El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo diecisiete #2
49%

Capítulo diecisiete #2

Iba a tener que confiar en que quienquiera que respondiera a la carta se preocupara por las plantas y por Yarrow lo suficiente como para que dejara a un lado cualquier devoción que pudiera sentir hacia la ley imperial o cualquier reparo moral que sintiera por ayudar y cobijar a una delincuente.

Era eso o dejar que Yarrow siguiera intentando salvar el mundo él solo.

Dije que intentaría ayudar, y eso voy a hacer.

Sintiéndose más decidida, aunque no exactamente mejor, Terlu regresó a la casa de Yarrow.

Mientras se quitaba la nieve de los zapatos, el gato alado se estiró adormilado en su cama.

Terlu le lanzó al animal la pluma de grifo.

Con un maullido feliz, Emeral la envolvió con las patitas y empezó a mascar distraídamente la punta.

Ronroneaba mientras masticaba y daba pataditas con las patas traseras.

—Una vez que envíe esta carta, podríamos tener una nueva visita. ¿Estás listo para eso? —le preguntó al felino—. ¿Crees que Yarrow está preparado?

Holgaba decir que cabía la posibilidad de que ninguno de los parientes de Yarrow acudiera a su llamada, y era más probable todavía que, si alguno se presentaba, sería al cabo de semanas.

Había pocas opciones de que alguien abandonara su vida en Alyssium y acudiera a toda prisa a la remota isla de Belde.

Si de verdad iba a ir alguien a socorrerlos, sería cuando lo considerara oportuno, cuando dispusiera de un hueco en sus responsabilidades.

Lo más probable era que se intercambiaran algunas cartas y terminaran por planear una visita en primavera o verano.

Dada la magnitud de lo que estaban pidiendo —que uno de los parientes jardineros de Yarrow regresara a su distante hogar durante un tiempo indeterminado— aquella no iba a ser una solución inmediata, así que debía terminar lo antes posible con la carta y retomar la revisión de los cuadernos del hechicero en busca de respuestas.

Se sentó de nuevo al escritorio de Yarrow y agarró una pluma.

La mojó en el tintero y escribió sin detenerse.

Era la mejor manera de hacerlo, con la punta de la pluma pegada al papel.

Así evitaba que pudiera reconsiderar y rereconsiderar las frases.

Cuando terminó, sopló la tinta hasta que se secó, luego dobló la carta y la ató con un lazo.

Yarrow le había dejado preparada una etiqueta con el nombre y la dirección de su tío y su tía en Alyssium, los floristas.

La pegó en su sitio con un poco de resina que fundió en el fuego.

Yarrow le había dicho que no quería leer la carta cuando estuviera terminada.

Terlu se lo había propuesto, pero él había insistido en que la enviara en cuanto la tuviera escrita, antes de que pudiera cambiar de parecer.

Le había dejado una bolsita con el dinero para que lo diera al mensajero y este entregara la carta.

No le iba a decir que ella también albergaba dudas. Era el mejor plan de acción por el bien de las plantas, independientemente de sus preocupaciones personales. Yarrow no podía hacerlo todo solo. Ni siquiera con la ayuda de una antigua bibliotecaria y múltiples plantas sintientes.

—Volveré en cuanto la haya enviado —le dijo al gato.

Al menos el felino no parecía preocupado.

Después de apagar el fuego, Terlu se puso el abrigo y esa vez caminó en la dirección opuesta: hacia el muelle.

Yarrow le había indicado que la llevara allí para enviarla y la dejara junto con el pago, que debería ser la mitad de lo que había en la bolsita que le había dado.

Esa vez no deambuló, fue al grano. No quería tener tiempo de repensárselo y girar sobre los talones.

Una vez que hubiese entregado la carta… Bueno, estaría hecho, y sería decisión de otras personas elegir ser altruistas o no.

Terlu oyó el mar antes de verlo; estallidos rítmicos como el sonido constante de un tambor mientras las olas rompían contra las rocas. El aire salino del mar se mezclaba con el aroma fresco a pino del bosque, y sonrió al salir de entre los árboles para contemplar la expansión ondeante azul.

Las olas parecían estar diciéndole: No te preocupes . Notó que se le relajaban los hombros. En la distancia, las velas plateadas de una embarcación arrancaban reflejos al sol.

—Es precioso, ¿verdad? —dijo una voz—. El mar.

Dio un respingo y se fijó en el arbusto de medio metro de altura que no estaba arraigado al suelo. Agachado sobre una roca, se aguantaba el cepellón bajo un montón de hojas. Ree, el mirto , recordó ella.

—Sí que lo es —convino ella.

—Yarrow ha dicho que estás escribiendo una carta a su familia —dijo Ree—. Le dije que la entregaría yo mismo. —La planta sacudió las hojas, y a Terlu le dio la impresión de que estaba hinchando el pecho. Tenía una voz joven y la muchacha se preguntó cuántos años tendría el mirto.

—¿Lo harás? —Terlu intentó hallar la manera de preguntar con cortesía cómo exactamente conseguiría hacer algo así una planta—. Tiene que llegar hasta Alyssium, que está… —No sabía exactamente a qué distancia quedaba Alyssium de Belde— lejos.

