El invernadero encantado (Spellshop 2) Capítulo quince
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Capítulo quince

A l alba, Yarrow preparó unas magdalenas de manzana y canela. Terlu no tenía ni idea de cómo había hecho para hacer la mezcla y hornearlas tan rápido, pero para cuando abrió los ojos, la casita estaba impregnada del aroma de principios de otoño, aunque la nieve seguía cayendo fuera.

Se desperezó.

—Eres una auténtica maravilla.

—¿Mmm? ¿Yo?

Se le pasó por la mente que era posible que nadie hubiese admirado jamás a aquel hombre, que nadie lo hubiese visto como algo más que un hijo, un hermano, un primo, un sobrino…

El que se había quedado atrás. Se preguntó si tenía la más mínima noción de lo especial que era que hubiese dedicado su vida a cuidar de seres vivos que —con la posible excepción de las plantas sintientes, que habían estado dormidas—, jamás podrían devolverle esa atención.

Tenía la esperanza de que las plantas sintientes, una vez despiertas, lo trataran con la debida amabilidad.

De lo contrario… Bueno, jamás le había gritado a nadie y no estaba segura de ser capaz de hacerlo, pero lo que sí podía decirles era que la habían decepcionado muchísimo y que esperaba más de ellas.

Era una técnica que sus padres habían usado con ella y había funcionado de maravilla.

Con un poco de suerte no tendré que hacerlo .

Ninguna de ellas parecía guardarle rencor a Yarrow, aunque no podía decir lo mismo de su opinión hacia la rosa reviviscente.

—Espero que hayan tratado bien a Lotti.

—Estará bien, aunque hayan sido desagradables con ella.

—Creo que es una planta sensible, por más que lo oculte —dijo Terlu.

Debió de ser duro que la culparan por unas decisiones que no se acordaba haber tomado…

o que no había tomado jamás. Laiken podría haberla engañado a ella también.

Puede que no supiera cuáles eran las intenciones del hechicero cuando entró en el invernadero con el hechizo de hibernación.

O quizá sí que lo sabía, pero no pensó en cuestionar las decisiones del hombre que la había creado.

Confiaba en él. Y que fuera el objetivo de tanto veneno mientras la pequeña rosa todavía lamentaba la pérdida de su figura paterna… Pobre Lotti .

—Creo que es más dura de lo que aparenta —dijo Yarrow—. Como tú.

Terlu soltó una carcajada.

—Soy la persona menos dura que conozco. Fui tan incapaz de lidiar con un poco de soledad que me salté las leyes imperiales.

Él se encogió de hombros, sacó las magdalenas del molde y las puso en un plato. Envolvió algunas con servilletas de tela, decoradas con bordados de parras.

—La gente fue cruel contigo, pero eso no te agrió el carácter. ¿De qué otra manera llamarías a eso?

—¿Ingenua? ¿Dependiente? ¿Patética?

—Fuerte —insistió él.

Una vez más, Terlu se quedó sin palabras.

Yarrow le pasó una de las magdalenas envueltas y su abrigo rojo.

—Voy a ir al invernadero. ¿Quieres venir?

—Ah… Sí. Claro. Por supuesto.

Hala, estaba siendo simpático. Y amable.

Fuera, un manto de nieve fresca cubría el bosque y había borrado las huellas que había dejado la noche anterior. El cielo lucía un tono gris plomizo y un pájaro solitario estaba posado en una rama y trinaba.

—¿Cómo es que los pájaros no se marchan en invierno? —preguntó Terlu—. ¿Por qué no se van a algún lugar más cálido? —Su isla experimentaba cada invierno una afluencia de pájaros. A Terlu le encantaba cuando llegaban, llenaban el cielo y cubrían los tejados.

Él se encogió de hombros.

—Les das de comer.

—Me gusta la panadería y a ellos les gusta comer.

—Te ocupas de todas las plantas y todos los pájaros, hasta el último ser vivo de esta isla —apuntó Terlu—. ¿Quién se ocupa de ti?

Otro encogimiento. Él y ese maldito gesto de hombros , pensó ella. Jamás se habría imaginado que los hombros pudieran expresar tantas cosas distintas.

—No necesito que nadie se ocupe de mí —respondió Yarrow—. Por si no te has dado cuenta, soy una persona adulta.

—Eso no tiene nada que ver. —Cuando llegaron a la puerta del invernadero, Emeral salió volando de las copas de los árboles para aterrizar en los brazos de Terlu. Se acurrucó contra ella y se puso a ronronear al instante.

—¿A quién tenías tú para que se ocupara de ti? —le preguntó Yarrow, retadoramente.

—A nadie —contestó Terlu.

El jardinero sostuvo la puerta abierta y la chica entró con el gato.

—Pero si hubiese habido alguien —añadió— tal vez no habría terminado convertida en estatua.

Cruzaron los invernaderos. Yarrow se detuvo varias veces para comprobar el estado de varias de las plantas. Arrancó algunas malas hierbas de un parterre, cortó flores muertas de una petunia y examinó las hojas de un arbusto que estaba plagado de bayas de color blanco.

Después de detenerse a examinar a conciencia un puñado de margaritas que tenían un aspecto de lo más saludable, Terlu preguntó:

—¿No deberíamos ir a ver cómo están Lotti y los demás?

