Capítulo dieciséis #3
Arrimó la pequeña planta a su pecho y salió corriendo del invernadero. Irrumpió en la sala contigua, hacia el calor, y cayó de rodillas. El ambiente cálido la invadió y sintió que le ardían los dedos de las manos y los pies.
—¿Yarrow?
No hubo respuesta.
No había salido con ellas.
—¿Dendy?
El filodendro tampoco estaba allí. Ambos se habían quedado en el frío invernadero mortal. Las ventanas estaban cubiertas de una escarcha con motivos que parecían flores y que las opacaban.
Dejó a Lotti en el suelo y le hiedra, Risa, la rodeó, enrollándose alrededor de la rosa, enroscada como una serpiente.
—Te calentaré —le dijo Risa a Lotti.
La pequeña rosa se estremeció.
—Gracias.
Terlu se obligó a ponerse en pie. No se había preparado como es debido para una emergencia como aquella.
Toda una vida de estudiar lenguas y luego una temporada como estatua no le proporcionaban la condición física que poseía un jardinero a tiempo completo, algo que, por lo general, no suponía ningún problema.
Volvió a entrar en el invernadero glacial.
Tanto Yarrow como Dendy estaban intentando arrastrar el seto en flor hacia la puerta. Los ayudó, pero cuando agarró una de las ramas esta se partió.
—Se ha congelado —dijo con un hilo de voz—. Dendy, se acabó. Tenemos que irnos.
El filodendro se estaba agarrotando.
—Yarrow, tienes que dejarlo. —Alzó en brazos el cepellón y las hojas de Dendy—. Vamos. Estamos bajo cero. No podemos quedarnos aquí.
—Llévatelo —le ordenó Yarrow.
Ella vaciló.
—¡Ve!
Con Dendy acurrucado contra el pecho, corrió hacia la seguridad y el calor del invernadero adyacente. Sentía la planta frágil en sus brazos.
—Ya casi estamos —susurró—. Aguanta. Te pondrás bien.
Alcanzó la puerta y casi se cae al cruzarla.
Cuando llegó a donde estaban los demás, Terlu cayó al suelo.
—Dendy, di algo, por favor.
Estaba callado. Y quieto.
—¿Qué hago? Está muy frío. —Le tocó una de las hojas y profirió un grito cuando se rompió entre sus dedos.
Notó que las lágrimas se le acumulaban en los ojos.
Le dolía todo. Lo había intentado con todas sus fuerzas.
Todos se habían esforzado. Y no había sido suficiente—. Dendy… Por favor, despierta.
Notó unas manos sobre los hombros.
—Necesita agua caliente —dijo Yarrow detrás de ella—. Acércalo a la estufa.
Terlu se puso en pie y llevó en volandas el filodendro, mientras los zarcillos de hojas congeladas de la planta se arrastraban.
Lo sentía tan delgado y frágil en sus brazos.
En su cepellón apenas quedaba tierra, como si sus raíces ya no pudieran retenerla.
Se le habían oscurecido algunas de las hojas.
—Voy a buscar un tiesto —anunció Yarrow.
Regresó al lado de la estufa con uno que ya estaba lleno hasta unas tres cuartas partes de tierra mullida y cálida.
Metió a Dendy dentro con cuidado. Debería haber sepultado las raíces en la tierra fresca por sí mismo, pero no lo hizo, así que Terlu se llenó las manos con un puñado de tierra y le enterró las raíces.
Yarrow empezó a cortar las hojas muertas.
—Rebrotará. Los filodendros son plantas duras de roer.
—¿Y el seto en flor?
Él negó con la cabeza.
—¿Y las demás plantas?
—Tengo que replantar las que hemos rescatado cuanto antes —contestó, sin dar respuesta a la pregunta que le había hecho ella, lo cual era en sí mismo una respuesta.
Su piel dorada estaba manchada de sudor y suciedad y tenía una mirada pesarosa—.
Quédate con Dendy. No debería estar solo cuando se despierte.
Ella asintió, y él se levantó y se alejó.
Se acercó al tiesto de Dendy y se empapó del calor que emitía la estufa.
Se prometió que ayudaría a Yarrow en cuanto Dendy despertara.
Notó una presión en el zapato y bajó la mirada.
Lotti se había subido a su pie y estaba intentado trepar por su calcetín.
Terlu alargó la mano, levantó la pequeña rosa y se la puso sobre el regazo.
—He intentado ayudar —dijo Lotti.
—Yo también.
—No ha sido suficiente.
No había nada que Terlu pudiera replicar.
Acarició tanto la rosa reviviscente como el silencioso filodendro.
Pasado un rato, el gato alado voló para acomodarse al lado de la estufa.
Se acurrucó a su lado y Terlu también lo acarició con la mano que le quedaba libre.
En las inmediaciones, las libélulas diamantinas aguardaban posadas en las ramas, las flores y las enredaderas. Habían dejado de bailar.
Al otro lado de la puerta, en el invernadero que había colapsado, las plantas tropicales se congelaban primero y luego ardían, a medida que los encantamientos refulgían antes de morir.
Derramó unas lágrimas silenciosas por la pérdida de todas aquellas plantas inocentes, por Yarrow, por la impotencia y por Dendy, que todavía no había hablado ni se había movido, a pesar del calor de la estufa, de la tierra fresca y de la poda.
Al fin, se le secaron las lágrimas.
Respiró hondo.
Sintió que podía moverse de nuevo.
—Debería ir a ayudar a Yarrow.
—Yo también ayuuuudaré —dijo Dendy mientras alargaba las hojas que le quedaban.