—No te preocupes por mí —repuso Ree—. Soy halófito.

—Ah, ¿felicidades?

—Tolero la sal —tradujo él—. Además, soy muy valiente.

—Ah. —Todo eso estaba muy bien, pero no explicaba cómo iba a entregar una carta al otro lado del mar. No podía tener planeado ir nadando, ¿verdad? ¿Podía nadar un arbusto? Intentó imaginárselo y tuvo que apretar los labios para que no se le escapara una carcajada.

—Hay una bandera en la caja de final del muelle —dijo Ree—. Si la izas, un barco de mercaderías sabrá que tiene que pasarse por la isla. Cuando lo haga, me iré con él.

De repente, se le quitaron las ganas de reír.

—¿Quieres marcharte de Belde?

—Ah, sí —respondió con un claro anhelo en la voz—. Siempre he querido ver mundo, navegar por el mar, notar la sal en mis hojas y el viento en mi corteza. Laiken jamás lo comprendió, pero Yarrow… Me ha dicho que, si es lo que quiero, entonces es lo que debería hacer.

Terlu pensó en la hija de Laiken y se preguntó si Ree la conocía, tanto a ella como a su sueño. Debía de haber oído la historia… así que también sabía que la hija no había regresado jamás.

—Debo encontrar mi sitio —dijo el arbusto—. Mi propósito.

Terlu lo comprendía perfectamente.

—¿Has dicho que ice la bandera?

—Sí, y vendrá un barco.

Se acercó al mástil y se fijó en una caja que había fijada en el suelo del muelle a su lado.

La abrió y sacó de ella una bandera. La tela era de color blanco y la habían decorado con un bordado en forma de lirio usando hilo plateado.

Tocó el diseño con cuidado y se preguntó quién habría creado algo tan precioso.

¿Acaso Yarrow poseía también esa habilidad?

¿O lo había hecho alguno de sus parientes?

Se preguntó cómo sería la familia de él.

¿Lo echaban de menos? ¿Se preocupaban por él?

¿Qué harían cuando recibieran la carta? En la misiva, Terlu no había especificado qué miembro de la familia debía acudir, y les había pedido que compartieran la carta.

Cualquier jardinero les servía. Era de suponer que elegirían a quienquiera que estuviera disponible.

Con un poco de suerte, quizá dos o tres se quedarían el tiempo suficiente como para marcar la diferencia.

Terlu la enganchó a la cuerda del mástil y la izó. La brisa la hizo danzar, y se protegió los ojos del sol para observar los destellos plateados que irradiaba la bandera al ondear.

Se preguntó cuánto tardaría un barco en acercarse allí.

Yarrow no le había dicho con qué frecuencia pasaban, solo que estaban atentos a la bandera.

Si Belde estaba anclada en medio de una línea marítima transitada, podía no demorarse demasiado.

Pero dudaba de que Laiken hubiese construido su invernadero encantado en un lugar bullicioso.

Terlu contempló el barco de las velas plateadas en el horizonte y esperó para ver si cambiaba de dirección, pero no percibió ningún cambio.

Podrían pasar días . No podía quedarse de brazos cruzados y esperar sin más.

Sin embargo, sí podía vigilar desde el taller del hechicero, si reposicionaba el escritorio un poco. Le gustaba la idea.

Se guardó la carta y la bolsita con el pago para el mensajero por el momento, aunque Yarrow le había dicho que podía simplemente dejarlo en la caja.

—Voy a vigilar desde el taller —le dijo a Ree—. ¿Quieres venir?

—Prefiero esperar aquí. Sentir la brisa marina en mis hojas. ¿No crees que las olas que se estrellan contra la costa es el sonido más bonito del mundo?

Ella sonrió.

—Saldré cuando atraque un barco.

Cuando se giró para encaminarse hacia la torre, oyó un sonido detrás de ella, como el de una trompeta. Ree profirió un grito ahogado y Terlu se volvió de nuevo hacia el mar.

Más allá del muelle, entre la isla y el barco, una sierpe marina rompió la superficie del agua.

Se quedó boquiabierta y ensimismada. Nunca había visto una que no fuera en las ilustraciones de los libros más antiguos de la biblioteca.

Sus escamas eran de nácar y tenía las aletas, parecidas a plumas, extendidas para captar el viento.

Cantaba como una trompeta mientras se arqueaba en el aire y se zambulló en las olas con un movimiento de su ancha cola plumosa.

Le pareció que era una señal: estaba haciendo lo correcto.

Aliviada y maravillada, Terlu entró en la torre.

Estaba a medio traducir un hechizo que podía ser para los paneles de cristal, o más probablemente para limpiar tarros usados, cuando oyó los gritos de Ree:

—¡Viene un barco!

Al mirar por la ventana vio un barco con las velas plateadas que navegaba en dirección a muelle. Terlu cerró el cuaderno, se apresuró hacia la puerta y agarró el abrigo. Ya estaba fuera antes de terminar de ponérselo.