El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo dieciocho
52%

Capítulo dieciocho

D espués de dos semanas de investigación, con la ayuda frecuente de Dendy, Terlu había amasado un conjunto de hechizos que no creía que fueran a hacer que nada ni nadie saliera volando por los aires ni se transformara en algo desagradable.

Los estaba revisando cuando Yarrow asomó la cabeza en el taller del hechicero.

—¿Quieres comer algo? —le ofreció.

Llevaba un plato tapado con un paño. Terlu olió las hierbas en cuanto el jardinero dio un paso dentro.

—Huele de maravilla —dijo ella—. ¿Qué es?

—Pan de zanahoria y calabacín. Es mi propia receta. —Parecía avergonzado al decirlo, como si fuera de menos calidad solo porque la hubiese inventado él—. Sabe mejor de lo que parece. Está inspirada en la receta de mi tía Rin de magdalena de zanahoria.

—Se me hace la boca agua. —Terlu se preguntó si su tía Rin era uno de los familiares que estaban en Alyssium.

Después de contarle las noticias que había compartido Marin con ella sobre la revolución, su cara se había contraído conformando una mueca de preocupación, pero, por supuesto, no había querido hablar de ello.

Sin embargo, había empezado a preparar más recetas que decía que eran de su familia, así que sabía que estaba pensando en ellos.

Despejó un lado de la mesa de trabajo y dejó allí el plato.

El aroma a pan horneado se extendió por el aire.

Olía a una cosecha de otoño. O como el mercado de un granjero cuando el sol ha estado brillando y la lluvia ha ido cayendo y todo ha crecido tan tremendamente bien que nadie pasará hambre durante el invierno.

—¿Cuándo has sacado tiempo para hornear esto?

—Él, con Lotti y las demás plantas sintientes, habían estado atareados recolocando las plantas que habían podido rescatar del perecido invernadero tropical.

Habían logrado salvar más de las que podría haber trasplantado Yarrow si lo hubiera hecho solo, pero seguía siendo solo una fracción de lo que había albergado la sala bañada por el sol.

Yarrow se encogió de hombros.

—Hemos terminado con las tareas urgentes.

Ahora hay que ver si las plantas enraízan o no.

No hay nada que pueda hacer para ayudarlas en eso.

—Retiró el paño y reveló la hogaza: de un tono marrón dorado y con una preciosa greña que le surcaba la corteza.

Yarrow cortó la hogaza con un cuchillo que había traído y le pasó una rebanada con una servilleta.

—Gracias. —Por dentro, el pan estaba salpicado de hierbas, además de tiras de zanahoria y calabacín.

La miga era tan tierna como la de un bizcocho y olía a canela y nuez moscada con notas de especias dulces.

Se preguntó si Yarrow se lo tomaría como una ofensa o como una adulación que se metiera la rebanada entera en la boca.

—Espera. —Sacó un pequeño tarro de uno de sus bolsillos y una cuchara—. Sabe mejor si lo acompañas con mantequilla de miel.

Terlu untó una buena porción de mantequilla y le dio un bocado.

Tenía un sabor ligero, dulce y lleno de hierbas que no podía identificar, pero que sabía que quería comer una y otra vez.

Cerró los ojos y saboreó el siguiente mordisco.

Cuando los abrió, vio que Yarrow la estaba mirando.

El hombre apartó la mirada rápidamente y cortó otra rebanada.

—Si en algún momento te planteas cambiar de profesión —dijo Terlu—, serías un cocinero excelente.

Él se encogió de hombros.

—Solo es pan. Me alegra que te guste.

No era solo pan. Era el hecho de que hubiese pensado en ella mientras lo horneaba, que lo hubiese acarreado por la nieve con un tarro de mantequilla de miel en el bolsillo y se hubiese preocupado por si le gustaba o no.

Si no le hubiese gustado, estaba segura de que Yarrow habría desaparecido y regresado al rato con otro mejunje todavía más delicioso que él describiría como «solo pan» o «un simple refrigerio» o «un desayuno básico», cuando se trataba de un cruasán de almendras perfectamente laminado servido dentro de una calabaza tallada en forma de cisne, o algo igual de exquisito.

Se preguntó si se podía tallar una calabaza para que pareciera un cisne…

¿Quizá era más factible que pareciera un pato?

Se pasó un rato imaginando qué tipo de animales podían crearse a partir de una calabaza antes de devolver la atención a sus anotaciones.

—Creo que he encontrado algunos hechizos que pueden funcionar.

Yarrow dejó de mascar.

—¿Por qué no me lo has dicho en cuanto he entrado?

—Me has traído pan.

—Esto es más importante que el pan.

—¿Cómo va a ser algo más importante que el pan, sobre todo si va acompañado de mantequilla de miel?

—Terlu.

—Lo siento. Es solo que el quid está en el «pueden funcionar».

Verás, a Laiken le gustaba experimentar y, aunque apuntaba meticulosamente qué ingredientes usaba en cada uno de sus experimentos, era menos cuidadoso en registrar los resultados.

La mayoría de las veces he sacado conclusiones basándome en los ajustes que ha hecho para su próxima iteración.

