Capítulo dieciocho #2
Cuando la examinó más de cerca, reparó en que no se trataba de una roca cualquiera. Era un rubí, en bruto, pero de un intenso rojo brillante que parecía que se hubiese tragado el atardecer. Un tesoro de su alijo.
—No hace falta… —Estiró la mano para devolvérselo.
El dragón le graznó como si lo hubiera ofendido.
—Está bien, está bien. Tendré mucho cuidado con él —le prometió—. Gracias.
Se metió la gema en el bolsillo y salió del laberinto para regresar cruzando varias salas hasta llegar a la que estaba cargada de rosales, donde Lotti estaba enzarzada en una acalorada discusión con Dendy sobre la manera adecuada de podar un rosal.
—¿Va todo bien? —preguntó Terlu.
Lotti dejó una frase a medias.
—Esta planta no floreciente piensa que hay que cortar todos los tallos menos tres o cuatro y dejar solo dos o tres botones. —Meneó las hojas al aire para darle énfasis a su ira—. ¿Te lo puedes creer?
Dendy estiró sus hojas como si se acabara de despertar de una agradable siesta y dijo con su voz lenta y grave:
—Los taaallos creeecerán más fuertes si…
—No si confundes brotes nuevos con serpollos —lo interrumpió Lotti con un teatral bufido—. No puedes podar a troche y moche.
Dendy exhaló por entre sus hojas.
—Nuuuunca hago nada «a troche y moche».
Terlu no tenía ni la más mínima idea sobre podar rosales. Sostuvo una mano en alto.
—Voy a experimentar con un hechizo. ¿Podéis ayudar a Yarrow a mantener a las demás plantas alejadas? No me la quiero jugar a que pueda ocurrir un accidente.
—Tendréis que encargaros vosotros solos de reunir a las demás —dijo Yarrow con voz firme detrás de Terlu—. Yo voy a ayudar a Terlu con los hechizos.
Con la intención de decirle que no hacía falta (y que podía ser arriesgado), la bibliotecaria se volvió hacia él.
Yarrow cargaba con dos cestos. Ambos rebosaban de ramas, hojas, bayas y fruta, tan pesados que Terlu podía ver la curva que dibujaban los músculos de los brazos de él en la camisa.
Con ojos como platos, miró boquiabierta tanto los brazos como los cestos.
—Madre mía, eso es una barbaridad. No creía que la lista fuera tan larga.
Se ajustó uno de los cestos en el antebrazo con un gesto un poco avergonzado.
—Algunas de las especies tienen múltiples variedades. Las he traído todas para ir sobre seguro.
Este hombre es increíble . Había conocido a varios académicos, personas que se suponía que prestaban atención a los detalles, que no eran tan meticulosas ni dedicadas.
—No hace falta que vengas conmigo —terció Terlu, demasiado tarde. Se preguntó si Yarrow se había dado cuenta de que se lo había quedado mirando embobada—. No puedo garantizar ningún tipo de resultado. Será mejor que yo sea la única que se exponga al riesgo. Podrías hacerte daño.
El jardinero se encogió de hombros.
—O podrías hacerte daño tú. Si estoy contigo, puedo sacarte de ahí.
—¿Y si nos hacemos daño los dos?
Otro encogimiento.
—Entonces nos salvamos el uno al otro.
Ella sonrió.
—Bueno, está bien.
Lotti contrajo sus pétalos morados.
—Ay, parece que tenga azúcar en las hojas. Dejad de ser tan empalagosos, ¿queréis?
—Es demasiaaaado —convino Dendy.
Terlu sintió que le subían los colores y desvió la mirada a cualquier lugar en el que no estuviera Yarrow.
—¿Os encargaréis de que las demás plantas permanezcan a una distancia segura? —le preguntó Terlu a Lotti y a Dendy.
—Que sí, que sí —contestó Lotti—. Venga, fuera. Que se os caiga la baba en otro lado.
Con la cara encendida, Terlu siguió a Yarrow a través de invernaderos rebosantes de flores, arbustos, enredaderas, árboles y verduras, así como uno lleno de cientos de tomateras, cada una custodiada por unas caléndulas con rostros leoninos en el centro de sus flores.
Recordó que él le había hablado sobre el invernadero de los tomates, pero no le había mencionado que también contenía caléndulas con rostro de león que les gruñían cuando les pasaban por al lado.
Quiso preguntarle por esas flores, pero Yarrow caminaba con paso decidido.
Ya habrá tiempo después , pensó, para preguntas, explorar y todo lo demás, después de que haya perfeccionado los hechizos .
¿Después de que hayamos perfeccionado los hechizos? ¿Podía usar el plural?
Pasadas las tomateras, cruzaron una sala muerta tras otra, hasta que finalmente el jardinero se detuvo.
Al principio no dijo nada. Solo dio una vuelta lentamente sobre sí mismo.
Ella también escrutó el espacio: las grietas del cristal, las plantas marchitas, las telarañas de la cúpula y la gruesa capa de polvo que lo cubría todo como un sudario vaporoso.
—Esta es la primera sala que perdimos —dijo Yarrow mientras dejaba en el suelo los dos cestos de ingredientes—. Mi padre y yo. Lo descubrimos cuando ya era demasiado tarde. Si hubiésemos sido más rápidos… —Dejó la frase a medias—. Nunca hubo tiempo suficiente.
