El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo diecisiete #4
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Capítulo diecisiete #4

—Está bien, pero es importante que su familia la reciba cuanto antes, si es que se puede navegar hasta allí.

—¿Cómo de caótica era la situación? ¿Estaba en peligro la familia de Yarrow?

¿Y la biblioteca? ¿Y Rijes Velk? No seas tonta.

Los revolucionarios no tocarán la biblioteca.

Está llena de tesoros. No le cabía duda de que tanto la biblioteca como la directora estaban perfectamente.

La marinera se encogió de hombros.

—Si es importante, encontraré la manera.

—Puedo ayudar —suplicó Ree—. Como peligro para desayunar.

—¿Tú desayunas? —preguntó la marinera.

—Solo como peligro.

—Aunque me haga gracia y me parezca adorable, la respuesta sigue siendo no. —Se volvió a Terlu—. Entregaré la carta lo más rápido y con todas las garantías que pueda. ¿Tienes el pago?

Terlu le dio la bolsita de Yarrow. El jardinero le había indicado que le ofreciera la mitad —la otra mitad era por si decidía enviar una carta suya a otro destino. Pero le dio todo el contenido—.

—¿Es suficiente para llevar la carta a Alyssium y aceptar a un nuevo grumete? —Señaló con la cabeza hacia el arbusto.

—¿Por favor? —gimoteó Ree, con hojas temblorosas.

La marinera echó un vistazo al interior de la bolsita y soltó un silbido.

—Vale, lo retiro. Navegaré a cualquier lugar acompañada de quien sea por esta cantidad.

En la etiqueta pone que son calabazas estivales de Rivoc.

Mi madre lleva años queriendo plantarlas, pero ya no hay ningún lugar donde conseguirlas.

Dale las gracias a Yarrow de parte de las dos y dile que le traeré un saco extra de harina la próxima vez que venga con el reparto del mes. —Le sonrió a Ree—. Cuando vengamos.

—¡Aah! —exclamó Ree, tan entusiasmado que se había quedado sin palabras.

—Gracias —le dijo Terlu.

—¡Mi capitana! —gritó Ree y se le desprendieron algunas hojas.

—Puedes llamarme Marin. Es el diminutivo de Marinera, pero siempre pensé que era un poco demasiado obvio. Mis padres se la jugaron bastante… ¿Y si no me hubiese gustado navegar?

—¿A quién no le podría gustar navegar? —preguntó Ree.

—Eso es exactamente lo que pienso yo.

—Gracias, Marin. Yo me llamo Terlu. —Demasiado tarde, pensó si no debería haber proporcionado un nombre falso.

No tenía ni idea de si en Alyssium la consideraban una fugitiva o no, sobre todo si tenía en cuenta las noticias que le llegaban de la capital.

Cambió de tema rápidamente—. ¿Hace mucho que conoces a Yarrow?

—La marinera parecía preocuparse por Yarrow.

¿Lo conocía bien? ¿Había conocido a su familia?

—Así que Yarrow. Ni siquiera sabía cómo se llamaba.

—La mujer negó con la cabeza—. Solo he hablado con él un par de veces, la primera para preguntarle cada cuánto necesitaría provisiones, la segunda para preguntarle sobre el pago.

Es un tipo callado. Educado. No me intentó regatear, que para mí fue toda una novedad.

Algunas personas cuando ven llegar a una repartidora dan por sentado que quiero engañarlos e intentan estafarme ellas primero.

Para algunos se trata de algún tipo de juego.

—Señaló con la cabeza hacia el bosque—. Tu chico jamás intentó ninguna de esas tretas. Lo respeto mucho por eso.

Mi chico . Terlu notó que se volvía a ruborizar y cambió de tema otra vez.

—¿Viste la sierpe hace un rato? Cantaba como si fuera una trompeta. Jamás había visto una en persona. Siempre me imaginé que la descripción del canto de trompeta no era más que una forma poética de los escritores de expresarse, pero es verdad que sonaba como si fuera música.

—Era Perri. Es mi colega.

¿Tenía por amigo una sierpe marina? ¡Hala!

—Tengo muchas preguntas.

Se guardó la bolsita de semillas con la carta y Marin sonrió.

—Te las responderé algún día. O quizá no. A lo mejor me invento algunas historias fabulosas y será cosa tuya decidir cuál es verdadera. Todo el mundo espera que los marineros hayan vivido aventuras increíbles en tierras lejanas… Y así es. Claro que sí.

Terlu abrió la boca para preguntarle más cosas.

Marin sostuvo un dedo al aire.

—En otra ocasión. Las horas de luz son limitadas y debo cabalgar el viento y visitar muchas islas en mi ruta.

Entregaré la carta del jardinero. Y algún día me gustaría que me contaras esa historia, la de cómo te hiciste amiga del jardinero ermitaño de Belde.

Me voy a llevar un buen chasco si no hay como mínimo un beso apasionado.

Terlu resopló.

Con una carcajada, Marin desamarró el barco del muelle.

—Vamos, grumete. Las olas no esperan a ningún hombre, mujer o arbusto.

Ree se apresuró a subir al barco.

—¡Dile a los demás que yo también regresaré con muchas historias que contar!

Sin perder la risa, Marin empujó la embarcación del muelle con el pie y tiró de una soga hasta que el viento hinchó la vela. Ree se acercó al mástil, lo rodeó con las ramas y trepó por él.

—¡Buen viaje! ¡Y gracias! —les gritó Terlu.

Marin se despidió con un gesto del brazo y entonces inclinó la cabeza hacia atrás y cantó una cascada de notas. A lo lejos, en el mar abierto, una sierpe iridiscente saltó por entre las olas y le devolvió el canto con melodía de trompeta.

En el muelle, Terlu los observó hasta que la marinera, el arbusto y la sierpe desaparecieron de la vista.