El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

P ara cuando cayó la noche, Yarrow había encontrado cubos y tiestos para la mayoría de las plantas, con la ayuda de Terlu y de las plantas sintientes.

Tendrían que encontrarles hogares permanentes dentro de los invernaderos que tuvieran los niveles de temperatura y humedad más adecuados.

No era lo ideal, sobre todo teniendo en cuenta que los invernaderos que todavía sobrevivían ya estaban abarrotados, pero la gran mayoría de las que habían rescatado sobrevivirían, les había asegurado él.

Se empecinó en entrar en el invernadero recién colapsado, una vez que la temperatura se hubo estabilizado.

Seguía haciendo frío, pero era la misma temperatura que había fuera en el bosque invernal.

No era el tipo de frigidez que te congelaba la carne en segundos, como antes.

La gran mayoría de las plantas que habían tenido que dejar atrás no habían sobrevivido a la extrema fluctuación, pero Yarrow regresó con unas pocas que creía que podían ser suficientemente resistentes como para rebrotar.

—Mañana, cuando haya luz, iré en busca de semillas —afirmó—. Quizá podamos salvar algunas especies, aunque las plantas hayan muerto.

—Puedo ayudarte —se ofreció Terlu.

—Todas podemos… y lo haremos —intervino Lotti.

Las demás plantas la secundaron.

—Esta noche nos quedareeemos con las refugiadas —dijo Dendy—. Y controoolaremos su estado de salud.

Estalló un coro floral cuando las plantas que estaban cerca expresaron su acuerdo.

Velarían por las plantas realojadas, cuidarían sus raíces y se asegurarían de que tuvieran agua y nutrientes.

La orquídea se ofreció a cantarles, y el mirto propuso enseñarles una saloma.

Le cardo dijo que bailaría para animarlas y acto seguido se puso a mecer adelante y atrás su flor globular.

—Gracias —les dijo Yarrow. Se frotó la cara con las manos, y Terlu reparó en lo cansado que se lo veía, tan cansado como se sentía ella—. No puedo… No es suficiente. No las hemos podido salvar a todas. Por eso necesitaba a un hechicero, para evitar que esto siguiera ocurriendo.

Touché . Terlu sabía que no era culpa suya que la hubiesen enviado a ella, pero aun así las palabras le escocieron.

—Lo siento.

Yarrow bajó las manos.

—No quería decir… —Dejó la frase a medias, y ella supo que sí quería decir eso, aunque dudaba que la culpara a ella. Simplemente desea que hubiese llegado otra persona . No era nada personal, aunque lo sintiera como algo muy, muy personal.

—Por si sirve de algo, creo que no necesitas a otro hechicero —dijo Lotti.

—No queremos a otro hechicero —añadió Risa—. Quizá nos obligue a dormir otra vez.

—Lo que necesitaaamos —le dijo Dendy a Yarrow— son más coooomo tú. Más jardineeeros. —Agitó las hojas describiendo un gesto amplio.

Yarrow negó con la cabeza.

—Solo estoy yo.

Al otro lado del camino, el sardonia, Nif, brillaba levemente y las demás plantas se congregaban a su alrededor. La campanilla estaba acurrucada a su lado y se estremecía con tanto vigor que se le caían los pétalos. La margarita profería suaves sollozos y el agua se derramaba por su tallo.

Terlu sabía cuál era la respuesta obvia. Ni siquiera tuvo que pensarla.

—Podría pedirle ayuda a tu familia. Solo hasta que encuentre los hechizos adecuados para fortalecer los invernaderos.

Me dijiste que nunca venían de visita. Quizá ha llegado el momento.

Con que acuda a la llamada una sola persona, duplicaría lo que puedes hacer por tu cuenta.

—Ella no contaba con la experiencia para ser de demasiada utilidad.

No se hacía ilusiones con eso, aunque se había dejado la piel, y las plantas sintientes no contaban ni con el tamaño ni con la fuerza—.

Además, así tendrías la oportunidad de asegurarte de que están todos bien.

Los ojos de él se desviaron hacia el invernadero muerto, y Terlu supo que se lo estaba pensando. El dolor de aquella pérdida reciente estaba escrito en la comisura de sus ojos. Sin embargo, negó con la cabeza.

—No sabría qué decirles. Yo no… No se me dan bien las palabras.

No era una negativa en rotundo. Es una buena idea . Terlu había pensado desde un principio que era demasiado trabajo para un solo jardinero, y creía que Yarrow no debería estar sin su familia.

—En eso te puedo ayudar.

Con la mirada puesta en las ventanas, Yarrow tenía un aspecto de lo más vulnerable.

—Podría ayudarte a escribir —insistió ella.

—Pues… —Se detuvo—. Sí. Sí, por favor.

Sentada al escritorio de Yarrow, Terlu escribió la carta en un papel amarillo claro. Y luego la reescribió. Y después se la quedó mirando con mala cara durante un rato. Y al final se fue a dar un paseo por el bosque.

