropa seca.

—Sí, claro.

Deseó haberse atrevido a besarlo en vez de seguir hablando, pero lo ayudó a rescatar los ingredientes anegados que quedaban y se dirigieron chapoteando hacia la puerta del invernadero.