Capítulo dieciséis
L as plantas encabezaron la comitiva —corriendo, brincando, tropezando las unas con las otras—.
Habría resultado cómico si Terlu no hubiese visto la expresión del rostro de Yarrow.
Mientras Dendy galopaba a su lado, mantuvo el ritmo de los pasos de Yarrow mientras se apresuraban hacia los invernaderos.
Cruzaron los rosales.
Cruzaron los helechos.
Hasta que se adentraron en el invernadero por el que había paseado Terlu el primer día que la revivieron, el que debería de haber estado chorreando por la humedad.
Estaba abarrotado de plantas, hasta el último centímetro henchido de hojas anchas y plantas trepadoras enredadas, pero el aire era frío.
Al levantar la cabeza, Terlu vio al instante lo que había ocurrido:
El sol había muerto.
Recordaba que aquel invernadero tenía un sol falso en la cima, tan intenso que había tenido que entornar los ojos para mirarlo. Ahora su cúpula presentaba un color gris ahumado, como un hogar manchado de hollín tras años de fuegos encendidos.
Las libélulas, las que bailaban alrededor del sol con los cuerpos de diamante y las alas doradas, ya habían huido. No vio que quedara ni una en el invernadero moribundo.
Crac .
Una grieta se abrió paso por uno de los paneles de cristal y se ramificó al acercarse a la cúpula.
—Tengo que salvar las plantas —dijo Yarrow.
—Dinos qué hacemos —le ordenó Terlu.
—¿A quién?
Terlu miró a Lotti, Dendy, Risa y las demás plantas sintientes. No quería hablar en su nombre, pero si de ella dependía…
—A mí —respondió Lotti.
—A todos —afirmó Dendy con voz firme.
Las demás plantas gritaron que estaban de acuerdo y acto seguido guardaron silencio, temblando, asustadas pero decididas.
A Terlu su valentía hizo que se le hinchara el pecho de orgullo.
Hacía solo un día estaban atrapadas en un sueño encantado, y ahora estaban ansiosas por actuar, por trabajar juntas para ayudar a las demás.
Yarrow las miró durante una fracción de segundo, como si quisiera añadir algo más, y asintió.
—La última vez que ocurrió esto, la temperatura del invernadero se desplomó hasta bajo cero y luego ascendió hasta un calor sofocante.
Los encantamientos no solo fallan, se vuelven locos.
Tenemos que sacar todas las plantas que podamos antes de que eso ocurra.
Vosotras incluidas. ¿Me habéis entendido? No os pongáis en riesgo.
Lotti palmeó con las hojas. Sonó como si un retal de tela golpeara contra otro.
—¡Ya lo habéis oído! Hojas a la obra. —Se quedó quieta y levantó la flor hacia Yarrow y Terlu—. ¿Qué se supone que tenemos que hacer, exactamente?
Yarrow ya se había puesto en marcha. Había dejado caer el abrigo al suelo, se había arremangado y estaba clavando una pala en la tierra cerca de la base de un arbusto de hibisco.
Terlu barrió el invernadero rápidamente con la mirada. La mayor parte de las plantas estaban plantadas directamente en los parterres del suelo, pero podían ir moviendo las pocas que estaban en tiestos.
—Tú, tú y tú —señaló a las plantas que parecían más recias y que poseían más tallos, hojas y estolones para agarrar y acarrear— empezad por los tiestos. Arrastradlos hasta la sala adyacente. Yarrow, ¿hay palas de jardinería? ¿Suficientemente pequeñas para que las usen las plantas?
—Avanza dos invernaderos en sentido este, cuando llegues a las rosas a la izquierda. Hay un armarito de almacenaje en la esquina de la sala de los cítricos —respondió Yarrow sin dejar de moverse.
—Iré a buscarlas —se ofreció Terlu—. Dendy, en cuanto Yarrow desarraigue ese seto, tus amigos y tú podéis transportarlo a la sala de al lado. Lo podemos trasplantar después de haberlo salvado todo.
—Sí, señooora —concordó Dendy.
Echó a correr por los invernaderos, giró a la izquierda cuando alcanzó las rosas y no frenó hasta que llegó a la sala llena de limoneros, limeros y pomelos.
El distintivo aroma a cítrico la envolvía, y lo aspiró mientras resollaba.
Le inundó los sentidos. Miró en busca de sus naranjos favoritos…
Céntrate, Terlu. El paseo por los frutales para más tarde.
¿En qué esquina estaban las herramientas? Ojalá lo hubiese preguntado. Cada segundo que perdía podía significar la muerte de una planta. Resoplando, trotó hasta la esquina que le quedaba más cerca. Contenía un limonero, con unos frutos brillantes amarillos acunados entre las hojas.
Siguiente esquina…
¡Sí!
Terlu cargó hasta la última pala de jardinería en una carretilla y añadió también dos palas grandes —había más de las grandes, pero a las plantas sintientes les resultaría más fácil agarrar y levantar las pequeñas con sus hojas y estolones—, y regresó a toda prisa cruzando los invernaderos.
El sudor le empapó las axilas y resoplaba mientras corría con la carretilla meciéndose a un lado y otro.
Por poco se le vuelca un par de veces, pero consiguió regresar.