—Sí, ahora iremos.

Irguió la espalda y avanzaron hacia la siguiente sala, donde se detuvo para trasplantar una de las plantas.

La cambió de un pequeño tiesto de arcilla a uno más grande, donde tenía espacio de sobra para expandirse.

Sus hojas colgaban por los bordes de la maceta.

Mientras la regaba, pareció percibir la mirada de Terlu clavada en él y levantó los ojos hacia ella.

—¿Estás haciendo tiempo?

—No.

Ella esperó.

—No sé qué nos vamos a encontrar —admitió Yarrow.

—Vamos. Lotti nos está esperando. —Marcó el camino, con Emeral enrollado, como siempre, alrededor de su cuello como una bufanda de pelo y plumas.

Le hizo caso omiso a su propia imaginación, puesto que le proporcionó, de la manera más útil, todas las formas en las que las cosas podrían haber salido mal después de que se marcharan la noche anterior, empezando por que los demás fueran crueles con Lotti e incluyendo que todas las plantas volvieran a caer en estados catatónicos cuando el hechizo fallara por algún motivo desconocido que ella no lograba concebir, pero que aun así era posible.

Respiró hondo, abrió la puerta y entonces la cháchara que provenía de dentro la golpeó como una ola. Le sonrió a Yarrow y Terlu entró en el invernadero de las plantas sintientes.

Todas las plantas estaban apiñadas en el sendero y habían abandonado sus tiestos. La hiedra estaba enrollada como una serpiente y el cardo se reía, haciendo que sus hojas temblaran y sus erizos se mecieran adelante y atrás. Unos pedazos de tierra se desprendieron de su cepellón.

—¡Así es como bailan los humanos! —gritó la margarita y avanzó dibujando un círculo mientras ondeaba los pétalos y movía las hojas arriba y abajo.

La sardonia se desternilló y por poco se dobla en dos.

—No, es más bien así… —El cardo se balanceó sobre sus raíces, mientras meneaba su flor morada adelante y atrás como si fuera una cabeza que siguiera el ritmo de una batería.

Lotti se rio y aplaudió con las hojas.

—¡Sí, así es!

—¿Y esto? —intervino la hiedra. Subió trazando espirales por una columna y luego bajó en picado para empezar a ondular alrededor de las demás plantas, que se reían y la vitoreaban.

—Supongo que ha sobrevivido a la noche —dijo Terlu con los brazos en jarras mientras observaba las plantas bailarinas. Han sobrevivido y están más frescas que nunca.

—¡Terlu! —gritó Lotti—. ¡Yarrow! —Se acercó a ellos brincando y las demás plantas se apresuraron a rodear a los dos humanos llenas de entusiasmo.

El gato alado soltó un bufido, ofendido por la cháchara y las risas de las plantas y saltó de los hombros de Terlu para elevarse hacia las vigas. Posado sobre una, se dispuso a lamerse las plumas mientras les dedicaba una mirada cargada de reproche a la flora ambulante.

Lotti se contoneó por entre los tobillos de Terlu.

—Te has perdido cuando Viria nos ha contado la vez que Laiken por poco confunde la zanahoria salvaje con la cicuta.

Terlu se preguntó cuál de ellas sería Viria. Aparte de Lotti y Dendy, no les habían dicho sus nombres. Abrió la boca para preguntarlo.

—Ambas tienen ramilletes de flores blancas —intervino Yarrow—, pero el tallo de una zanahoria salvaje está cubierto de pequeños pelos, mientras que el tallo de la cicuta es liso. Además, la cicuta es tóxica.

—Sooolo es divertiiido porque naaadie salió heriiido —dijo Dendy.

—Qué va, es objetivamente gracioso —terció Lotti.

—¡La cara que puso! —La cala, quien Terlu supuso que se trataba de Viria, echó su flor blanca hacia atrás y se rio, haciendo que su espádice amarillo temblara—.

Después de eso, insistió en que todos sus jardineros etiquetaran todas las plantas.

Se pusieron cientos de miles de cartelitos escritos con meticulosidad y se colocaron delante de cada uno de los tiestos.

—Luueego los quiiitó —dijo Dendy con su tono grave y arrastrado.

Las risas remitieron.

—Me gustaba tener un cartel con mi nombre —dijo el nopal con voz chillona—. Un jardinero me dibujó con él. Quedé muy guapo.

Varias de las plantas que tenía cerca se apresuraron a asegurarle al nopal que seguía siendo muy guapo, y el cactus les dijo que ellas también eran guapas.

Los cumplidos volaron de un lado a otro, y se intensificaron hasta que todos quedaron convencidos de que cada una de las plantas era tan guapa como un rayo de sol en primavera, tras lo cual estalló una discusión entre la hiedra y la atrapamoscas sobre si el sol era más agradable en primavera, cuando era la estación de la floración o en verano, cuando podían disfrutar de su calor.

—Como ya no tenéis los carteles, ¿nos podéis decir vuestros nombres y qué pronombres preferís que usemos? Nos encantaría conoceros a todas —las interrumpió Terlu.

—¿De veras? ¿A todas? —murmuró Yarrow detrás de ella.