El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo quince #3
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Capítulo quince #3

Ella se encogió de hombros, exactamente como solía hacer Yarrow. No le pareció que fuera algo tan inesperado.

—Al hechicero no lo conoceré nunca en persona. Pero Yarrow está aquí. — Y es una persona mucho más amable de lo que parece que era Laiken.

—Mmm…

—¿Qué pasa? —Era natural sentir curiosidad por el único otro humano que había en la isla.

Se negaba a sentirse avergonzada. No le estaba pidiendo que le contara cotilleos de él.

Únicamente… que compartiera su opinión, así como cualquier anécdota reveladora.

Premio especial si en ella aparecía un adorable y joven Yarrow que hacía sus primeros pinitos en el arte de la jardinería.

Podía visualizarlo, cuidando de las plantas aunque apenas era lo suficientemente mayor para levantar una regadera.

—He viiisto humanos curiosos aaantes —dijo Dendy mientras cruzaba la mesa de trabajo bamboleándose—. Lo nooormal es que terminen casados.

Vale, ahora sí que a Terlu le estaban subiendo los colores.

—No es como me pensaba en un principio.

Dendy empezó a revisar los cuadernos, usando las hojas como si fueran manos para agarrar, levantar y examinar cada uno de los volúmenes.

—¿Cóoomo pensabas que era en uuun principio?

—Antipático.

—¿Y ahoooora?

—Creo que tiene un corazón que no le cabe en el pecho —contestó Terlu—. Es solo que no sabe cómo mostrárselo a alguien que no esté lleno de clorofila. Supongo que es la falta de práctica. O tal vez sea precaución…

—Si tu jardiiinero estuvo aquí con Laiken durante sus últimos días, ¿pueedes culparlo? Tuuuvo que aprender a resguardar su corazón. —Sostuvo en alto un cuaderno con las tapas verdes descoloridas y el lomo desgastado—. Pruuueba este. Laiken se pasaba mucho rato con este cuaderno, creeo.

Sentada en un taburete, Terlu tomó el cuaderno, abrió el libro de código al lado y empezó a leer mientras traducía.

Ya casi no necesitaba consultarlo. Había interiorizado en gran medida la manera en la que Laiken había manipulado el lenguaje y, además, casi la mitad de las anotaciones del hechicero estaban escritas en el idioma estándar.

Solo había ocultado con sumo recelo los hechizos en sí.

—¿Sabes qué le pasó al hechicero? ¿Qué hizo que apartara a todo el mundo de su lado?

—Aaaah. Esooo. Sí, yo estaaaba allí cuando empeeeezó. —Levantó un segundo volumen, un grueso cuaderno rojo con un lazo—. Mmm, creo recordar haberlo visto con eeeste, aunque creo que lo uuusaba para raastrear las provisiones que lleeegaban de otras islas.

Terlu lo hojeó. Se trataba de listados y no estaban en código, con la única excepción de media página hacia el final. La leyó.

—Hay un fragmento de un hechizo… Creo que está incompleto. ¿Experimentaba con hechizos?

—A todas horas. Sieeempre escribía sus propios conjuros, o ajustaba alguno que ya conociera para suuus necesidades.

Vaya, a los bibliotecarios de Alyssium les habría encantado tener acceso a aquel tesoro oculto.

Había muy pocos hechiceros que crearan sus propios hechizos, y allí había cientos.

El quid sería identificar cuáles de los hechizos funcionaban y cuáles eran experimentos fallidos, y eso debía ocurrir después de que hubiese descubierto para qué servían.

Terlu sintió el peso de la empresa en la que se había embarcado, planeando por encima de ella como una roca a punto de caer.

Era una labor enorme, el trabajo de varios académicos durante generaciones.

Respiró hondo e intentó ignorar las mariposas que le revoloteaban en el estómago.

Yarrow la había mirado con unos ojos tan cargados de esperanza…

Solo le he dicho que lo intentaría . Tal vez si comprendiera mejor quién había sido el hechicero sería una tarea menos inabarcable.

—¿Por qué creó Laiken el invernadero de Belde?

—Yo no existía todavía taaan prooonto.

Lo había supuesto. Crear plantas sintientes era un tipo de magia rara muy avanzada. Laiken no habría empezado su andadura con ese hechizo. A diferencia de mí, que me salté todas las técnicas básicas.

—Pero sí queee sé la respuesta —prosiguió Dendy—.

Teníaaa una hija, Ria. Una muchaaacha encantadora.

Le gustaban las flores. Se ponía muuuy triste cuando se marchitaban.

Construuyó el primer invernadero como un regalo para ella, según me dijeeeeron.

Cuando me creaaaron, debía de tener unooos dieciséis años, pero incluuuso antes de eso ya le llamaaba la atención lo que había más allá de la isla.

Quería veeer otros lugares, experimentar otras cosas.

El sueño de Ria eeera ver tooodas las flores del mundo.

Nos hicieron eeen parte para ser sus compañeros. En realidad, meeeras distracciones.

—Laiken no quería que ella se marchara —supuso Terlu.

—Teníaaa un buen motivo. Estabaaa enferma.

—Ay. —Podía imaginárselo: una jovencita solitaria con grandes sueños y un padre preocupado.

Cuando se es joven, el mundo puede parecer gloriosamente enorme y la vida infinita, y eres inconsciente de tus propias limitaciones y las barreras que el mundo puede erigir delante de ti.

Terlu recordó las veces que había dejado la mirada perdida en el horizonte y había soñado despierta con cómo la vida sería allí fuera.

¡Había tantas posibilidades! En aquel entonces todavía no había comprendido que no se podía tener todo, y que cada puerta que cruzaba significaba que otras puertas se cerraban.

Marcharse tenía un precio que ella había pagado sin pensárselo dos veces, sin ninguna garantía de lo que encontraría en el mundo exterior.

Pensó que le resultaría fácil hallar su sitio en el mundo.