El aire frío como un témpano. Se metió las manos en lo más profundo de los bolsillos del abrigo mientras caminaba bajo un cielo de un azul vibrante.

La nieve, que espolvoreaba las copas y cubría el suelo, desprendía brillo, y crujía bajo sus pies mientras caminaba por entre los árboles.

No tenía ningún destino en mente y no creía que estuviera yendo a ningún lugar en concreto hasta que se adentró en una sección del bosque que le resultó familiar.

Mirando los árboles con el ceño fruncido, intentó averiguar por qué le parecía que conocía ese lugar.

No había pasado demasiado tiempo fuera del invernadero, con la excepción del trayecto entre la casa de Yarrow y el taller de Laiken.

Ni siquiera había regresado a la casita azul, la que había elegido para sí.

Desde entonces, se había sucedido una cadena de cosas más importantes que hacer, como terminar la carta, ayudar a Yarrow a buscar semillas o echar una mano para replantar las plantas rescatadas —todo aquello es lo que debería estar haciendo en aquel preciso instante—.

La verdad es que no tenía tiempo para darse un paseo por el bosque, pero había sentido la necesidad de aclararse las ideas.

No sabía por qué le costaba tanto escribir una simple carta.

Mientras avanzaba lentamente por entre los árboles, Terlu cayó al fin en por qué le sonaba aquel sitio: era donde había despertado, donde le había sido concedida una segunda oportunidad.

Ojalá supiera la fecha; podía ser su día de renacimiento y celebrarlo cada año con tartas de miel.

Eso era, por supuesto, dando por hecho de que tuviera la oportunidad de celebrar su renacimiento y que no la volvieran a convertir en una estatua después de que algún inspector descubriera no solo que había conjurado otro hechizo, sino que estaba planeando lanzar muchos más.

Por eso le estaba costando tanto escribir aquella carta, admitió.

Cuando se lo había propuesto a Yarrow, había estado pensando en él, las plantas y los invernaderos.

No había estado pensando en sí misma. Si alguien respondía a la carta y regresaba a los invernaderos, Terlu estaría en una situación vulnerable.

Podían decidir denunciarla y ella sería, una vez más, culpable. Lo que es peor, sería una reincidente.

Sopló el viento y la nieve cayó de las ramas de un pino cercano. Se arremolinó a su alrededor, destellando bajo los rayos del sol como destellos de diamante. Se volvió para mirar el invernadero, que apenas era visible a través del bosque.

No se arrepentía de lo que había hecho. Despertar a las plantas era lo correcto, y salvar los invernaderos también, si descubría la manera de hacerlo.

Pero la ley era la ley, por más excesiva y draconiana que fuera.

Mientras el imperio de las Islas Crecientes se mantuviera en pie, nadie se atrevía a desafiar la ley imperial, algo que ya debería saber a esas alturas.

Es una pena que no hayas aprendido la lección , dirían los demás bibliotecarios.

Su familia… ¿cómo se sentiría si supiera que la habían condenado, salvado, y se había desviado del camino correcto otra vez, solo por sus imprudentes decisiones?

Observó un pájaro —un cardenal, con unas brillantes plumas rojas que se recortaban contra la nieve— volando entre los pinos, y se preguntó si la intención de Rijes había sido que Terlu regresara a una vida de criminalidad con tanta presteza.

¿Y si había malinterpretado la carta de la directora de la biblioteca?

La comprendí a la perfección.

El pensamiento fue tan repentino como cierto.

Aquel era exactamente el motivo por el que la habían enviado allí.

Pero también tenía claro que las demás personas probablemente no eran tan abiertas de mente como Rijes.

La directora de la biblioteca era una persona extraña: muy inteligente, muy formada y muy empática.

¿Cómo podía saber Terlu si alguien más estaría tan dispuesto a perdonar ese flagrante desafío a la ley imperial?

Confiaba en Yarrow —se preocupaba más por sus plantas que por las legalidades que codificaba un emperador de una tierra lejana—, pero ¿podía confiar en la familia de él?

Por otro lado, ¿me queda otra opción?

Mantener el invernadero de Belde suponía demasiado trabajo para un solo jardinero, aunque contara con la ayuda de una antigua bibliotecaria y un número un tanto excesivo de plantas parlantes.

Yarrow necesitaba ayuda experta, y por fin estaba dispuesto a admitirla.

No podía permitir que su propio miedo se interpusiera.

Si me vuelven a convertir en estatua, al menos sabré que hice lo correcto.

¿Por qué no la terminaba de consolar ese pensamiento?

Captó un movimiento por el rabillo del ojo, y alzó la cabeza para ver a un grifo del tamaño de un gato pasar volando por debajo de una rama.

Sostenía un pescado en el pico y su cola de león se balanceaba detrás.

Una pluma solitaria se desprendió de una de sus alas cuando rozó las agujas de uno de los pinos.

De un color negro iridiscente, cayó lentamente hasta posarse sobre la nieve. Se acercó a ella y la recogió.