Capítulo diecisiete #3
Bajó los escalones hacia el muelle mientras le hacía señas al barco.
El viento había arreciado desde la última vez que había estado fuera, y se arrebujó el abrigo mientras esperaba en el muelle, conteniéndose a duras penas de saltar de un pie al otro.
Ree ya estaba en el borde del muelle, temblando de emoción.
Terlu no se había detenido a pensar por qué ella también estaba tan entusiasmada hasta que vio la cara de la marinera:
¡Otra persona!
Más que eso, era una persona procedente de más allá de los confines de Belde. Se podía creer con facilidad que el resto del mundo no era más que un recuerdo lejano y no algo que existiera en realidad, cuando estabas rodeada de invernaderos imposibles.
La marinera era una mujer de piel plateada del mismo tono que las velas.
Llevaba el pelo a rayas negras y blancas atado en una coleta con un lazo plateado e iba vestida con un uniforme azul con unas botas negras que le llegaban hasta las rodillas.
Le sonrió a Terlu cuando el barco se deslizó por el lateral de la pasarela.
—¿Lo puedes atar?
Le arrojó una cuerda a Terlu y esta (para su alivio) la atrapó al vuelo.
Se arrodilló para atarla a uno de los amarraderos del muelle —había fondeado las suficientes canoas en Eano como para que sus dedos recordaran cómo darle forma correctamente al nudo, a pesar de los años que había pasado encerrada en la biblioteca.
—¿Eres tú quien ha izado la bandera? —preguntó la marinera—. ¿Qué tienes para mí?
—Hola —la saludó Terlu—. Gracias por venir. Cómo me alegro de… Bueno, encantada de conocerte. —Sacó la carta del bolsillo del abrigo.
—Yo me llamo Ree —dijo el arbusto—. Y tú… vaya. Hola. ¡Eres una marinera!
La marinera se echó a reír, sin malicia, y dijo:
—Hola, Ree. Sí, lo soy. Podrías haber dejado la nota en la caja —dijo tras volverse hacia Terlu—. El jardinero lo hace así. ¿Eres la nueva jardinera? ¿Qué le ha pasado al otro? ¿Está bien?
—Está bien. Yo soy… —No tenía ni idea de cómo describir quién era ni por qué estaba allí. Le extendió la carta, como si esa fuera una respuesta viable—. Soy una amiga suya. Le estoy ayudando con el invernadero.
—Mmm. Bien por él. —La marinera sonrió. Tenía una sonrisa amigable, ancha y abierta.
Le echó un vistazo a la carta antes de guardarla en un zurrón que llevaba colgado al costado—.
¿No hay ninguna lista de provisiones? Normalmente me deja una lista con lo que necesita… harina, cera, levadura y cosas así.
—Es una carta para su familia en Alyssium.
¿Sabes cuánto tardará en llegar? —No tenía claro cómo decirle que no sabía dónde estaba sin que sonara extraño.
Sabía que Belde estaba lejos de Alyssium, pero ¿se encontraba al norte, al sur, al este o al oeste?
¿A cuántas millas? Dudaba de que Belde fuera una de las islas exteriores, dada la falta de tormentas.
Las islas exteriores eran famosas por un clima más inestable, al menos según las escasas noticias que había oído en la biblioteca, pero ¿lo sabía ella?
—. No es por presionar, pero si pudiera proporcionarle al jardinero algún tiempo estimado sobre cuándo podría recibir respuesta…
—Me encanta el mar —intervino de sopetón Ree.
—A mí también, mi nuevo amigo —replicó la marinera—. A mí también.
Terlu le sonrió al pequeño arbusto, que parecía maravillado con la marinera.
—A Ree le gustaría acompañar la carta, para asegurarse de que llega a su destino. Si no te importa que te haga compañía.
—No va a ser una travesía ni corta ni fácil. No sé si el océano abierto es lugar para alguien, algo, inexperto… —Dejó la frase a medias. Estaba claro que no sabía qué era Ree.
—Soy un mirto —explicó él—. Y soy halófito. ¡Eres una marinera real!
—Adora el océano —dijo Terlu.
—¡No causaré ningún problema! —intervino Ree—. Limpiaré la cubierta. A todas horas. La dejaré como los chorros del oro. Y treparé el mástil. Ay, ¿puedo trepar el mástil? ¿Por favor? Puedo trepar el mástil y gritar eso de «¡Tierra a la vista!».
—No me cabe duda de que serías tremendamente útil, pero no necesito a un mozo de cubierta. Yo navego sola. Además, Alyssium no es el mejor de los sitios a donde ir estos días. Es un auténtico lío, con la revolución y demás. Pasará un tiempo antes de que los ánimos se calmen en la ciudad.
Espera… ¿Una revolución? ¿Qué me he perdido?
—¿Qué está pasando en Alyssium? —Intentó sonar natural, como si no se tratara de una noticia trascendental que podía alterar el curso de la historia y tener un efecto potencial en su vida, su futuro y su seguridad, así como en la vida, y la seguridad de todas las personas a las que conocía en la ciudad capital y fuera de ella—. ¿Has dicho una revolución?
—¿No lo sabes?
—A las gaviotas no les gusta demasiado cuchichear y no recibimos demasiadas visitas.
La marinera volvió a reír.
—Cierto. La versión corta es que los revolucionarios al fin han defenestrado al emperador, y lo digo literalmente, lo arrojaron por una ventana… Total, que el imperio ha caído. Es algo que llevaba cociéndose desde hace ya un tiempo. Eso al menos sí que lo sabías, ¿no?
Había sido una estatua durante seis años. Así que no, no lo sabía.
—He estado ocupada.
—Bueno, en resumidas cuentas, Alyssium está sumido en el caos y el imperio de las Islas Crecientes ya no existe. Ahora son las Islas Crecientes, a secas. ¿Seguro que el jardinero está bien? Es la primera vez que le manda una carta a alguien.