A su lado, Terlu le tomó la mano. Notó los callos de su palma de años de jardinería, pero aun así tenía la piel cálida y suave.
No la apartó.
Un minuto después, Yarrow respiró hondo.
—¿Por dónde empezamos?
A regañadientes, Terlu retiró la mano de la de él para poder extender sus anotaciones en el suelo.
Quería hacerle más preguntas sobre su padre y el resto de su familia, si estaba preocupado por ellos, y había algo que ella pudiera hacer para ayudar, pero le había prometido que trabajaría en los hechizos. Así es como puedo ayudar .
—Por lo que puedo deducir de las anotaciones, este es el hechizo principal que Laiken lanzó sobre cada invernadero.
Es extremadamente avanzado y muy enrevesado, pero, por lo que he podido entender, lo que hace es fortalecer las ventanas y fortificar el perímetro a la vez, de modo que la estructura pueda soportar cualquier condición atmosférica que se hayan establecido en su interior.
Yarrow soltó un gruñido.
—Sella el cristal.
—Ah.
—Supongo —se corrigió ella.
Él alzó las cejas.
Terlu le mostró el hechizo.
—Mira, la palabra «terilis» tiene varios significados, dependiendo del contexto, y no sé exactamente qué efecto puede tener cuando va acompañada de «rwyr», que esencialmente es una palabra de activación, con connotaciones de que el hechizo influirá en el mundo natural…
Una palabra importante cuando estamos tratando con plantas, porque el sufijo «-yr» a menudo se asocia con la clorofila, excepto en los casos en los que se junta con «vi», lo cual no ocurre aquí, y por eso creo…
Él volvió a tomarle la mano y la chica se quedó callada, con la mirada fija en su mano de tez lavanda envuelta en la de él, de color dorado.
Es la primera vez que me toca . Ella lo había tocado un montón de veces, para muestra un botón: le había tomado la mano hacía escasos minutos, pero él jamás había sido quien tomara la iniciativa.
Una pequeña diferencia que para ella era inmensa.
—Confío en ti —dijo Yarrow.
Sin despegar los ojos de las manos, Terlu profirió una risilla.
—No soy una hechicera formada.
—Lo sé.
—Si no sale bien…
—Todo irá bien.
Tal vez no fuera bien. De repente, la gravedad de lo que estaba haciendo la golpeó. Había una razón de peso para que el juez hubiese querido que ella sirviera de ejemplo. No podía asegurar que el hechizo hiciera más bien que mal. Quizá esto sea un error .
—Yo estaré a tu lado, pase lo que pase —la tranquilizó Yarrow—. No lo vas a hacer sola.
Terlu sintió que se le fundían las entrañas.
Sí, cabía la posibilidad de que el hechizo fallara, pero por eso precisamente le había pedido que buscara uno de los invernaderos que ya estaban muertos. ¿Qué daño más podía ocasionar?
—Está bien. Lo intentamos. Para este, necesitamos arena, bayas de saúco, semillas de arbusto de ifinal, una hoja de helecho, el botón de una prímula y el fruto de una rosa mosqueta.
Arrodillado al lado de los cestos, Yarrow sacó cada uno de los elementos.
—Cierra las tapas cuando termines —le indicó Terlu. Había aprendido la lección cuando había despertado por accidente todas las plantas sintientes a la vez; no dejar nunca ingredientes extra expuestos a la intemperie.
Él la obedeció.
—Amontónalo todo para que se toque, por favor.
Y luego… No lo sé… ¿orar con todas nuestras fueras para que esto funcione?
—Respiró hondo y Terlu empezó, pronunciando cada palabra del código del hechicero que había traducido con suma meticulosidad a la Primera Lengua.
Se aseguró de hablar con claridad, enfatizando las sílabas correctas y respirando solo al final de las frases.
Cuando terminó, guardó silencio. Yarrow aguardó a su lado, paciente, confiado.
Sobre sus cabezas, el cristal adoptó un tono gris ahumado. Bloqueó la luz del sol y el invernadero se sumió en las sombras. Una a una, empezaron a aparecer estrellas en el cristal. Se extendieron, formando densos cúmulos de estrellas que barrieron el falso cielo.
—Es precioso —apuntó Yarrow.
Lo era, pero…
—No se acerca para nada a lo que pensaba que sucedería.
—Terlu estiró el cuello en un intento de ver todas las estrellas.
Era una réplica del cielo nocturno de verano: reconoció algunas de las constelaciones.
Tenía una tía a la que le encantaba llevarse a todos los niños al tejado y señalar todas las constelaciones que sabía identificar y contarles historias sobre ellas, mitos antiguos de Eano y de las islas cercanas: el delfín que saludó el alba, la sirena que iba en busca del océano, el gato que voló dos veces alrededor del sol y se convirtió en parte del firmamento.
Señaló hacia un conjunto de estrellas al este—. Esa es el Gato Solar.
—¿Por qué han aparecido estrellas?
Miró el escrito del hechizo con el ceño fruncido. El problema no radicaba en las palabras; no había ninguna que hiciera referencia a la noche o a las estrellas.
—¿Hay algún ingrediente que guarde alguna conexión con la noche?