El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo dieciséis #2
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Capítulo dieciséis #2

Terlu ayudó a le nopal, Hosha, y a la orquídea, Amina, a maniobrar para sacar otro seto por la puerta.

La campanilla arrastró otro tiesto fuera, mientras que la espuela de caballero y la sardonia trabajaban juntas para desarraigar varios conjuntos de flores de un tono rojo estridente.

En el invernadero contiguo, las plantas empezaban a apilarse.

Iban a tener que replantarlas, y Terlu no las tenía todas consigo de que todas fueran a sobrevivir al estrés de ser extraídas de la tierra.

Los rescatadores estaban yendo con sumo cuidado, pero ¿sería suficiente?

Además, no sabía cómo iban a replicar las condiciones de calor y humedad de su invernadero original.

Pero ya se preocuparía por eso más tarde, después de salvar a todas las que pudieran. Respiró hondo, rotó los hombros y volvió a la carga. Siguiendo las direcciones de Lotti, despejó un parterre y usó la carretilla para transportar las plantas más pequeñas a un lugar seguro.

Se detuvo para recobrar el aliento y examinó el invernadero. Todavía rebosaba de verde. Si solo hubiesen intentado talarlo todo, ya habrían tardado varias horas, pero retirar las plantas con cuidado para no dañar las raíces… Era una tarea que podía llevarles días. Dudo de que dispongamos de días .

—¿Alguna idea de cuánto tiempo tenemos?

—No el suficiente —respondió Yarrow con voz sombría.

Terlu volvió a recoger la pala. Si hubiera más jardineros en la isla quizá tendrían alguna oportunidad de trasplantarlo todo, pero aunque tenían a todas las plantas sintientes ayudándolos…

No es suficiente. No podían trabajar lo bastante rápido ni lo bastante duro. Volvió a hundir la pala en la tierra.

Y la recorrió un escalofrío.

No debería tener frío. Estaba sudando a mares, pero el sudor se le enfriaba en la piel. Notó que el frío le calaba hasta los huesos. Levantó la mirada y vio que la escarcha empezaba a cubrir el cristal agrietado.

—¡Yarrow!

Él levantó la cabeza y su aliento se condensó delante de su boca.

—¡Todo el mundo fuera!

—¡Lotti, baja de ahí! —gritó Terlu. Recogió su abrigo y se lo puso. Le hiedra estaba en proceso de arrastrar un bananero. Con las manos entumecidas, Terlu le ayudó a cargarlo en la carretilla. La sacó del invernadero y regresó.

Dendy estaba hundiendo su pala de jardinería bajo una planta con hojas como las orejas de un elefante y unas flores brillantes de color amarillo que parecían trompetas. Las hojas le caían por encima, y toda la planta se sacudía cuando la pala golpeaba contra sus raíces.

La temperatura se está desplomando —le advirtió Terlu—. Se te congelarán las hojas.

—Solo unos minutos más.

Terlu lo ayudó con su pala. Cada vez hacía más frío y se colaba a través de su abrigo. El aliento se le condensaba. Vio que se empezaba a formar escarcha en las puntas de las hojas del filodendro y que empezaba a temblar.

—Vale, ya basta.

Dendy enrolló sus zarcillos alrededor de las raíces del arbusto mientras las brillantes flores amarillas se marchitaban y se secaban hasta convertirse en cascarones marrones.

—No puedo abandonarlas…

—¡Yarrow! —gritó Terlu. Levantó la mirada y vio que Lotti seguía colgando de una de las vigas. La pequeña rosa tampoco se había marchado todavía—. Lotti, ¡tienes que bajar ya!

Yarrow se acercó a ellos corriendo.

Como Dendy se empeñaba en que no pensaba largarse hasta que hubieran extraído la planta, Yarrow empezó a cavar alrededor de las raíces del seto de hojas de oreja de elefante en flor.

Dendy levantó de nuevo su pala con las hojas y también cavó.

La tierra salía despedida por el aire mientras la temperatura se desplomaba.

Aterida, Terlu se apresuró hacia debajo de la viga donde estaba subida Lotti.

—¡Tienes que bajar! ¡Lotti, por favor! ¡Te congelarás!

—¡No puedo! —aulló la rosa—. ¡Está todo congelado! ¡Me caeré! ¡Me haré papilla!

El frío empezaba a dolerle. Le quemaba la garganta al respirar.

La temperatura debía de haber descendido muy por debajo del punto de congelación, más allá de lo que ninguna planta podría sobrevivir.

Si Lotti permanecía allí, moriría. Si me quedo aquí…

Empezaría a experimentar los efectos de la congelación si no se marchaba de allí pronto.

No era una temperatura normal de invierno.

Se trataba de un frío intenso y mortífero.

—¡Puedes cazarme al vuelo! —le dijo Lotti.

—No, yo no… —A Terlu no se le daba bien atrapar cosas al vuelo.

Cuando era pequeña, uno de los juegos más populares en la playa era lanzar una pelota de tela a sus compañeros de equipo, con el fin de evitar que la interceptara el equipo contrario, pero a ella siempre la elegían la última, ya que solía cerrar los ojos cada vez que un objeto volaba hacia ella.

Pero Lotti ya se estaba preparando para saltar.

—¡Wiiiiii!

Terlu sintió que todo lo que tenía alrededor se desvanecía y el mundo se redujo exclusivamente a ella y la rosa que caía.

Alzó los brazos, y percibió que se estaba moviendo con lentitud, con mucha lentitud, con demasiada lentitud.

Notó las manos demasiado pequeñas; no la atraparé y se caerá y se espachurrará, y será culpa mía…

Dio un paso a la izquierda. No, a la derecha. No, a la izquierda…

Lotti aterrizó en sus palmas.

Terlu pudo volver a respirar.