Todas las plantas sintientes estaban ocupadas. Arrastraban tiestos por el invernadero hacia la seguridad de la sala adyacente.
Terlu se llenó los brazos con las herramientas, se detuvo y resopló. Hacía que no corría… Ni se acordaba desde cuándo. No estaba hecha para eso. Le ardían los pulmones mientras recuperaba el aliento, pero se obligó a moverse y a empezar a distribuir las palas de jardinería.
—Dame una de las grandes —le exigió Risa.
Terlu le pasó una de las palas a Risa, que envolvió sus tallos alrededor del mango.
Risa ató alrededor de un pilar uno de sus extremos, y lo usó como punto de apoyo para cavar en la tierra.
Los terrones salieron volando hacia el aire y aterrizaron en sus hojas, en el suelo, en el camino, pero elle no se detuvo.
A medida que los demás se acercaban a ella, Terlu les pasaba las palas de jardinería. La mayoría eran lo bastante grandes como para agarrarlas con las hojas, los tallos o, en un caso, con las raíces. Todas las plantas excepto Lotti.
—¡Quiero ayudar! —gritó Lotti y sus pétalos se estremecieron—.
¡Terlu! Terlu, no sé cómo ayudar. Por favor, ayúdame a ayudar —Quedaba eclipsada por las enormes plantas selváticas de aquel invernadero, demasiado pequeña para arrastrar los tiestos y demasiado pequeña para sostener una pala de jardinería siquiera—.
Terlu, por favor. No me puedo quedar de hojas cruzadas.
Otra vez, no. No puedo ser solo un objeto decorativo.
Terlu se quedó mirando a la pequeña rosa unos segundos.
—¿Puedes trepar?
—Sí. ¿Por qué…?
No había manera posible de saber la velocidad a la que iban a fallar los hechizos o cuándo se les acabaría el tiempo.
Tenían que reubicar todas las plantas que pudieran antes de que el invernadero se tornara un espacio inhabitable, lo que significaba que debían empezar por las que eran más fáciles de quitar.
—Necesitamos a alguien que tenga una visión de conjunto para que nos diga dónde cavar y qué plantas rescatar primero. Estás a cargo del triaje. Identifica qué flora es la que podemos poner a salvo más rápido y grítale a quien esté más cerca y sea capaz.
—¡Sí! ¡Eso puedo hacerlo! —Subió correteando por el pilar más cercano como una ardilla floral y empezó a vociferar órdenes desde las vigas del techo—.
Dendy, tres hileras a la izquierda, hay una alocasia que no se ha extendido…
¡Sí, ahí! Nif, ayuda a Hosha con el helecho del tiesto que está en el tercer parterre a la izquierda.
¡Ree, las gramíneas! ¡Sí, esas! ¡Zyndia, ayuda a Ree!
Tras adueñarse de una de las palas, Terlu empezó a cavar alrededor de la base de una pequeña palmera.
Esperaba que no estuviera cortándoles demasiadas raíces con el filo de la pala.
Los árboles tropicales y los setos habían estado creciendo allí durante tantos años que sus raíces habían tenido tiempo de sobra para abrirse paso hacia las profundidades de la tierra.
No sabía si sobrevivirían al transporte, pero lo que sí tenía claro es que morirían si quedaban allí.
Las plantas parlantes trabajaron con todo el brío y velocidad que pudieron, teniendo en cuenta su tamaño y fuerza.
En cuanto desenterraban un fragmento de flora, un montón de plantas sintientes se apiñaba a su alrededor para arrastrarla hasta un lugar seguro.
Lotti lo controlaba todo a vista de pájaro, les indicaba a dónde ir para el siguiente rescate y avisaba siempre que una de las plantas sintientes, Yarrow o Terlu necesitaba ayuda.
Los gritos se elevaban cuando un árbol, arbusto o planta estaba listo para su traslado y todo el mundo acudía en masa.
A Terlu le dolían los brazos y notó que se le estaban formando ampollas en las palmas de aferrar el mango de la pala. Los hombros también le dolían y estaba empapada de sudor. Liberó la palmera, la arrastró hasta la sala adyacente y regresó. Empezó a desarraigar el árbol de al lado.
A unos metros de distancia, Yarrow estaba centrado en cavar, cavar y cavar… Su pala no tenía ni un segundo de descanso. La tierra saltaba por los aires, lo salpicaba y llenaba el camino a sus espaldas. A duras penas se detenía para secarse el sudor y la suciedad de los ojos.
Un instante después, soltó la pala en el suelo, se arrodilló y empezó a sacar con las manos la tierra adherida a las raíces.
Terlu lo ayudó, y hurgó con los dedos por entre las raíces para soltarlas sin que se rompieran.
Después de despejar la base, Yarrow se puso en pie de un salto y empezó a tirar del tronco.
Lo liberó del suelo, y cruzaron la puerta del invernadero adyacente con el árbol a rastras.
Las ramas exteriores se rompieron cuando lo empujaron con fuerza a través del marco de la puerta, pero no había otra manera.
Lo llevaron hasta una sección despejada del camino.
Yarrow no pronunció palabra y se apresuró de nuevo al interior del invernadero moribundo para desenterrar el siguiente árbol.