De todos modos, creo que he encontrado su versión final del hechizo de los invernaderos.

Sin embargo, se trata de un hechizo complejo conjurado en varias etapas con efectos entrelazados que a la vez refuerza el cristal y lo aísla para permitir que se estabilicen la temperatura y la humedad dentro de la estructura.

—Extendió unos papeles—. Pongo en duda el uso de «rwyr-ent» en la tercera línea…

De todos modos, lo que vengo a decir es que, para seguir avanzando, tengo que experimentar.

Yarrow levantó el hechizo que le quedaba más cerca y le echó un vistazo.

Terlu no le dijo que lo estaba sosteniendo bocabajo.

—¿Quieres experimentar?

—Sí, preferiblemente en uno de los invernaderos muertos. Si sabes de alguno que esté lejos de cualquier otro invernadero vivo… —Por si estaba equivocada con los efectos del hechizo.

Yarrow asintió y dejó la hoja con el hechizo.

—¿Sabes los ingredientes que necesitas?

Ella le enseñó una lista.

—¿Son peligrosos los hechizos?

Cualquier hechizo podía ser peligroso si cometías algún error.

Había un motivo por el que el emperador había prohibido el uso de magia no autorizada.

Quizá había llevado el edicto demasiado lejos, pero la precaución inicial entraba dentro de lo racional, por eso solo se habían desatado un puñado de protestas de los académicos y demás personas de igual parecer cuando se habían aprobado las leyes.

Bueno, eso y el hecho de que la guardia imperial había sofocado las protestas con una fuerza demoledora.

Terlu se estremeció al recordar el destino que habían padecido algunos de los protestantes: convertidos en hielo en pleno verano.

Se habían derretido y vertido su agua en los canales bajo el calor sofocante de la tarde.

—Sí, es posible.

Yarrow gruñó.

—Le pediré a Lotti que mantenga a las demás plantas alejadas. —Se puso el abrigo—. Nos veremos en el rosal. Traeré los ingredientes.

Ella también se puso el abrigo.

—¿Me puedo quedar lo que queda de mantequilla de miel?

—Claro.

—¿Te importa si no te devuelvo el tarro?

Yarrow se encogió de hombros.

—Haz lo que quieras con él.

—Gracias. —Lo tapó y se lo metió en el bolsillo.

Él se la quedó mirando un momento, y a Terlu le dio la sensación de que su curiosidad estaba en conflicto con el deseo de no alargar la conversación.

—¿Es un ingrediente para el hechizo?

Sería una bonita coincidencia.

—No. Simplemente he pensado que a los dragones les gustaría.

—No hace falta que les des comida —replicó Yarrow—. Tienen todo lo que pueden necesitar en el laberinto de girasoles. Laiken se aseguró de que fueran autosuficientes.

—Lo sé, pero quizá los haga felices.

Él sonrió.

—Vale.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Terlu intentó desentrañar lo que el jardinero estaba pensando, pero no lo consiguió.

—Avísame cuando quieras más mantequilla de miel —dijo él.

Unos minutos después, Terlu resolvió el rompecabezas del crisantemo de la puerta y entró en el laberinto de girasoles.

—¿Hola? —gritó. Los pinos al inicio del laberinto ya se habían separado. En cuanto dio un paso adelante, los girasoles giraron las cabezas hacia ella.

Se acercó a la primera intersección del laberinto y abrió el tarro con la mantequilla de miel.

—¿Hola, dragones? He pensado que quizá os guste esto, ya que os gustó el panal.

Lo sostuvo en alto sobre la palma de la mano.

Un dragoncito de escamas plateadas surcó el cielo dibujando una espiral por encima de su cabeza. Profirió un graznido y se le unieron tres más.

Terlu no se movió y mantuvo la mano levantada.

El dragón plateado aterrizó como si fuera un halcón en su brazo, sus garras se hincaron en el abrigo, y agradeció estar protegida por la gruesa capa de lana de la manga.

Un guante de cetería sería una buena inversión , pensó.

Se preguntó si podía pedirle uno a la mensajera la próxima vez que regresara a Belde.

El dragón metió el morro en el tarro de mantequilla y lo lamió con una lengua plateada.

Emitió un ronroneo metálico parecido al de un gato.

Alzó el vuelo y un segundo dragón, de escamas verdes y azules, aterrizó en su brazo para lamer la mantequilla.

—Es toda para vosotros —les indicó Terlu. Con la mano libre, acercó el tarro al dragón.

Otro dragoncito descendió hasta posarse a su lado y, juntos, los dos dragones alzaron al aire el pequeño frasco de mantequilla de miel.

Volaron hacia las vigas, donde los esperaba una pequeña bandada.

Oyó cómo se arrullaban unos a otros, como el parloteo de unos niños, pero sin palabras distinguibles, y se preguntó si era posible aprender a hablar el idioma de los dragones.

Esa será una tarea para otro momento , pensó.

Terlu se dio la vuelta para marcharse y oyó un gorjeo detrás de ella. Se giró y vio que el dragoncito plateado llevaba una piedra roja en las garras. Ella extendió las manos y el dragón la dejó caer sobre sus palmas.

—Gracias.